Fanatismos


No hay mayor fanatismo que el del poder. Cierto. Pero el fanatismo más peligroso es el que se acomoda al poder. Lo vemos, escuchamos y leemos cotidianamente en estos días convulsos de campañas políticas: con mayor o menor medida, cada candidato(a) tiene sus propios ejércitos de devotos seguidores y de acérrimos antagonistas.

El fanatismo genera odios. Baste con leer lo que la gente responde a cada tuit de Ricardo Anaya, de Andrés Manuel López Obrador y de José Antonio Meade, por centrarnos en los candidatos presidenciales (omitimos por razones de espacio al payasete autodenominado El Bronco, al presidente Peña Nieto, a los líderes de los partidos políticos y, sobre todo, al chapulín Javier Lozano, especialista en generar discordia y en meterse a la fabricación de odio incluso contra los propios ciudadanos a quienes representa, teóricamente, dada su investidura como senador). Las respuestas de la gente –a los que se suman varios bots, por supuesto- se cuentan por centenas, miles, generalmente concentradas en insultos estruendosos y en uno que otro elogio. Confirman que esta red social es la nueva plaza pública, el lugar donde desde la comodidad del teléfono o la computadora el ciudadano puede lanzar piedras a las figuras públicas (y también entre sí, por supuesto).

Más antiguo que las principales religiones, que cualquier Estado, el fanatismo nos asedia y envenena al mundo. Umair Haque, creador y editor de Eudaimonia & Co, recientemente escribió un artículo titulado The age of the imbecile, una extraordinaria disertación que asume que el mundo se está convirtiendo en algo catastróficamente estúpido, pero que hay manera de no unirse a la tendencia. Esto viene a cuento porque no hay nada más imbécil que el fanatismo. Haque habla de cinco síntomas de los que conviene alejarse lo más posible para no sumarnos a ese tren: nacionalismo, demagogia y populismo; estupidez social (pensar que podemos funcionar sin un contrato social); tecnodeterminismo (creer que podemos ingenierizar soluciones a nuestros problemas, como huir todos a Marte); “salvacionismo” (o recurrir al extremismo religioso para evadir nuestra realidad en honor a la vida eterna); y negación (evasión psicológica, ignorancia autoelegida).

Sobra decir lo fundamental que son ese tipo de lecturas para no cesar en nuestro intento de entender el mundo, de entender a los demás, de entendernos a nosotros mismos. Hay que escudriñar entre tanta información para encontrar esas disertaciones contemporáneas que resultan significativas. Por ejemplo, refrescarnos con lecturas imprescindibles como Contra el fanatismo, del autor israelí Amos Oz, quien sabe de lo que habla, considerando la región que habita, donde el desacuerdo tiene como origen al fanatismo: “Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es un gran altruista: está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Libertarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar…”

¿Soluciones? Muchas, por supuesto. Más allá del cultivo de la consciencia, el propio Amos Oz señala que la imaginación quizá pueda inmunizarnos parcialmente contra el fanatismo, es decir, ser capaces de imaginar lo que nuestras ideas implican. Y, por supuesto, aquí el sentido del humor es casi siempre la respuesta correcta. “El sentido del humor es un gran remedio. Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor”.

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