Ese día después


Adelantemos un poco el reloj. Es lunes 2 de julio. Ese día amaneceremos, en teoría, con un candidato ganador de la contienda electoral presidencial, más muchos otros de comicios locales, estatales y federales. Algunos celebrarán jubilosos; otros cargarán el peso de la derrota.

Y estaremos divididos.

Quizá más divididos que nunca.

Tras todos estos meses de debates, discusiones, ofensas, mentiras, insultos y descalificaciones, pase lo que pase, ese día –muchos de nosotros- nos sentiremos profundamente agraviados.

Esta vez no estaremos ofendidos con Donald Trump y sus constantes infamias (bueno, sí, sobre todo ahora que estamos encarrilados ya en una guerra comercial largamente anunciada y el aún peor ataque sistemático a los migrantes mexicanos y centroamericanos). No estaremos molestos con el gobierno saliente (bueno, también, porque esto ha sido el contexto del jaloneo). Estaremos enojados con familiares, vecinos, amigos, colegas, jefes, colaboradores y un montón de desconocidos que no piensan como nosotros, con quienes tuvimos altercados por varios meses y por algo tan absurdo como la selección de un liderazgo político al que de cualquier manera le importamos un comino. Toda esa intransigencia (e incontinencia) verbal por quienes de todos modos nos miran como estadísticas efímeras.

Héctor Aguilar Camín, director de Nexos, hace notar que los mexicanos hemos pasado de una “quiebra de la confianza” en nuestro país y sus instituciones a un “enojo social extendido”. Con mucho más pesimismo, naturalmente, porque cada vez hay más personas que piensan que viven peor que sus abuelos y que sus hijos viven peor que ellas. Así de simple y de complejo.

Es el día después. La adrenalina a tope deja atrás la fatiga, el cansancio, el fastidio de haber transitado durante todo este largo tiempo por el único tema en el ambiente nacional. Con algo de suerte (más después de ganarle a Alemania), estaremos calificados a la siguiente ronda en el Mundial de Rusia, lo cual genera ilusión en gran parte de la gente. Pero sobretodo no encontraremos el reposo ni la cordura suficientes para darnos cuenta de lo absurda que ha sido toda la confrontación de estas semanas.

En el día después aquí seguiremos todos. Si acaso setenta u ochenta familias habrán tomado ya el vuelo a Miami o a Houston. Pero acá estaremos el 99.9% restante. Aquí estarán nuestros círculos de afecto y nuestros colegas. Aquí seguirán las empresas y las universidades. Aquí estará el señor de los jugos, la señora de los tlacoyos, el mesero que ya nos conoce, el vigilante de la esquina, la amiga de la escuela y el maestro de los cuatro o cinco apodos. Tendremos la opción de mirar al otro con suspicacia, con afán interrogatorio de si fue de los que estuvo en ese lado con el que no coincidimos; o podemos poner toda nuestra disposición para sanar heridas, tender puentes, desvanecer agravios y darnos uno de esos abrazos tan nuestros que incluyen dos o tres palmadas fuertes en la espalda, con la visión hacia adelante.

Hay una canción de Bill Fay (Inglaterra, 1948), titulada The Healing Day (El Día de la Sanación), que parece muy conveniente para el día 2 de julio: “Todos estaremos bien el día de la sanación. Cuando el tirano esté atado, los torturados liberados de su dolor, el noble tirado en el suelo y la furia sólo un eco solitario…”. O bien, más de cerca, ese proyecto lanzado por un grupo de mexicanos prominentes en la cinematografía (presentado en estos días por el actor Diego Luna) que justo lleva como nombre El Día Después, cuya encomienda es generar compromisos ciudadanos a partir del día 2 de julio.

Aquí seguiremos, pues.

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