Enemigos íntimos


A veces me siento como si fuera Brasil: grande, fatigado, frustrado por incurrir en el ciclo fatídico y perpetuo de ser el país del futuro… siempre. Otras veces me siento como si fuese Argentina: creativo, desordenado, grandilocuente, en permanente desacuerdo conmigo mismo. En ocasiones soy Colombia: ocurrente, bailador, curandero de mis propias heridas, echado para delante. En otras, Venezuela: colorido y divertido, pero con los planes torcidos y el futuro cancelado. A veces, Chile: pequeño, serio, corpulento, bien organizado y con aires melancólicos de poeta. Y muchas más soy México: lleno de posibilidades, alegre, sonriente, caótico, ruidoso, ingenioso, de pasado esplendoroso, pero atrapado en una espiral viciosa en la que protagonizo una obra de muchos comienzos, pocos finales y actúo como mi peor enemigo.

Reduccionismos con fines didácticos a un lado, albergo todos esos sentimientos, manías, contradicciones, fantasmas, ángeles y demonios porque soy latinoamericano, ese gentilicio regional que en realidad es mero espejismo y cuya ansia fallida de hermandad fue secuestrada tiempo atrás por los sueños (tan húmedos como resecos) bolivarianos de Hugo Chávez. Y, de cualquier modo, la inmensa mayoría de las veces soy México, porque de aquí soy y desde chiquito me enseñaron a respetar los lábaros patrios, a venerar a la Guadalupana, a honrar a la sagrada familia, a echar desmadre a cualquier hora y en toda circunstancia y, sobre todo, a sentirme condenado por los ciclos recurrentes del fracaso, echar la culpa de todo a los demás y pasar del triunfalismo al derrotismo (y viceversa) a la velocidad de la luz. Como bien escribió Juan Villoro, a raíz de nuestro escaso éxito deportivo en los pasados Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, parece que los mexicanos somos esencialmente exitosos en las contiendas de soledad (marcha) y sufrimiento (box). Sintomático.

Ocurre, también, que aquí se nos inyectan dosis frecuentes de nacionalismo, con estrofas de un himno nacional que en casi todos sus versos pregona nuestra bravuconería, a golpes de agave de muchos grados Gay Lussac, chiles con colores patrios, comidas interminables, simulaciones, corruptelas, politiquería de bajos vuelos y manifestaciones callejeras en contra de lo que sea. Entonces ese sentido de pertenencia entra a fases de trastorno bipolar y el orgullo se mezcla con la vergüenza, la alegría con la tristeza y de pronto uno ya no sabe exactamente cuál es el sentimiento dominante en la relación con la suave y agridulce patria.

Nuestro nacionalismo tiene vaivenes extraños. Algunos nos sentimos mexicanos hasta el tuétano y reaccionamos con elocuente ardor a cualquier enemigo que osare profanar con sus plantas nuestro suelo, dejando de lado que ni siquiera el payasito naranja nominado para la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano ofrece más riesgos y peligros que los que nosotros mismos fabricamos cotidianamente. Ningún enemigo más íntimo de un mexicano que otro mexicano. Quizá por eso mismo desdeñamos a casi todos nuestros vecinos del sur: nos permiten mirarnos en el espejo. Quizá por eso mismo aquí hay tantos connacionales que siguen añorando a la “madre patria” –de ahí llegaron sus bisabuelos, pues- y otros más que son más agringados que un granjero de Kentucky. Pero cualquier insulto externo se convierte en una ofensa imperdonable, como si la prerrogativa de la crítica nacional fuera nuestra exclusiva. Los de fuera, vengan de donde vengan, estén donde estén, que se limiten a hablar bonito de nosotros.

El nacionalismo es camisa de fuerza. El patriotismo irreflexivo es límite y freno de mano. Si reclamamos apertura en otros lados, comencemos por practicarla dentro, que el lugar de nacimiento es mera circunstancia, que marca, sí, que se celebra, también, que puede ser hermosa, pero circunstancia al fin y al cabo. Si nos manifestamos en contra de la edificación de muros, dejemos de construirlos aquí dentro.

(Columna El Retrovisor publicada en Expansión, Septiembre 15, 2016)

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