No me voy, me llevan


“Con su permiso, me paso a retirar”, declaraba el trabajador que pintaba la fachada de mi casa días atrás. Me paso a retirar es una expresión sublime: implica, por un lado, la acción ligeramente pospuesta de ponerse en marcha, es decir, el anuncio anticipado de la partida; por otro, una suerte de petición de licencia para iniciar el lento ritual de irse del lugar, con despedida implícita.

Ese me paso a retirar, tan mexicano, podría convertirse hoy, si lo asumiéramos, como una declaración de rebeldía. Podríamos enunciar un, ustedes disculpen, pero me paso a retirar de las redes sociales, cerrando la puerta al acto público de postear todo tipo de situaciones en el Facebook y de maquinar argumentaciones sesudas en 140 caracteres en Twitter (o del doble, para quienes tienen centenas de miles de seguidores), marcando la acción de meter reversa y buscar el paraíso perdido de la privacidad.

Pero no, no será así, porque en nuestra era declarar cualquier tipo de enemistad con los avances tecnológicos (del que forman parte central los inventos de Zuckerberg y compañía, naturalmente) nos sumerge en una especie de estado comatoso y nos anuncia como pequeños reaccionarios que damos la espalda al progreso. Conozco más de uno que, presa del ataque de pánico que de pronto provoca el exhibicionismo social –o que, sin entender siquiera por qué, se vuelve víctima de los ejércitos de haters o de los digibullies-, ha anunciado con pompa y circunstancia esa declaratoria terminal: “Con su permiso, me paso a retirar. Hoy cierro mi Facebook”.

Por supuesto, esos rebeldes de ocasión han vuelto al circo. Nadie aguanta tanto tiempo con la habitación a oscuras, privando a los demás de nuestro rostro y, sobre todo, de nuestras grandilocuentes ideas y sesudas argumentaciones. Y cómo no. Ya nos lo ha dicho con elegancia y elocuencia Umberto Eco, en esa obra –casi póstuma- monumental llamada De la Estupidez a la Locura (Crónicas para el futuro que nos espera): “Desde hace un tiempo el concepto de reputación ha sido sustituido por el de notoriedad. Lo que importa es ser ‘reconocido’ por nuestros semejantes, pero no en el sentido del reconocimiento como estima o premio, sino en el sentido más banal de que los otros, al verte por la calle, digan: ‘Mira, es él’”. Se podría añadir que no es necesario ahora salir a la calle: basta con que el número de likes en las redes sea mínimamente gratificante para el concepto personal de notoriedad. Es decir, nos engolosinamos con el espejismo de convertirnos en rockstars sociales, aunque sea de manera efímera.

Al final, ese me paso a retirar de las mil y un celebridades sociales del imperio del smartphone y sus ecosistemas de likes-shares-comments, en realidad es la mera expresión de una obligación. No es que en realidad nos queramos ir de ahí para buscar el refugio de la privacidad, porque eso implicaría guardar en un cajón la notoriedad, sino más bien ahuyentarse de algún episodio de bully, un ataque de hartazgo, una contradicción a nuestras verdades, que repercuten en un significado distante, complementario, de mexicanísima elocuencia: “No me voy, me llevan”.

Columna El Retrovisor publicada en Expansión.

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