El difícil diálogo con la muerte


Decía Platón que filosofar es aprender a morir. Carajo. Miren que es difícil filosofar, entonces. Tras dos pérdidas tan cercanas, tan absolutamente cercanas (una de ellas, mi propia madre, seguida por la madre de mi pareja), en sólo tres meses, me sumerjo en la filosofía, en busca del pensamiento de Epicuro, quien señalaba que una función primordial de la ciencia del conocimiento es eliminar el temor a la muerte.

No sé si hoy temo menos o más a la muerte, o si un día amanezco con mayor temor y al siguiente con una rebaja incomprensible en ese miedo constante. Lo que sí sé es que el problema sustantivo no lo he logrado resolver: aún si temiera menos a la inevitabilidad de la muerte, es difícil encontrar cómo no temer a la vida, cuando la vida se ve tan envuelta de muerte, cuando la vida insiste en hacer sonar con esta constancia el reloj despertador, el golpeteo del martillo invisible en el cabezal de la conciencia. Todo es parte de un diálogo difícil, casi imposible, con la muerte, porque ésta insiste en el monólogo. Y es el cruel monólogo de la ausencia.

Nos aferramos a los mitos y las creencias, como cobertores de seguridad, esperanzados en que a la vuelta de la oscuridad prevalezca la luz. O nos refugiamos en la sublime manera en que geografías como la nuestra le guiñan el ojo al estado definitivo, con colores y sabores, para concederle esa saludable dimensión de relatividad, que en medio de la estruendosa simbología parece concederle verdad a la ley de la energía, y entonces nada se crea, nada se destruye, todo se transforma.

Pero esta tarde el que me alcanza es Cioran, el gran filósofo rumano que tenía una fascinación incómoda -sin ningún carácter festivo- por la muerte: “Siempre agradecido por estar vivo, el hombre busca sin cansancio rendir tributo a la existencia, sin importar si con sus obras la desacredita”. Y busco algo, que quizá no encuentro, en algunos de sus aforismos: “Nunca entenderé cómo se puede vivir sabiendo que no se es, por lo menos, eterno”. Y otro: “La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay quienes creen aún en la profundidad de la filosofía”.

Hay días de peregrinaje confuso por los laberintos de la mente. Metamorfosis y dimensiones misteriosas. Trascendencia. Dunas. Labios secos. Polvo en el viento. Soledad. Hojas caídas. Incredulidad. Vacío. Lagunas. Significados. Los conceptos se agolpan y entumecen las ideas, o viceversa.

Hay huecos que sólo admiten vacíos. Lo demás es un día nublado al final de un muelle, divagando entre el final del otoño y el inicio de la primavera.

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