Que se aburran los tontos


Mi abuelo materno, hombre de conversación elocuente, tras retirarse de sus actividades médicas, dedicaba las tardes a leer, comer rábanos con limón y sal, beber tequila y fumar una tras otro cigarros Delicados. Me gustaba pasar con él la tarde y escucharlo filosofar, recitar poesía, contar historias, tararear canciones y despotricar contra los gobiernos en turno.

Mi hermano menor, enemigo de las conversaciones literarias y adicto consumado a los juegos de video –alternativa ausente en casa del abuelo-, solía decirle que estaba aburrido y que quería irse a casa.

  • Se aburren los tontos, hijo –le respondía una y otra vez el abuelo.

A mi hermano no le hacía la mínima gracia esta frase lapidaria.

Me despierta un apetito de curiosidad voraz imaginar a ese viejo entrañable en estos tiempos, atestiguando los primeros síntomas de la Cuarta Transformación, en estos años de furiosos toboganes socio-psicoemocionales. En esta época de fascinación generalizada por el espectáculo –desde series de Neflix hasta tuitazos de Donald Trump-, me hace falta una voz mesurada como la del abuelo, cuyas conclusiones finales siempre me generaban paz mental y sosiego emocional. Porque desde hace décadas, él sostenía que políticos, artistas, cantantes, actores y actrices, deportistas y comentócratas coinciden todos en lo mismo: la búsqueda de la notoriedad, los quince minutos de fama y los varios millones en la cuenta.

Quizá hoy le diría a mi abuelo que también el exceso de diversión puede ser un problema, sobre todo cuando el mayor espectáculo se ejerce en los pasillos del poder. Probablemente habría que citar aquí a José Antonio Marina y sus Crónicas de la ultramodernidad, donde argumenta que “diversión y juego han asumido un nuevo aspecto obligatorio… La diversión aparece como la única salvación al alcance de la mano. Es la concreción más verosímil de la felicidad”.

Efecto de fuga y evasión, a decir verdad. Como sostiene el propio filósofo español, uno de los modos de librarse de la pesadumbre de lo real consiste en idealizar la realidad. Desactivamos lo doloroso al convertirlo en espectáculo. “El espectador quiere mantenerse en contacto con una realidad que divierta y emocione con levedad, sin abrumar”. Caray, tan subestimados siempre, los filósofos son nuestros verdaderos servidores públicos.

Siempre las paradojas. En las circunstancias del siglo XXI, todo es más efímero que el Buen Fin, y a cada ascenso pletórico de diversión corresponde un descenso cargado de hartazgo. En la era de la satisfacción instantánea de los deseos, la frustración es la ineludible y veloz consecuencia: la vida no es una cuenta de Instagram de (ponga aquí el nombre de su influencer favorit@).

Por eso creo que, como me lo enseñó mi abuelo, hay que divertirse con la debida seriedad. Tengo listos ya los rábanos con limón y sal, el mezcal –siempre me gustó más este lado del agave- y los cigarros. Son tiempos de emociones fuertes. Que se aburran los tontos.

6 comentarios sobre “Que se aburran los tontos

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