Es la atención, estúpido


Llevamos dos décadas vociferando, a coro, que vivimos en tiempos de saturación informativa, agobiados por el volumen inmanejable de mensajes que recibimos a lo largo del día (y de la noche), estresados y exhaustos por no lograr detener el avasallador tren de la información.

No nos llamemos a engaño. Ese no es el problema. La sobrecarga de información es real, pero no radica en los inboxes y whatsapps y messengers y hangouts y private messages y directs y pantallas digitales y billboards rebosantes de mensajes la verdadera problemática. El meollo del asunto es que todo lo que recibimos clama por nuestra atención y ocurre que la atención es un recurso finito.

Oliver Burkeman, escritor neoyorquino y estudioso de la negatividad, la incertidumbre, el fracaso y la imperfección, lo pone de la siguiente manera: “Una vez que le has dedicado tu atención a una cosa, no puedes usar la misma porción para otra”.

La sencillez suele contener mucha sabiduría. En efecto, la vida es eso que transcurre mientras uno responde correos electrónicos y taladra la pantalla para responder mensajes en el teléfono. Porque la bandeja de entrada no es otra cosa que un “to-do list” en la que cualquier persona que tenga nuestra dirección puede añadir nuevos ítems a cero costo. No importa si nos dedicamos a borrar correos que consideramos poco importantes: ya pusimos nuestra atención en esa tarea. Es tan claro que hace unas semanas, un mercadólogo me decía que lo más complejo de su trabajo, muy circunscrito a las redes sociales, era encontrar métodos y rutas para lograr que el dedo pulgar detenga la navegación en la pantalla del smartphone justo en el mensaje que él quiere que se propague.

“En cierto sentido, tu atención está siendo ‘spammed’ todo el día: a través de ‘product placements’ en las películas y series, por los expertos en redes sociales, por la proliferación de la publicidad en todos los posibles rincones urbanos (desde el metro hasta las bandejas de servicio del avión), por los mensajes comerciales de espera en una llamada a un conmutador…”, refiere Burkeman. Y añade: “El tiro de gracia es que este mundo de atención contaminada abre la oportunidad de vendernos silencio de regreso, con rentabilidad de por medio”.

El tema de fondo es, pues, a qué le ponemos atención. Si elegimos abrir, cada que vez que suena, el whatsapp del grupo de primos o de cuates del colegio lo abrimos para ver el último meme. Si navegamos por las redes para ver en qué artilugio social están nuestros conocidos. O si aprendemos a entrenar la mente y, con ello, los músculos de la atención, para enfocarnos en aquello que realmente deseamos ver o leer. Este aprendizaje, en estos tiempos, implica una forma de rebeldía, que implica escapar de lo que otros ansían vendernos a lo largo del día. Burkeman cita muy bien en este sentido a un profesor de meditación (Jack Kornfield): “La quietud de nuestra mente es un acto político”.

Si la atención es un recurso finito que no tiene atajos para darle más segundos a un minuto y más minutos a una hora, es hora de ejercer esa rebeldía y concentrarnos en lo que nosotros elegimos, y no en lo que otros desean fervorosamente que elijamos.

Columna El Retrovisor publicada en la Revista Expansión

2 comentarios sobre “Es la atención, estúpido

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s