Clics conscientes


En los siglos XV y XVI, los venecianos tenían leyes para prohibir los consumos excesivos y gastos superfluos. Por ejemplo, una ley dictaba que no se podían obsequiar más de seis tenedores y seis cucharas a alguien que contraía matrimonio, así como quienes ofrecían un banquete sólo podían dar frutas de temporada y pastelillos. La razón esgrimida es que el hiperconsumo superfluo era una amenaza para la República.

Como bien subraya Zan Boag, editor de New Philosopher, en su edición en curso, cinco siglos después podemos regalar todos los cubiertos que nos venga en gana y ofrecer a nuestros invitados mangos de la India y mochis de Japón. En el siglo XXI no leyes que luchen contra nuestro deseo de consumo y gasto de acuerdo con nuestras posibilidades. “El problema –dice Boag en su carta editorial- es que ahora tenemos mucho más que tenedores y frutas en nuestro menú. Ahora compramos 1.3 billones de smartphones al año y desechamos más de un trillón de bolsas de plástico, las cuales se tomarán más de 500 años en descomponerse. Quizá los venecianos entendían mejor las cosas”.

Se nos ha pasado la mano, sin duda. Quien piense que el modelo actual de hiperconsumo que rige al mundo -para que la economía ruede con crecimientos mínimamente satisfactorios- es correcto y no requiere de ajustes profundos, miente o padece de una ignorancia (o cinismo) sin cura. No se trata, por supuesto, de retroceder a los tiempos de las leyes venecianas, pero sí de participar activamente en una discusión que parece circunscrita sólo a filósofos y académicos, sin que el tema alcance a nuestras vidas cotidianas.

Ya lo enunciaba la gran Hannah Arendt: “Una sociedad de consumo no tiene posibilidad de proteger al mundo y a las cosas que pertenecen exclusivamente al espacio de las apariencias mundanas, porque su actitud central hacia todos los objetos es de consumo y, por ende, de arruinar todo lo que toca”.

Demasiado radical, dirán muchos. Otros, con más enjundia, dirán que estas ideas son de tufo marxista y las descalificarán con más rapidez que Trump al calentamiento global. Aclaremos, entonces, que no hay pretensiones ideológicas en estas líneas, partidarias de garantizar las libertades individuales y de no caer en tentaciones absurdas de imponer leyes restrictivas. En realidad, sólo son convocatoria a la reflexión y al debate, en el entendido de que vamos avanzando con gran velocidad al abismo.

Otro ejemplo: la filosofía del “forever shopping” que permite hoy el comercio electrónico, dista mucho de no ser contaminante. Es decir, no por dejar de utilizar nosotros un transporte al no acudir a una tienda física, la huella de carbono deja de existir al darle clic a nuestra pantalla. La propia New Philosopher menciona datos precisos: para facilitar el “forever shopping”, más de 34 millones de contenedores de 20 pies son movidos a puertos de 200 países; 680 millones de contenedores se mueven por barco cada año. No es gratuito que en el periodo 2007-2012, la industria de transporte marítimo haya producido un promedio de 866 millones de toneladas de CO2 anuales, equivalentes ya al 2.4% de las emisiones globales de gas invernadero. Esta cifra, añade, subirá al 17% en el 2050. Si la transportación marítima internacional fuera considerada una nación, será en tres décadas la sexta mayor contaminante del mundo.

Los clics, tan fáciles de dar y cargar a la tarjeta de crédito, pueden ser un poco más conscientes.

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