Tragicomedia mexicana, edición 2017


Edson Lechuga es un escritor poblano que demoró 15 años en escribir su novela Anoche me soñé muerta, en la que relata la historia de un pueblo (Pahuatlán, de donde es oriundo) en donde todo sale mal. El tormento de los pobladores se acentúa por una sequía devastadora que, poco a poco, aniquila las esperanzas de esta comunidad huasteca. En la obra desfila un ejército de personajes fallidos: una niña con premoniciones, un sacerdote con procesiones inútiles, un brujo que no puede remediar nada y un alcalde aislado.

Más lejos, pero igual de cerca, Gary Shteyngart, autor ruso-estadounidense, escribió una década atrás Absurdistán, una historia de crímenes y migración que es pretexto para introducirse en una ex república soviética fallida del Mar Caspio, en la que estalla una guerra civil luego de todo tipo de atropellos llevados a cabo por políticos y oligarcas rusos.

Entre Pahuatlán y Absurdistán se encuentra hoy México, donde parece que hoy todo sale mal en medio de una gran farsa coloreada de cinismo exacerbado, un país en que la “gallina de los huevos de oro se fue secando”, como si hubiese ocurrido por generación espontánea y toda esta tragicomedia no tuviera responsables detrás.

El capítulo 2017 de nuestra gran farsa inició con medidas desesperadas y mal comunicadas. Independientemente de si la medicina era o no necesaria, las tabletas del gasolinazo provocaron ira. Todos sabemos que no fue por el remedio, sino por los orígenes de la enfermedad y la negligencia de los médicos durante los años anteriores, incluyendo diagnósticos engañosos, como la promesa presidencial de todas las bondades que traería la reforma energética, incluida específicamente la del freno a las subidas del precio de los combustibles y la energía eléctrica.

Súmese al coctel el fallo continuo en la estrategia de comunicación gubernamental (si es que existe), como aquella tardía e inútil búsqueda de empatía en el mensaje presidencial, con artilugios retóricos como el “¿y ustedes qué hubieran hecho?”, enmarcados en gesto adusto y ademanes acartonados. No sólo el guión es malo, sino que el actor no tiene cualidades histriónicas.

En medio, el secuestro de hasta las protestas del gasolinazo, contaminadas con esbirros para crear confusión y miedo. Tan evidentes, que dejaron claro que ni siquiera la orquestación de Estado tiene los instrumentos afinados.

Por eso México se ha convertido en un gran meme continuo. Aquí el humor es parte de la farsa y sustituye la capacidad de análisis y de propuestas. Al cinismo se le responde con cinismo. A la falta de credibilidad se le contesta con escepticismo. Y el círculo vicioso se acentúa, porque en el primer círculo presidencial, incluido el propio Presidente, no tienen ideas. Más alarmante aún, no tienen idea de que no tienen ideas. O aún peor, el parabrisas y el retrovisor con los que miran están tan empañados con una película de excesivo cinismo que les impide comunicar un mensaje creíble, consistente y honesto.

(Columna publicada en la Revista Expansión)

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