Crisis de edad y singularidad


Hace unos días un amigo, talentoso y muy exitoso, me confesaba su fatiga. En su giro, debe mantenerse actualizado por minuto y admitía que la situación no era sólo agotadora, sino que se empezaba a ver a sí mismo como un cliché, repitiendo siempre las mismas historias aderezadas de dos o tres nuevas premisas, haciendo un esfuerzo extenuante para dejar una imagen de vanguardista en cada presentación que hace con potenciales nuevos clientes.

Suele tomar seminarios de actualización, aparece en todo tipo de congresos y foros que prometen buen networking e, incluso, ha considerado recientemente desembolsar $12,000 dólares por un curso de tres días en la Singularity University, esa singular institución educativa de Silicon Valley (el campus está situado en Mountain View o “Google City”, ¿dónde más?) cuyo lema es “preparar a la humanidad para el acelerado cambio tecnológico”. Creada apenas en el otoño de 2008, esta universidad tiene como objetivo educar e inspirar a dirigentes (pocos, porque ciertamente no tiene aspiraciones democráticas masivas, ni por cupos ni por precios) a comprender y facilitar el desarrollo exponencial de las tecnologías y “promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas para resolver los grandes desafíos de la humanidad”.

Tentador para adultos contemporáneos como mi amigo, quien a la mitad de sus 40s vive ya no sólo la crisis del middle age, sino el estrés del anacronismo tecnológico-digital.

Asumo (perdónese de antemano la ligereza) que así transitamos varios por la vida, incluyendo un par de colegas quienes recientemente manifestaban el mismo cansancio y los mismos temores, a unos meses de cumplir… 29 años.

El meollo del asunto es la presión ficticia (¿será ficticia?) que nos hemos creado y que más bien parece delirio de persecución: si no somos entendedores cabales ni adoptadores tempranos de todas las posibles nuevas tecnologías, en sus versiones 7.0 o adelante, somos si acaso pasajeros de los últimos vagones del tren de la modernidad. Por tanto, si no desfilamos con cierta comodidad en los carros de adelante, los más cercanos a la locomotora, pareciera que estamos en un estado de trance condenados a no encontrar empleo, a ser sustituidos en el actual y a no impresionar a ningún cliente.

¿Será que ese factor “wow” hoy día está directamente relacionado con la capacidad de incluir en nuestras presentaciones de keynote (recuerden que el powerpoint equivale a llegar con un videocasete o un lector de CDs) un volumen importante de esos terminajos acuñados en tierras californianas, que surgen con tal velocidad que no alcanzan ya posibilidades de traducción?

El problema no es la evidente velocidad en la carrera. Es, como siempre desde tiempos tan remotos como el facsímil, la capacidad de pensar y de transformar la materia gris en acción. No se trata de acuñar los términos y abrazar inconscientemente los cambios tecnológicos, porque de pronto se encontrará uno queriendo aplicar ciertas cosas que ni siquiera se requieren para la actividad en turno. A no ser que queramos convertirnos en J.-Y. Fréhaut, personaje de la novela Ampliación del campo de batalla, del francés Michel Houellebecq: “En cierto sentido, era feliz. Se consideraba, con pleno derecho, actor de la revolución telemática. Sentía realmente cada avance del poder informático, cada nuevo paso hacia la mundialización de la red, como una victoria personal. Votaba socialista. Y, curiosamente, adoraba a Gauguin”.

Pero Fréhaut perdió su empleo. Entonces sus causas perdieron los cimientos. Tanto para él, como para los muchísimos Fréhauts del mundo, dejamos por aquí una maravillosa frase del también francés Roland Barthes: “De pronto me fue indiferente no ser moderno”. Si lo tropicalizamos, equivaldría a un “no se hizo viejo, andaba de parranda”.

(Columna El Retrovisor, publicada en la Revista Expansión).

3 comentarios sobre “Crisis de edad y singularidad

  1. Así es mi querido amigo. Estamos todos en esta carrera, que en el fondo, no nos lleva hacia ningún lado. Apesumbrados por la vorágine de la hora por acabarse. A veces pienso que todo esto es una gran trampa. Otras, trato de tomar distancia y acercarme a los libros buenos, a los amigos entrañables ( hay que vernos pronto), y a las ilusiones permanentes, que son las que nos mantienen firmes en la tormenta.

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