El fin del mundo


Estoy sentado en el fin del mundo.

El fin del mundo es una caída vertical de 214 metros, donde la tierra, exhausta, le cedió el poder al mar. Ahí puedo mirar el infinito.

Mientras me rindo a la contemplación, alguien nace, otro crece, uno más se reproduce y otro más muere. Ahí yo nazco, crezco, me reproduzco y muero. Y vuelvo a nacer. Pese al aleteo constante de las olas, impera el silencio. El estruendoso silencio. Nada interrumpe el flujo de las imágenes de todas esas batallas personales, las ganadas, las perdidas, casi todas inútiles.

Delante de mí está ella sentada. Escudriño su pensamiento e imagino que intenta descubrir otros mundos mejores donde nuestra necedad y nuestra estupidez no sean erosión constante. Si supiera que todos esos mundos son mejores desde que ella misma los imaginó. Sólo así las batallas son desfiles de certezas, sentido, conciencia, vida.

El fin del mundo no es más que presagio de un nuevo comienzo, donde el mar baña las raíces del universo.

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