Ni guerra ni paz


En un extraordinario artículo de The New Statesman (How we entered the age of the strongman), John Gray señala que los liberales han leído sistemática de manera errónea el presente y que es su propia complacencia la que nos está empujando a todos hacia una nueva era autoritaria.

¿Suena conocido?

Pareciera que lo que hay detrás es una confianza ciega en la convergencia global. Como si esa aspiración fuera un destino labrado en piedra imposible de evitar. Porque a fin de cuentas, piensan, pensamos, más allá de regresiones y algunas divergencias, la mayor parte de las sociedades mundiales se están moviendo hacia el modelo occidental de democracia liberal. Cita a Tony Blair: “Por supuesto, la historia tiene una dirección. Y esa dirección es el progreso.” Entonces gobernaban Obama, Merkel (sigue, aunque pendida de un hilo), Cameron et al. El grupo de los políticamente correctos, de los que le “cantaban” al mundo.

Sin embargo, apenas dos años después de que hiciera esas declaraciones, lo que se consolida es el neocalifato de Erdogan, el ascenso a la presidencia perpetua de Xi Jinping, Trump es presidente y Vladimir Putin ha consolidado la autocracia. ¿Nos estamos moviendo, entonces, a ese modelo occidental de democracia liberal?

Es dudoso.

Gray escribe que “prácticamente todos los regímenes liberales se enfrentan a una amenaza interna de dos cabezas. Por un lado, las fuerzas usualmente descritas como populistas (de manifestaciones en las extremas derechas e izquierdas). Por el otro, lo que se ha llamado el ‘alt-liberalismo’, una versión mutante de ideología liberal que repudia a la civilización occidental para dar luz a un estilo de vida liberal, con germen en las universidades y nuevas generaciones”. Es tal el rechazo del status quo de los ‘alt-liberales’, que prefieren abstenerse de votar antes que estampar la palomita en algo que consideran inconveniente (así sea menos malo que otras alternativas), por lo que se suman a la abstención.

Por otro lado, el también autor de Seven Types of Atheism señala que la negación de los liberales de cualquier responsabilidad de haber lanzado gasolina a los fuegos de los propios movimientos anti-liberales, es el punto cardinal de la política contemporánea. “Lo que esta negación presagia no es una fase de la historia más elevada, sino una nueva era autoritaria. El mundo ha vuelto a una condición no muy disímbola de la que prevalecía hacia finales del siglo XIX e inicios del XX. De cara a las no cambiantes necesidades humanas de seguridad e identidad, las grandes potencias están activando nuevas tecnologías con el sólo propósito de la sobrevivencia”.

Igual que en tiempos de la Guerra Fría, pues, este parece ser un momento de la historia en que resulta difícil distinguir entre la guerra y la paz. Igualmente, parece ser que la política internacional está siendo moldeada por el regreso de las peores patologías del comienzo del siglo XX. No sólo en las manifestaciones de ultraderecha, sino también en los partidos progresistas y diversos movimientos sociales: la política se envenena del pasado y se recicla en nuevas y virulentas formas.

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