Samsara


Cuelgo el teléfono y suspiro.

Allí está, sin más, el circuito fúnebre: Kellogg’s, Nestlé, La Costeña, curas y médicos. El círculo es un entretejido de la trampa más perfecta para hacer desvanecer seres humanos: alimentos procesados, azúcares y harinas, inmovilidad física, horarios recorridos y desordenados, misas dominicales, citas con médicos, chochos para dormir, exámenes clínicos y decenas de medicamentos. Luego de eso, que el día se agote, uno tras otro, siempre igual, para volver a recorrer la misma distancia, entre la nada del amanecer y la nada del crepúsculo.

Rueda samsárica de final infeliz.

No cabe la pausa para respirar. No hay margen de reflexión. Cualquier cuestionamiento a esas alturas es convocatoria directa al desmoronamiento.

El Samsara es más ridículamente violento cuando ni siquiera se sabe que se transita en el Samsara. Demasiado tarde para volver a comenzar.

Pero a veces bastan unas cuantas líneas, como estas, para ejercer un poder similar al que otorga la pausa de la respiración consciente. De tinta somos.

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