La administración del miedo


“Miedo y temores: individual y colectivo, combinando y fortaleciendo cada uno (la dinámica del miedo por sí misma), están sobrecargando nuestro mundo.”

La frase es de Bertrand Richard, en el prólogo que hace del libro The Administration of Fear, de Paul Virilo, quien abre su elocuente disertación con esa sinopsis de lo que nos envuelve: caos climático, pánicos recurrentes en las bolsas de valores, escasez de alimentos y agua, amenazas de enfermedades pandémicas, juegos de guerra con pruebas de armas nucleares, ansiedad congénita, violencia de distintos rostros y expresiones, vacío existencial.

El acercamiento de Virilo a este tema es filosófico y sociológico. Subraya que alguna vez el miedo tenía mala reputación y era signo de un cara débil, de una “incumpletud”. Pero que ahora ha tomado una solidez temperamental adicional que sería tonto ignorar, porque se ha convertido en “signo de sabiduría, herramienta de pensamiento y propedéutica”.

De ahí se desprende el trago amargo de la manipulación a grandes escalas: la administración de ese miedo es política. En tiempos de pánico generalizado (fusión de nuestros temores individuales con el miedo colectivo) y con el fortalecimiento innegable de la sincronización de las emociones (asómense al muro de su Facebook o al feed de su Twitter), la súbita globalización de las aflicciones en tiempo real golpea a la humanidad de manera simultánea. Todo en nombre del progreso, esa palabrita que no debemos cuestionar.

“El terror es la realización de la ley del movimiento”, ha escrito la filósofa Hannah Arendt (interpretemos ello como el hecho de que no hay relación con el terror sin relación con la velocidad de la vida). Tal cual. Si atendemos a la definición de administración del miedo de Virilo, queda más claro este enunciado: por una parte, el miedo es hoy un ambiente, un contexto, un mundo; por otra, los Estados están permanentemente tentado a crear políticas para la orquestación y la administración del temor. Y aquí debemos añadir que no son sólo los Estados, sino las grandes corporaciones, de cara a ese incuestionable progreso tecnológico. La mejor muestra de esta propaganda: la manera en que los medios cubrían las presentaciones de Steve Jobs, el finado CEO de Apple, todo diseñado para hacerte sentir fuera de la sincronización del progreso si no te sumas a la ola de la evolución. No es un tema de realidad aumentada, sino de realidad acelerada. En palabras de Virilo: “Esta combinación de dominación tecno-científica y de propaganda reproduce todas las características de ocupación, tanto físicas como mentales”.

Ese terror como realización de la ley del movimiento puede mirarse con prístina claridad desde Washington o desde Pyongyang. El terror está conectado con lo rápido, con la vida, con la velocidad de la tecnología. Y nada parece tener mayor simbología que la imagen de un proyectil termonuclear, sobre todo después de la propaganda maniobrada luego del lanzamiento de la Madre de Todas las Bombas (MOAB) por parte del ejército estadounidense en Afganistán. Vida, tecnología, velocidad, con un refractario de amenaza, tristemente más elocuente desde las lecciones de Hiroshima.

¿Es Virilo un teórico de la conspiración, como tantos otros? No lo creo. Le llamaría, más bien, un fervoroso practicante de la lógica: “La era actual está marcada por la aceleración de la realidad. Hemos alcanzado los límites de la instantaneidad, los límites del tiempo y el pensamiento humanos”. Visto así, el pánico está mutando a lo místico y a lo cósmico, tan inabarcable que comienza a escapar de nuestro entendimiento. La crisis actual, esa que Enrique Peña Nieto dice que sólo vive en el imaginario de nuestras cabezas, rebasa –por mucho- su propia capacidad de entendimiento, porque es una crisis antropológica.

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