Verdades profanas


De antemano ofrezco una disculpa si estas líneas resultan más soporíferas que un debate de candidatos al gobierno del Estado de México, pero de lo que estoy seguro es que, con un mínimo esfuerzo, resultarán más propositivas que los argumentos indelebles de ______ (espacio para poner el nombre del candidato que le apetezca), todos huecos, insustanciales y reflejo de estos tiempos de proliferación del desconocimiento y la ignorancia como plataformas para gobernar una entidad federativa.

La cuestión es que privilegiar las formas a los fondos nos está ahogando en aguas turbulentas. Feuerbach decía que en nuestra era moderna, el símbolo le gana la carrera al significado, la copia al original, lo “fancy” a la realidad y la apariencia a la esencia. O, dicho de otro modo, mientras “la verdad es profana, la ilusión es lo único sagrado”.

En su libro La sociedad del espectáculo, Guy Debord coincide en que todo en nuestra vida se presenta hoy por sí mismo como “una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que vivíamos directamente se ha transformado en una representación”.

El tema más grave aparece cuando la representación se condimenta con simulación. Por ejemplo, Donald Trump despidiendo al director del FBI –quien investigaba los nexos de la campaña del republicano con el gobierno de Vladimir Putin- un día antes de reunirse con el canciller ruso, argumentando que había hecho una pésima labor exhibiendo los correos electrónicos de Hillary Clinton (añádanse emoticones con el grito de Munch en este paréntesis). O el presidente nacional del PRI emitiendo constantes declaraciones en contra de la corrupción (insértense emoticones de me muero de la risa en este otro).

Las anteriores son imágenes seleccionadas muy a modo para ejemplificar una de las premisas que Guy Debord enuncia en este tránsito tragicómico y doloroso de la sociedad del espectáculo: el retrato del mentiroso mintiéndose a sí mismo. Sin siquiera anticiparlo, estos personajes –y tómese hoy casi a cualquier líder político del planeta- son convocatorias constantes al meme, anticipo de viralización cotidiana vía whatsapp. Mientras menos entendemos la realidad, más nos reímos. El humor es nuestro único recurso de salvación. ¿De qué otro modo podemos adentrarnos al realismo mágico y salir ilesos hacia el realismo trágico?

En los últimos días he preguntado a mucha gente, de todos los colores y sabores, sobre su perspectiva del próximo circo electoral presidencial del 2018. Ninguna respuesta refleja convencimiento sobre el proyecto de nación de cualquiera que hoy se interprete como posible candidato. En el mejor escenario, algunos anticipan un sufragio por descarte, con la intención de ahuyentar algún perfil ideológico incómodo. En la mayoría de los casos, la contestación denota fastidio, cansancio, fatiga, hartazgo, escepticismo y desesperanza, un paquete mortal para una nación urgida de ideas nuevas y reinvención profunda. Nunca había recabado tantas reacciones de derrotismo anticipado. Jamás había escuchado tal nivel de desgano de participar en un nuevo modelo para armar, con esa frustración que brinda el vaticinio de encontrarse con un “más de lo mismo”, provocado por un sistema político que, desde ninguna trinchera, parece plantear soluciones al sentir de la gente. Y esta situación es el contexto idóneo para que se cumpla el enunciado fatal de Debord de que la inmensa acumulación de espectáculos nos arrolle como un tren de alta velocidad y que el año entrante nuestro destino se transforme en representación o, peor aún, en mera simulación. A fin de cuentas, la verdad es profana y la ilusión es lo único sagrado.

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