Lecciones de geografía


Hay oportunidades que parecen condenas, pero también condenas que son oportunidades. Miremos hacia el norte, por ejemplo: México y Estados Unidos comparten la frontera más dispar del planeta en términos de ingresos per cápita.

En The Revenge of Geography (Random House, 2012), Robert D. Kaplan pone todos los posibles dedos en las llagas. En el capítulo dedicado a la frontera mexicano-estadounidense, el analista geopolítica abunda en la disparidad geográfica, pero sobre todo se pregunta cómo se prepara Estados Unidos para prolongar su estadía como el poder hegemónico del planeta y subraya que la mayor debilidad de esta nación está localizada en su frontera sur. “México y Centroamérica constituyen un poderoso crecimiento demográfico con el cual Estados Unidos tiene una cercanísima relación. Mientras la edad promedio en Estados Unidos es de 37 años, en México es de 25.” Allí donde Donald Trump quiere levantar un muro, en realidad es una frontera artificial establecida por los tratados subsecuentes a la guerra de 1846-1848.

Kaplan recuerda su sensación al cruzar esta frontera en autobús de Nogales, Arizona a Nogales, Sonora: “Fue de tanto shock como cruzar la frontera jordano-israelí o el Muro de Berlín. Fue entrar en un mundo físico totalmente distinto. Pero el tema de fondo, como bien lo admite el autor, no está ahí, en esa línea imaginaria que con los años se volvió físicamente real. No, porque en esas latitudes la interacción cultural, económica y de negocios cotidiana tiene una fuerza apabullante y, por ende, una notable naturalidad. No así donde se concentran las élites políticas y financieras del noreste norteamericano, donde México parece estar más lejos que Israel, China e India.

Al menos hasta hace poco. Porque desde el 20 de enero pasado la historia es muy distinta. En boca de Trump, donde las palabras ofensivas (verbales o convertidas en tuits) se emiten con más frecuencia que misiles norcoreanos lanzados hacia el mar, México se volvió el villano favorito, el vecino incómodo que envía drogas y delincuentes por esa larguísima frontera.

Estas tesis vienen muy a cuento en estos días, luego de las declaraciones septembrinas de Jeff Kelly, jefe del gabinete en la Casa Blanca, quien declaró ante congresistas y periodistas que México está al borde del colapso, mientras se renegocian los términos del Tratado de Libre Comercio, se aniquila el “sueño” de los dreamers, se buscan recursos para construir una pared inútil y se culpa a la mala señal de los celulares en México la demora de una semana completa la emisión diplomática de condolencias (sin oferta de apoyo, claro está) luego de los sismos que afectaron a Chiapas y Oaxaca. Dudamos, por supuesto, que este tipo de obras, como la de Kaplan, sean libros de cabecera de Donald Trump y su equipo, porque esencialmente dudamos que más allá de reality shows y loops noticiosos en Fox News, el presidente de Estados Unidos y secuaces tengan virtud o vocación lectora.

La cuestión es que Tim Marshall, autor de Prisoners of Geography, tampoco difiere de Kaplan y, en una de esas, contribuye a poner ese tipo de expresiones en boca de gente como Kelly. Ejemplo: “México está al borde de lo que es casi una guerra civil. Los carteles de las drogas intentan controlar territorios a través de la intimidación, mientras el gobierno intenta inútilmente aplicar la ley y los civiles, en medio, son asesinados”.

¿Exageraciones? ¿Amarillismo? ¿Fake news? ¿O sólo nos horroriza enormemente que nos pongan un espejo donde nuestra imagen se deforma, pero nos refleja?

Columna El Retrovisor publicada en Expansión, Octubre 2017.

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