Mi madre tenía razón


En medio del furioso desconcierto mundial, mi madre, que en paz descanse, discurría si eran mejores los chocolates de Arnoldi o de Bariloche, si Julio Iglesias duraría varios años de matrimonio con Isabel Preysler o si las cualidades de las sopas Campbell eran superiores a las de tantas marcas nuevas.

Quizá nunca entendí que detrás de su aparente y a veces desconcertante frivolidad había esa sabiduría incomprendida de asimilar como no solucionables los problemas del mundo. A tal nivel, que era mejor refugiar la mente en los anaqueles del supermercado y en las páginas de la prensa rosa. Quizá haya sido así, porque ¿para qué perseguir fantasmas? Serían esas las palabras con las que hubiese resumido las discusiones interminables de sus hijos en la cocina, jovencitos convencidos de que sí había modo de atemperar los conflictos mundiales.

A fin de cuentas, no sé a ustedes, pero a mí me está empezando a resultar todo bastante incomprensible. Más allá de toda esa nomenclatura siniestra con que el nuevo gobierno (¿nuevo?) comienza a querer llamar las cosas (¿el “Banco del Bienestar del Pueblo?, ¿de veras?) y las contradicciones cotidianas, entre trenes que se van a hacer pese a que todos esos fifís sin rostro se opongan y las consultas populares que pueden ser resueltas, en realidad, por Carlos Slim, fijar la mirada hacia otros lados en búsqueda afanosa de la utopía en algún lugarcito del planeta, tampoco me está funcionando.

Quizá la versión de No soy de aquí, ni soy de allá, en voz del señor Iglesias, tenía cierto sentido (aclaro que siempre preferiré a Facundo Cabral) y que esa perspectiva filosófica involuntaria de mi madre hoy cobra nuevo valor. Nomás miren hacia el norte, a la parte menos evidente de la pizarra del Nasdaq. Lo único que ahí queda claro es que también los héroes se derrumban y, como bien escribe Scott Galloway en su columna No mercy/No malice, publicada en Medium, “Snapchat y Tesla fueron vendidos ya. Sólo que ellos no lo saben”. Tras adentrarse a la historia del cataclisma en estas dos compañías, ofrece un dato que, una vez más, le otorga razón a mi madre: en 1976 había más compañías listadas en los mercados de valores que las que hay hoy. De 1996 a 2016, es decir, en sólo un par de décadas, 50% de las empresas listadas en Estados Unidos (Nasdaq, S&P500 y Dow Jones) huyeron de ahí, muchas de ellas para refugiarse en los brazos de los fondos de capital privado, donde no tienen que lidiar con las grandes “masas” de inversionistas anónimos. Wall Street ya tiene otro rostro.

El narcisimo y las jugadas monopólicas están desbarrancando sueños. Nada nuevo bajo el sol, más allá de que mientras los mercados cambian de piel, en realidad nos enfrentamos a lo que Galloway define como una economía estilo The Hunger Games, sustentada en cuatro religiones: Apple, Amazon, Facebook y Google. Y es apenas la punta del iceberg de una transformación que, seamos honestos, es incomprensible. Como lo plantea Yuval Noah Harari en su imprescindible 21 lecciones para el siglo XXI, ¿somos todavía capaces de entender el mundo que hemos creado?

Creo que en realidad mi madre siempre tuvo razón.

(Columna originalmente publicada en Expansión).

3 comentarios sobre “Mi madre tenía razón

  1. Muy bien planteado. Estamos (o al menos yo estoy) en una especie de polvareda. Algo enorme se acaba de derrumbar pero todavía no sabemos qué fue. Y bueno, como cantó John Lennon poca antes de morir… “Nobody told me there’d be days like these. Strange days indeed…”

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