El arte de inventar estupideces


El espíritu creativo humano, condimentado por la banalidad, da como resultado una serie de invenciones totalmente inútiles. Ahí está, por ejemplo, un estudio sesudo que recién me encuentro en Twitter, con gráfico sofisticado incluido, sobre “la generación de la que nadie habla”, bautizada en este caso como Xennials.

¿De veras? Imagino a los mercadólogos detrás de la gran idea sentados en su sala de juntas, o en su espacio de co-working (faltaba más), dibujando el concepto en el pizarrón, porque como ya no alcanza a estirarse más el manoseo de los millennials, había que encontrar el eslabón perdido entre éstos y la X-Gen. Tras el gran debate filosófico-sociológico-antropológico que debió haber ocurrido en esa reunión, estos personajes descubrieron la rueda: a los nacidos hacia fines de los 70s y principios de los 80s no les quedan las etiquetas ni de X ni de Y (Millennial), por lo que se trata de “una micro-generación que incluye gente que pasó la niñez sin computadoras ni Internet, pero alcanzaron la adolescencia justo en la gran burbuja del punto com”.

¿Una micro-generación? ¿Es decir? Visto con esta lógica, ¿Polanquito sería un micro-barrio de Polanco? ¿El piso de abajo del Periférico sería una micro-vía del piso de arriba? Por favor, no sean payasos. Ponerse a buscar “nuevas” generaciones tiene el mismo valor que el que ofrecen las Haul Vloggers, ese artificio adolescente, que ha derivado en un ejército de video-blogueras que utilizan frenéticamente YouTube para mostrarnos su día de compras en el mall de su preferencia, “adquiriendo” frenéticamente ropa de ultratendencia que nunca usarán, pero que a la luz de obtener suficientes likes para llamarse fenómeno viral, lo intentan con el único fin de que algún otro genio del marketing les rotule como “influencer” y se ganen las llaves al paraíso: ropa gratis, con la condición de que su smartphone registre hasta el último detalle de sus vidas de percheros ambulantes. Porque sí, todos queremos ser Yuya, graciosas y huecas, otorgando todos los derechos sobre nuestra privacidad a cambio de promover lo que sea (con algunos gestos buena onda en el que se deberá incluir un perrito o un gatito) en el espejismo de las redes sociales. Basta con que la oferta sea la de cómo conseguir el look de Selena Gómez o de Miley Cirus de sus más recientes videos, y ya está.

Se inventan cosas inútiles, tan estúpidas e innecesarias, porque se consumen. En este ritual inconsciente de pertenecer a cualquier club social, tribu urbana o conversación pública, podemos pasar de invertir horas cazando pokemones en las calles a poner a girar ese juguetito de moda llamado “fidget spinner”, cuya única gracia es la de girar sin tregua, como si fuese una especie de baile hipnótico cuya misión es la de ocupar neuronas sin necesidad de mover un dedo. Es decir, el esfuerzo que debe hacerse es tan grande como el que hace Donald Trump para vaciar 140 caracteres ofensivos en el tuit del día que se elija.

Un sistema donde la pregunta esencial es cómo sacarle más dinero a la gente vendiéndole objetos estúpidos, servicios inútiles o conceptos huecos es, pareciera ser, expresión de agotamiento de un modelo económico basado en el consumo irreflexivo. Luego no nos sorprendamos de que las selfies con una bebida radioactiva de color rosa se transforman en fenómeno viral o que cantemos inconscientemente Despacito por el puro afán de participar en la “conversación social”, como si el valor de nuestras vidas dependiera de la temperatura de los trending topics del día.

Columna El Retrovisor publicada en expansion.mx

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