Aquí no pasa nada


Lo intento sin cesar: poner los hechos en su justa dimensión y no dejarme atrapar por la histeria. Por obligación profesional y consigna personal, busco escudriñar entre los ríos de información, diseccionar las fuentes, contraponer puntos de vista y no sucumbir al canto de las emociones, ni para celebrar triunfos que son espejismos ni derrotas que son transitorias.

Pero el infierno impone el clima en una nación que, un día sí, otro también, deja mirar con crudeza que los ciudadanos son potenciales víctimas de una violencia escalada, incesante, dolorosa, que transita libre por los cuatro puntos cardinales del país ante la parálisis (ineficiente, indigna) de la clase política de este país. Y, no, no parece vislumbrarse un escenario distinto cuando la estadística de muertes violentas comprueba un década miserable y escalofriante. Estadísticas frías, casi sin rostros, de víctimas de la delincuencia organizada, institucional o común, pero sobretodo de un Estado agonizante, carcomido por la corrupción y el franco desdén por proteger a la población, principio fundamental y rector de su tarea.

Sí, la voz se eleva cuando un periodista (uno más y otro más) es la víctima, porque es, debiera ser, caja de resonancia de la sociedad, porque ese crimen amplifica su alcance a todos, porque el silencio forzado es una piedra más que se arranca de los muros de la democracia. Pero en ese infierno avasallador estamos todos: ciudadanos desprotegidos que vivimos bajo amenaza al tomar el metro, abordar el autobús, esperar un taxi o conducir nuestro vehículo.

El desánimo es casi siempre contagioso. Más aún cuando la dignidad rebelde es reclamo apagado de apenas grupos reducidos que, con valentía y obstinación, buscan los cauces (la pluma, las calles, el foro público, los pasillos legislativos, las organizaciones civiles, las alternativas políticas) para exigir lo mínimo: seguridad para los ciudadanos, aplicación indiscriminada de las leyes, intolerancia a la impunidad, castigo a la corrupción.

No es exagerar decir que vivimos tiempos oscuros. Y no es llanto inútil el que se vierte para desempañar el cristal opaco que nos aprisiona, siempre y cuando lo transformemos en un reclamo solidario y en una exigencia irrenunciable de justicia. Y si quienes ofrecieron soluciones no logran cumplir con su mínima encomienda, hagamos que se vayan.

Ya basta de que aquí no pasa nada.

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