Oh, esas ideas innovadoras


¿Provoca ronchas pensar que, en efecto, hubo un fondeo gubernamental que explica las pantallas táctiles y la voz de Siri?

Algunos le llaman negligencia liberal a esa insistente necedad de continuar reclamando que el mercado, por sí solo, puede arreglarlo todo. Y miren que algunos lo plantean con más beligerancia que quienes salieron con pancartas a defender un modelo de familia que no incluye diversidad.

Otros piensan, desde hace rato, en la “recalibración” de la globalización. La punta de lanza se llama Mariana Mazucatto. Y hay que aprenderse ese nombre. La economista ítaloestadounidense, profesora de Economics of Innovation en la Universidad de Sussex en Inglaterra, miembra del Consejo de Asesores Económicos del Gobierno de Escocia y autora de The Entrepreneurial State: debunking public vs private sector myths, está (felizmente para nosotros) obsesionada con la relación entre los mercados financieros, la innovación y el crecimiento económico. Y uno de sus trabajos más recientes investiga la correlación de los cambios tecnológicos y las burbujas en los mercados bursátiles.

No son planteamientos inasequibles. En su libro ella plantea, por ejemplo: “Toda la tecnología que hace del iPhone un teléfono inteligente es deudora de la visión y el apoyo del Estado: Internet, el GPS, la pantalla táctil e incluso la voz de Siri del smartphone recibieron dinero del Estado. La economía real de bienes y servicios, ha experimentado un cambio similar al de la economía financiera: el riesgo se mueve cada vez más hacia el sector público y el sector privado recibe los beneficios”.

Algunos acusarán de blasfemia a la Mazucatto, que de un plumazo le resta méritos a San Steve Jobs. Pero no va por ahí la economista. En realidad, lo que ella plantea (y hay suficiente evidencia de ello) es que las inversiones revolucionarias siempre proceden del sector público. Así, tal cual. Contra la lógica de los (aún no extintos) Chicago boys, hay quienes llevan años de trabajo de investigación para intentar demostrar que son “mitos puramente ideológicos” los que apuntan a la gran contribución de los inversionistas privados en las grandes revoluciones de la innovación. Incluido Jobs, pues, quien efectivamente tuvo la visión de aprovechar (quizá como nadie más, y ahí está el muy debido mérito) las enormes inversiones estatales en estos desarrollos tecnológicos.

La Mazzucato también argumenta en su libro –que primero apareció como un panfleto más corto en el tanque de ideas Demos- que la idea de un Estado como una organización burocrática estática que sólo debe intervenir para “arreglar” los fallos del mercado, y dejar toda la innovación y el dinamismo innovador al sector privado, “es equivocada”. Y ofrece una buena cantidad de casos estudio que alcanzan a varios ramos, como el de la farmacéutica, las tecnologías limpias y la biotecnología, para mostrar cómo las verdaderas inversiones de alto riesgo son hechas por el Estado antes siquiera de que el sector privado meta un solo dólar.

¿Provoca ronchas pensar que, en efecto, hubo un fondeo gubernamental que explica las pantallas táctiles y la voz de Siri? ¿El Estado como provocador fundamental de los verdaderos quiebres y cambios de juego? ¿No es sólo una estúpida resurrección keynesiana?

Que nos lo responda Martin Wolf, editor asociado y economista en jefe del diario británico Financial Times: “Mazzucato ofrece una tesis controversial, pero es básicamente correcta. El fracaso en reconocer el rol gubernamental en conducir la innovación puede ser una de las grandes amenazas para el desarrollo de la prosperidad”.

Quien tenga oídos y participe en el desarrollo de políticas públicas en México, que escuche. Es buen momento nutrirse de algunas nuevas ideas. Dejemos a un lado que hay lugares específicos donde no se alcanza a citar siquiera una trilogía de libros leídos, resulta difícil sugerir que pongan la obra de Mazzucato como prioridad formativa en el gabinete económico. Pero nos podemos conformar con que sigan a esta economista en Twitter. Quizá a golpes de 140 caracteres algo se pegue por ahí. Quizá entonces quedemos más lejos de Trump, el villano favorito, y más cerca de la prosperidad.

(Columna publicada en Expansión, Septiembre 30, 2016)

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