Compadrazgos y besamanos


La vida en México es un constante peregrinaje cargado de deja vú. Estimulados, quizá, por el tradicional acartonamiento priísta en el decir, el hacer, el hablar (ponga aquí el verbo de su preferencia), otras tribus de la vida nacional parecen entusiasmarse y participar en el renacimiento del lenguaje barroco en pleno 2017.

Miren que todo este afán modernizador de los Chicago boys y doctrinarios secuaces del neoliberalismo, con aperturas y tratados comerciales como tarjetas de presentación, no ha sido suficiente para reformar el lenguaje. Más allá de salpicar los discursos de vocablos ad hoc acuñados en los pizarrones de Harvard y de Yale, el verdadero idioma de nuestros funcionarios públicos es de cartón, disminuido siempre con las mismas expresiones apretaditas y palabras estiradas, con el único objetivo de participar con grandilocuencia en el ritual del besamanos.

Da igual si se trata de espectaculares (casi obscenos por su volumen) de Eruviel Ávila despidiéndose de su querido pueblo mexiquense o de Manuel Velasco firmando desplegados en los diarios nacionales para hacer pública la “salutación” al Presidente a nombre (y expensas económicas) del pueblo chiapaneco. O la felicitación del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana, también desplegada en diarios nacionales, al Licenciado Enrique Peña Nieto con motivo de su V Informe de Gobierno, con compromisos enunciados a favor de la modernización de México (cualquier brote humorístico es meramente involuntario) y firmado, faltaba más, por el secretario general de dicho sindicato.

Días antes, a plana completa, el “fraternal maestro” Juan Ayala Rivero, presidente del Sindicato Único de Trabajadores del Gobierno de la Ciudad de México, hacía lo propio para rendir tributo a Miguel Ángel Mancera en ocasión de la “majestuosa reinauguración de la Plaza de la Constitución” y celebrar ese gran acontecimiento. Por supuesto, como debe consignarse, al mejor estilo de ese régimen de compadrazgos, salutaciones y besamanos, el líder sindical apareció discretamente en todas las fotos que las cuotas de sus agremiados pagaron en el diario Reforma, donde la plana completa de la sección principal cuesta $300,000 pesos. Quizá por un intervalo de prudencia no se sumaron días después a las felicitaciones públicas por la también majestuosa inauguración del majestuoso deprimido vial de Mixcoac, ese que un par de días después se inundó y debió ser cerrado por varias horas. Golpe de suerte, pues.

Hay cierta adicción de los “liderazgos” nacionales de hacer el paseíllo, pasarse lista e intercambiar apretones de manos y cinco o seis palmadas en las espaldas. Ningún momento más esplendoroso que cuando el Presidente de la República hace el recuento de grandes pasos al futuro de esa gran nación que hoy parece ubicarse entre Narnia y La La Land. Es el momento de hacerse presente, besar el anillo y, de ser posible, firmar desplegados para que le quede claro al gran tlatoani que ahí está la lealtad, siempre a su servicio, sin mayor intención que ponerse en la lista de los nuevos huesos a repartirse, que ahí es donde todos conforman jauría.

Columna El Retrovisor publicada en la Revista Expansión, Octubre 2017.

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