Juntos, revueltos y ruidosos


Es una ley física: a cada acción corresponde una reacción.

Igual que en los debates de los candidatos gringos a la presidencia. Los argumentos con trasfondo no tienen espacio en la era del espectáculo. Lo que cuenta es posicionar algo, o alguien, con la mayor velocidad, alcance y efectos posibles.

En las redes, estas reacciones se encadenan como vagones de un tren. Es, como bien alguien definió, el trenecito del mame. Todos estamos convidados a participar, opinar, vociferar, discutir, gritonear. Es la premisa sine qua non de Facebook y de Twitter: la supuesta democratización de las opiniones, en libertad y sin restricciones. Aquí es donde caben todos, sin más marginalidad que la de no contar con WiFi.

La cosa funciona así: la Academia Sueca otorga el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. De inmediato estamos todos ahí, juntos, revueltos y ruidosos. Apocalípticos e integrados fijando posturas en contra y a favor. Fanáticos y haters en el festival efímero de las opiniones gratuitas. Durante una horas, las redes sociales estallan casi monotemáticamente. Algunos, los menos, argumentan sus posturas o preguntan con humildad a los demás para tratar de forjarse una opinión. La mayoría salta al ruedo con la convicción contundente de tener la razón: “¡Vaya manera de demeritar el Nobel regalándolo a un músico!”, “Era más que merecido: Dylan es el mejor poeta vivo de Estados Unidos”. Y todos nos subimos al tren en marcha para sentir que estamos en el merísimo ajo de la discusión, en el epicentro del movimiento telúrico de la información, aportando visiones, emociones y fundamentalismos, minimizando o insultando a quienes van en contra nuestra y, después de un rato, saltando del vagón para subirnos al siguiente tren. A fin de cuentas, los boletos son gratis.

Bendita libertad de la era digital que nos permite exponenciar la comentocracia sin límites. Maravillosa modernidad que nos regala espacios en la Nube para llevar agua a nuestro molino de la razón y prender fuego a todos los que tienen la osadía de opinar lo contrario. Da exactamente lo mismo, por si fuera poco, el error gramatical, la deformación de la sintaxis y las faltas de ortografía: lo que importa es que nuestro monólogo virtual abrace pequeños episodios de diálogo colectivo. Pero sin crítica, por favor. O como bien lo escribía alguna vez la entrañable enóloga-cocinera-gastrónoma Sophie Avernin: “Me obsesiona la crítica. La falta de ésta o más a menudo la mala crítica. Los críticos mediocres. Y la carencia de autocrítica, que muchas veces es lo que en verdad envenena las actividades en nuestro país”.

Mientras escribo estos disparates, reviso las historias más comentadas en el reino digital del día en México. Las trending stories de Google Trends me marcan, por ejemplo, que en estas últimas 24 horas lo que más búsquedas y comentarios genera es lo siguiente: cómo Jennifer López mueve el culo al compás de Ginza de J Balvin, cómo se divirtieron Demi Lovato y Paulina Rubio en concierto, cómo la rapera Azaelia Banks amenazó con apuñalar al actor Russell Crowe y la explosión de una plantas químicas de BASF en Alemania. En Twitter, las tendencias marcaban los siguientes trending topics: #FelizLunes, #SiemprePasaEnLunes, #HoyMeDieronGanasDe, #VotoFemenino, #EnTuCaraTrump y #MeDaTantitaPena.

Todo eso se habrá disipado unas horas después. Lejos de haberse dado una discusión crítica, o mejor aún, autocrítica, todos estos temas (nótese que ni siquiera pondremos el dedo en la llaga de la frivolidad de los mismos) se habrán consumido en medio de meras percepciones y sensaciones. Porque no da tiempo de entrenarse para el juego ni de empacar para el viaje: las redes son trenes de alta velocidad. Y por alguna extraña razón todos hemos creído que debemos estar ahí, a tiempo real, emitiendo nuestros veredictos sin cesar.

(Columna El Retrovisor publicada en expansion.mx)

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