El señor Xi y el niño malcriado


Bienvenidos al Nuevo Orden Internacional. O desorden. Da igual. Las transformaciones geopolíticas inician cuando el líder de algún país poderoso decreta un nuevo camino. Sobre todo si pone $1 billón de dólares sobre la mesa.

Recordemos el tema: a mediados de mayo, con toda pompa y circunstancia, el presidente chino Xi Jinping hizo un elocuente gesto de poder al convocar a varias decenas de líderes internacionales (incluido Vladimir Putin, célebre cazador de osos, estrella de hockey, rockstar y pianista ruso) a Beijing y anunciar un plan masivo de desarrollo de infraestructura en más de 60 países de Asia, África y Europa. Bautizado como “One Belt One Road”, el plan de hecho está en marcha desde hace unos cuatro años, pero el señor Xi aprovechó los vuelos bajos (cada vez más) del presidente estadounidense Donald Trump para “celebrar la nueva influencia global de China”, como lo subrayó The New York Times.

El señor Xi y el niño malcriado. El primero quiere ganar terreno a través de convocar a toda esa parte del mundo a unirse a China en una mayor conexión global para construir “un nuevo bienestar”, mientras el segundo le muestra a los reporteros de la revista Time sus peripecias con el TiVo, despide al director del FBI y convoca a construir muros para que el mundo deje de aprovecharse de Estados Unidos. Así las cosas, el gigante asiático, tradicionalmente cerrado y temperamental, se autoerige como el nuevo comandante de la abundancia económica, con discursos liberales e incluyentes (dejemos de lado que mientras eso ocurría Corea del Norte, con su eterno adolescente a cargo, seguía sus juegos de pruebas de armas, tema que fue censurado de toda la prensa china para no manchar el nuevo mundo de Jinping), mientras que el coloso americano, tradicionalmente abierto y siempre autoproclamado como el gran defensor de la libertad mundial, se consume con los berrinches de un presidente que ha convertido a la Casa Blanca en casita de muñecas de tonos dorados y su escritorio en el templo de las firmas irreflexivos de documentos irreflexivos, con el supuesto fin de construir un nuevo caparazón proteccionista de la aún primera potencia en el mundo.

Si bien no hubo ningún líder europeo presente en la demostración de poder del señor Xi, esto no lo detuvo en el aviso de su nuevo orden internacional: un mundo globalizado al estilo chino, es decir, suministro de productos made in China a través de infraestructura financiada y construida por chinos, fomentado todo por –como igualmente dice The New York Times en su análisis Behind China’s $1 Trillion Plan to Shake Up the Economic Order- un ejercicio diplomático robusto y profundas conexiones económicas. Visto de otro modo, decenas de naciones pondrán la charola debajo de la expansión china para que caigan ahí todos los posibles dólares.

Si hay un país en el mundo que ha mostrado saber cómo planear a largo plazo, ese es precisamente el que hoy representa el señor Xi, con tejidos de planes a 20, 30 y 50 años. Por lo mismo, para quienes hoy tenemos la ventaja (y condena simultánea) de la vecindad con Estados Unidos, más vale encontrar las oportunidades de expansión económica que se anticipan desde ese otro lado del mundo y del que, a juzgar por el discurso y el ajedrez del trazo de caminos y de infraestructura, hoy estamos totalmente fuera, mientras intentamos renegociar términos del Tratado de Libre Comercio con el niño malcriado que habita (entre semana, nada más) la Casa Blanca.  Tan lejos de Beijing, tan cerca de Washington.

Columna publicada en la Revista Expansión, edición de Las 500 empresas más importantes de México (Junio 2017).

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