Nuestra sociedad exhausta


Sin prisa, pero sin pausa, solía decir un financiero con el que trabajé durante algunos años. Lo repetía como un mantra irreflexivo, como una manera de afrontar cualquier tipo de labor, como si en el flujo incesante de actividad, sin paréntesis ni corchetes, el resultado final fuera realmente más que la suma de las partes. Hoy día, por supuesto, la compañía para la que trabaja sin prisa, pero sin pausa, pierde valor por minuto. Nadie tuvo tiempo de pensar en otras alternativas.

Estamos agotados. Pero vivimos con la ilusión de que una vida extremadamente activa (leáse hiperocupada) se traduce en libertad. Sin piedad, la aceleración de todo (el adagio time is money como filosofía de bolsillo) destruye los intervalos, esos paréntesis necesarias, esas pausas revigorizantes.

“La sociedad del trabajo y el logro no es una sociedad libre. Genera nuevas restricciones. Se vuelve compulsiva. Y en esta sociedad de la compulsión, todos llevamos un campo de trabajos forzados dentro”. Así lo describe Byung-Chul Han, filósofo coreano-alemán y autor del imprescindible The Burnout Society. Dicho de otro modo, esta aceleración genera una suerte de red de anticuerpos sociales para eliminar la negatividad. “Esta positivización frívola del mundo significa que los seres humanos y la sociedad nos estamos transformando máquinas autistas de rendimiento y desempeño.”

Ciertamente, cada era tiene sus aflicciones endémicas. Byung-Chul Han define la actual desde un punto de vista patológico: “El incipiente siglo XXI no está determinado por bacterias ni virus, sino por las neuronas. Las enfermedades neurológicas, tales como la depresión, el déficit de atención/desorden de hiperactividad, el desorden de personalidad bipolar y borderline, así como el síndrome de estrés y fátiga crónica, son las que marcan el verdadero paisaje de nuestra era”.

Joder. Un paisaje devastador. Casi de la mano con lo que Baudrillard, tan elocuente, enuncia como “la obesidad de todos los sistemas de información, comunicación y producción”. Con más detalle, el francés habla de la violencia virtual y de las redes como la violencia de la “exterminación benigna”, la violencia del consenso. Y apunta, para redondear, que entre la virtualidad y la viralidad hay una especie de complicidad”.

Ahí, en ese cesto, van nuestras neuronas, desfilando incontroladas entre las tareas y urgencias interminables que, en realidad, nosotros mismos nos hemos ido imponiendo. Y, como lo señala Han, esta violencia de la “positividad” (entendamos este término como hiperactividad, por favor) no nos quita, nos satura; no nos excluye, nos agota. Esta violencia neuronal es sistémica. El síndrome de la sociedad exhausta, fatigada, ocurre de modo irreversible cuando el ego se sobrecalienta.

Nietzsche rara vez se equivocó en sus diagnósticos: “De la falta de reposo nuestra civilización está ingresando a un nuevo barbarismo…()… Es por eso que las más urgentes correcciones al carácter de la humanidad son las que refuerzan considerablemente los elementos contemplativos”. Y el filósofo Han refuerza la idea citando el caso del pintor francés Paul Cézanne, “un maestro de la más profunda atención contemplativa, quien alguna vez remarcó que lograba ‘ver’ la fragancia de las cosas”.

Ciertamente, sí, la visualización de las fragancias requiere de una profunda atención. El incesante ruido mental y ego sobrecalentado con que vivimos nos aleja terminalmente de esa posibilidad.

img_1047

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s