La madre de nuestras batallas


Tras el muy sorpresivo y desafortunado triunfo de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el periodista John Oliver, conductor del programa semanal de HBO Last Week Tonight, apareció a cuadro con un letrero que rezaba: #ThisIsNotNormal (Esto no es normal).

A lo que convocaba Oliver, asumiendo que sus seguidores se encontraban del lado opuesto de la balanza de los partidarios de Trump, era a la resiliencia. Es decir, a no sucumbir y dejarse arrastrar por el escenario negativo de tener como inquilino de la Casa Blanca a un hombre que había mostrado todas las características indeseables posibles para quienes imaginaban un país que transitaría hacia la inclusión, la moderación y la apertura: comentarios racistas y misóginos, cerrazón y proteccionismo.

Si con el tiempo la gente comenzaba a ver con normalidad el hecho de tener a este personaje como presidente, la capacidad de mantener un espíritu crítico, propositivo y esperanzador, se disolvería como esmalte de uñas con acetona. Es decir, el #ThisIsNotNormal se convertía en ese momento en un llamado urgente a no desistir.

Resiliencia, pues. Resistir y rehacerse. Inspirarse para no desistir.

Es una bella palabra, hay que añadir. Uno de esos vocablos que sube y baja por las venas y arterias del cuerpo, que se regocija en el área de Wernicke en el cerebro (ahí donde se concentra el lenguaje) y que calienta un poco el alma. De acuerdo con los diccionarios, resiliencia es la capacidad que tiene una persona o un grupo de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro.

Fuerza México

Pero, además, la resiliencia es un contenedor de secretos y misterios: las circunstancias traumáticas permiten desarrollar recursos que se encontraban latentes y se desconocían hasta ese momento. Dicho de modo simple: es una forma positiva de ajuste a la realidad. Más simple, de acuerdo con nuestros abuelos: al tiempo, buena cara. Más aún, de acuerdo con nuestros padres: lo que no te mata, te hace más fuerte.

Pongamos circunstancias cercanas: los días 7 y 19 de septiembre pasados, cuando dos severos sismos nos movieron la tierra al sur y centro del país, derribando edificaciones, llevándose vidas, dejando sin hogar a miles de conciudadanos y, al tiempo, uniendo los corazones, las manos y las voluntades de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, mexicanos por nacimiento o por convicción, que se dieron inmediatamente a la tarea de ayudar de todas las maneras posibles e imaginables.

Tras el golpe devastador, el fluido energético de la solidaridad y el deseo de reconstruir. Aquí el hashtag #ThisIsNotNormal se transforma en #FuerzaMéxico, la convocatoria a resistir y rehacerse, a inspirarse para no desistir. Resiliencia, pues.

No hay generación espontánea

Uno de los más entusiastas estudiosos del fenómeno de la resiliencia es el francés Boris Cyrulnik. Como nada es gratuito en esta vida, cuando pequeño (a los 6 años), el hoy neuropsiquiatra sufrió la pérdida de sus padres (emigrantes judíos de origen ruso), a quienes llevaron a un campo de concentración de donde jamás volvieron.

Como tantos otros judíos sobrevivientes del Holocausto en cualquiera de sus terribles variantes, Cyrulnik debió buscar sentido a la vida. De acuerdo con Aldo Melillo, estudioso del fenómeno, el propio neuropsiquiatra francés encontró como caminos de su resiliencia personal a los libros, el rugby y otros seres humanos. Si se orientó vocacionalmente hacia la psiquiatría fue, evidentemente, para explorar la mente humana y darle sentido a lo incomprensible. De ahí que haya sido uno de los padres fundadores de la etología y haya sido uno de los mayores exploradores de la resiliencia, a la que definió como la capacidad de los seres humanos de superar y salir fortalecidos de una situación adversa.

Así, entre las muchas experiencias que permiten justificar el concepto, Cyrulnik –de acuerdo con Melillo- explica cómo un alumno suyo realizó un estudio comparativo de lo que ocurría durante la guerra de Líbano en las ciudades de Beirut y Trípoli: “Mientras Beirut fue la ciudad más cruelmente bombardeada, con más muertes y meses de asedio, los estudios sobre el terreno demostraron que en Beirut los niños presentaban mucho menos casos de síndrome post- traumático que en Trípoli, que estuvo más tranquila. La explicación: la propia situación de Beirut hizo que aumentase la solidaridad y el contacto en las familias mientras que en Trípoli los niños estaban sufriendo simple y llanamente abandono afectivo”.

Un ejemplo contundente también se desprende de uno de los trabajos que llevó a cabo el francés con huérfanos rumanos tras la caída de aquel dictadorcillo apellidado Ceaucescu: tras un programa de hogares de acogida, pasaron de ser autistas a estudiar una carrera y formar una familia. La razón: brindarles afecto en el trato cotidiano.

El punto específico es que la resiliencia no surge por generación espontánea. Es un proceso de aprendizaje ante los retos y las adversidades, en un entorno de afecto, que se desarrolla a lo largo de la vida. Es decir, a mayor resiliencia de un individuo o incluso una sociedad, se encontrará siempre más vinculación afectiva en sus entornos familiares y sociales.

Las claves de la resiliencia

De acuerdo con psicólogos como la española Rosario Linares, las personas que desarrollan las siguientes características tienen mayor potencialidad de resiliencia: creatividad, confianza en las capacidad propias, asumen las adversidades como oportunidades de crecimiento, no se asfixian en el deseo de controlar todo, son flexibles y tenaces, abordan la vida con sentido del humor. No hay un código genético, pues, que esté dentro de nosotros para inspirarnos a no desistir ante las eventualidades.

Volvemos a Cyrulnik, el hombre que ha realizado aportaciones extraordinarias al entendimiento de las reacciones resilientes que nos permiten superar la adversidad y transformar la experiencia en algo positivo, para que nadie se vaya con la finta y trate de impregnarle al concepto un aura de librito de superación personal, contaminado con esos cánceres modernos llamados psicología pop y filosofía light, los cuales naturalmente no se dedican a explorar las causas de las cosas, sino a aplicar paliativos y remedios caseros a los efectos. El francés lo puntualiza de este modo: “La adquisición de recursos internos que se impregnan en el temperamento, desde los primeros años, en el transcursos de las interacciones precoces preverbales, explicará la forma de reaccionar ante las agresiones de la existencia, ya que pone en marcha una serie de guías de desarrollo más o menos sólidas”.

Habría que colgarnos, en honor al célèbre letrero de Bill Clinton, un cartel que nos recuerde otra palabra magnífica: “Es el oxímoron, estúpido”. Sí, entendiendo que el oxímoron es una figura retórica paradójica que une dos términos de sentido opuesto para generar un significado nuevo: eres el cielo de mi infierno, ¿eres suficientemente oscuro para entender mi claridad?, este maravilloso sufrimiento, el famoso “sol negro” de la melancolía, etcétera.

Basta verlo de esa manera para entender que la cúspide de todos nuestros oximorones es, precisamente, la resiliencia, esa hermosísima palabra que hemos visto traslucir en nuestras tragedias recientes y añejas, y que es la madre amorosa de todas nuestras batallas.

(Ensayo publicado en A The Style Guide, edición Diciembre 2017. Ilustración de Oliver Flores)

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