Viajar, la mirada de los otros


A pesar de que, para fortuna de todos nosotros, Nikos Kazantzakis vivió largos años fuera de su patria, en Heraclión, capital de la isla de Creta, queda un buen tramo, bien resguardado, de la intimidad de este autor: escritorio, lámpara, libros, bastón, caricaturas. En la misma ciudad está su tumba, pero de cara al azul luminoso del mar Egeo: en su lápida, una estela blanca tiene inscrito el epitafio que reproduce las que fueron sus últimas palabras antes de morir: “No creo en nada. No temo a nadie. Amo la libertad“.

Y ahí está la clave del valor supremo de los relatos de viajes de este entrañable autor: en el amor confeso e ininterrumpido a la libertad. Incluso desde ese misticismo romántico que nunca abandonó (pese al constante juicio lapidario del que fue objeto, tan incomprendido en este terreno, pues), Kazantzakis tuvo el mérito de proclamar la exhaltación de la vida.

Porque sin libertad y sin amor a la vida, al menos en lo referente a la literatura de viajes, no hay mucho que narrar.

Hay, por ejemplo, una bellísima tesis de Elefteria Teleioni, escrita para obtener el título de la Maestría en Filosofía de la Universidad de Birmingham, titulada “España y la Narrativa de Viajes de Kazantzakis”. La disertación de la estudiante griega no es sobre el valor literario de los libros y artículos periodísticos de Kazantzakis. Ese es innegable. Es para rescatar el valor de estos documentos en sus funciones histórica, cultural, política e ideológica: la visión de un hombre sobre un país y una era. Imposible entender, desde una óptica de viajero que hurga con una curiosidad única, la Guerra Civil Española. De ahí que un capítulo completo de esta tesis se refiera exclusivamente a esta guerra. Porque Kazantzakis visitó España por tercera vez en su vida en el otoño de 1936, tres meses después del inicio de la guerra. Las impresiones de esta travesía quedaron vertidas en el diario griego I Kathimerini, bajo el título: ¡Viva la muerte! Y narró desde la perspectiva de Franco, sin tomar abiertamente ningún partido. No se trataba del acercamiento periodístico, ni mucho menos ideológico, de André Malraux, de George Orwell o de Ernest Hemingway, quienes también narraron episodios de la guerra civil, ya fuese como corresponsales de guerra o como voluntarios. Si bien el autor griego acudía formalmente como corresponsal, en realidad él iba, como lo expresó en la carta a un amigo, a “comprobar sus tesis de libertad: mantenerse libre”. También se lo escribió a su esposa Eleni: “Mi intención no es tomar partidos ni expresar puntos de vista, sino dejar que los protagonistas hablen por sí mismos y describir, de alguna manera, la eterna lucha humana”.

¿Utopía?

La eterna lucha humana.

Ahí está el meollo del asunto. Al igual que su poesía, los relatos de viajes de Kazantzakis son, esencialmente, retratos de la eterna lucha humana.

Y no necesariamente en lo relativo a países en conflicto. No. También en la cultura y el arte. En la religión. En toda manifestación humana y social. Como ocurre, por supuesto, con todos los grandes relatores de viajes, que es lo que aquí venimos a celebrar precisamente.

Con Kazantzakis como eje de gravitación de la curiosidad, la libertad y el amor a la vida, motores indiscutibles que siembran la semilla del nomadismo en el ser humano, en el abrazo apretado a ese deseo de enriquecer la visión propia con la mirada de los otros, hago referencia a otros autores, quienes como él, nos han permitido deleitarnos al viajar con ellos.

“En la gesticulación de nuestro guía todo cobraba un sentido truculento, como si los templos de los sacrificios proyectasen su sombra sobre cada acto y cada pensamiento. Cada figuara de los bajorrelieve aparecía vinculada a aquellos ritos sangrientos: fijada la fecha más propicia mediante la contemplación de las estrellas, el sacrificio iba acompañado de la exaltación de las danzas; e incluso los nacimientos no parecían tener otro fin que el de reabastecer de nuevos soldados las guerras destinadas a capturar las víctimas…”

El fragmento es de Bajo el sol jaguar, de Italo Calvino, quien intenta explicarse, con los ojos bien abiertos, en medio incluso de pasajes eróticos contenidos en rituales gastronómicos, la finalidad de los sacrificios humanos. Retratos de la eterna lucha humana.

El mismo autor, en Las Ciudades Invisibles, toma como punto de partida las noticias del mundo que un Gran Khan melancólico (Kublai) recibe de Marco Polo, el viajero por excelencia, para crear un catálogo de nombres femeninos de ciudades que recuerdan, igualmente, los sueños de Las Mil y Una Noches. En este libro, de un capítulo a otro puede trazarse el curso de un gran viaje, el único que siempre es posible: el de la relación de los hombres y las ciudades en que viven, ciudades del misterio, el deseo y la angustia.

Muchas décadas después Alessandro Baricco retoma la tradición en Seda:

“Solamente silencio, en el camino. El cuerpo de un chiquillo, en el suelo. Un hombre arrodillado. Hasta las últimas luces del día”.

El largo viaje de Hervé Joncour por la ruta de la seda, en una fábula sutil sobre el amor y el deseo, tejido de silencios. Porque los silencios son, deben ser siempre, como en una partitura, parte de la narrativa de viaje.

A veces los silencios son desiertos. Como en la América de Jean Baudrillard, donde desde la década de los 80s nos alertó, de manera muy enfática, sobre lo que hoy miramos atónitos que ocurre en ese país:

“Bajo en nicotina. Bajo en consumo de energía. Bajo en calorías. Sociedad anoréxica… Cultura anoréxica: la cultura del disgusto, de la expulsión, del rechazo. Cultura característica de un periodo de obesidad, saturación y sobreabundancia…”

El filósofo francés viajó mucho por Estados Unidos, por todos los sitios posibles, los más remotos y apartados, incluyendo sus únicos refugios de silencio: los desiertos. Y de manera por demás contundente (y esto va a sonar terriblemente conocido), concluía cosas como la siguiente:

“Lo que aquí vemos es el éxito del esfuerzo ilusionista de Reagan de resucitar la escena primigenia de América: la más primitiva. America is back again”.

Quizá la lectura de Baudrillard nos demuestra, sin temor a equivocarnos, el valor fundamental de los relatos de los viajeros que transitan el mundo con los sentidos abiertos. No nos ofrecen miradas planas a lo ocurrido. Nos ofrecen presagios. Una vez más, episodios, escenas y retratos de la eterna lucha humana.

Lo hace Umberto Eco con todos sus códigos a descifrar. Y lo hace de una manera por demás hermosa en su Historia de las tierras y los lugares legendarios, un viaje fantástico por todos esos sitios que en muchos casos no existieron, pero que debieron existir. Tierras bíblicas. Tierras de Homero y de las Siete Maravillas. Tierras de Alejandro Magno. Tierras del Corán. Tierras y mares y cielos de Julio Verne. El Dorado. Shangri-La. La Atlántida. Mu. Lemuria. Las migraciones en busca del Sagrado Grial. El País de Jauja y La Isla de los Sueños. Utopía.

“…y cuando entre llantos inhuanos y gemidos

que no tengan nada de terrestres,

esta ciudad sea engullida por fin

y profundamente,

levantándose sobre sus mil tronos,

el infierno le rendirá homenaje.”

Eco cita La ciudad en el mar, de Edgar Allan Poe.

El viaje es eterno.

Miro a un marroquí en una avenida bulliciosa, completamente inmune al tráfico y el ruido. No se mueve, pero siempre tiene tiempo para dar una mano al transeúnte anónimo. Él cargará a un bebé para ayudar a una mujer, ayudará a reabastecer la carga que cayó del lomo de un burro, rescatar el balón de un chico de debajo de un camión, empujar un auto averiado, colocar las frutas que cayeron de un canasto, todo sin la expectativa del agradecimiento, de siquiera ser notado, porque toma como hecho que cualquiera hará ese tipo de cosas por alguien más”.

Revisar los 43 años de relatos de viaje de Paul Bowles, por ejemplo, para encontrarnos siempre con las mismas verdades: sólo puede relatar quien ama la vida y celebra la libertad. Así es como nos transportamos, respiramos, olemos, miramos, escuchamos y entendemos el Marrakech de Bowles, la Oaxaca de Calvino, el desierto de Arizona de Baudrillard, y por supuesto, la España, la Inglaterra, la Grecia, la Italia de Kazantzakis. Así lo hace en Reporte a Greco:

Qué difícil, cuán extremadamente difícil es para el alma desprenderse de su cuerpo el mundo: de las montañas, mares, ciudades, gente. El alma es un pulpo y todos estos son sus tentáculos. Italia se apoderó de mi alma. Mi alma se apoderó de Italia. Nos volvimos inseparables; nos fusionamos en uno mismo. Ninguna fuerza en la Tierra es tan imperialista como el alma humana. Ocupa y es ocupada de regreso, pero siempre considera su imperio demasiado estrecho. Sofocante, desea conquistar el mundo con el fin de respirar libremente.”

Así describió Kazantzakis su primer encuentro con la Europa Occidental, luego de sus peregrinajes por su patria, Grecia.

Sólo puede narrar con precisión quien, incluso en situaciones extremas, pone la curiosidad por otras culturas por encima. Sólo puede compartir quien atesora la soledad, para después desprenderse de ella, contándola, y cultiva la paciencia, esa que permite a las palabras encontrar compañía. Así los grandes relatores del mundo, como Nikos Kazantzakis: capaces de adentrarse en la verdad interna y oculta de los sitios más remotos y las personas más misteriosas.

La exaltación de la vida y, al tiempo, la crónica de la eterna lucha humana.

(Texto con el que participé en el panel La escritura como un viaje: el viaje de la mirada, en la Universidad del Claustro de Sor Juana, por motivo de la semana griega, consagrada al autor y filósofo Nikos Kazantzakis).

Shangrila
¿Utopía?

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