Felicidad, iPhones y pepinillos


Dice el cínico escritor francés (disculpen el pleonasmo) Friedrich Beigbeder que “la felicidad es muy simple: consiste en invertir la infelicidad”.

Miren que no es no es tan difícil. Para mí, la infelicidad se combate con las dosis adecuadas de café bien tostado, mezcal de agave silvestre, panuchos bañados generosamente con salsa de habanera y una ducha caliente con buena presión del agua. De verdad, la felicidad es ese estado que cabe en la mordida un tlacoyo de habas del mercado de Malinalco, en una carretera con buena vista que bordee alguna costa, en una película cuya secuela es la charla, en un libro que conmueve, en un paseo familiar en bici o en una conversación con amigos que salpique carcajadas sin que nadie se haya asomado a ver el reloj.

El problema es que se nos olvida que la felicidad germina durante las pausas. Y la cotidianeidad se impone, con su carga abrumadora, tráfico infame y juntas interminables de revisiones de malos resultados cuyas consecuencias son nuevas reuniones para presentar planes sesudos de recortes de costos y gastos. Joder. Encima hay que buscar monedas para el parquímetro, pagarle la iguala al contador y encontrar una cita disponible en el verificentro.

Hay razones suficientes y abundantes para pasarla mal. Ahora que si se requiere de ayuda, pues cómprense el librito de So Sad Today, de la estrella tuitera Melissa Broder, quien en dieciocho ensayos “personales”, garantiza el deseo de patear la computadora, darle un puñetazo al prójimo más cercano, lanzar un escupitajo al espejo y correr a abrazar al perro o al gato, si acaso se tiene la fortuna de tener una mascota a mano. Eso sí, la señorita Broder, neoyorquina que atinadamente se mudó a Venice Beach, obsequia razones poderosas para cultivar la desdicha, pero con mucho sentido del humor: “Si mando un correo, uso a Siri para dictar, así que el Internet ha destruido mi umbral de atención al grado de que ya no puedo escribir un e-mail. El iPhone me quitó la laptop. Si la laptop es cocaína, el iPhone es crack. Y yo me doy golpes de crack antes, durante y después de cualquier cosa”.

Ay, Melissa, cuánta razón tienes. En efecto, una vez que un pepino se convierte en pepinillo, es imposible que vuelva a ser pepino. Y el Internet, con todos sus consabidos pros y contras, nos ha empepinillado a todos, sin excepción, porque los espejismos son ahora mucho más confusos y todo, absolutamente todo, debe ser más rápido. Queremos adoptar de inmediato la tecnología más novedosa, no para ser más eficientes, sino para que sepa el mundo que nosotros sí estamos a la vanguardia. A esta velocidad, con el smartphone que nos guiña el ojo sin tregua como nicotina disponible para el fumador empedernido, ¿dónde carajos encontramos la pausa, esa que se requiere para alcanzar nuestro pequeño oasis feliz?

Paradojas del siglo XXI, pues, en estos tiempos de cultura del envase, lectura de titulares, rebajas en H&M, selfies en la última-increíble-maravillosa-ininteligible exposición del museo de arte moderno de su preferencia, de platos súper jípsters listos para la foto y cafés con carita feliz. La tan mal entendida felicidad es un espejismo constante, de cortísima duración. Yo, por lo pronto, me voy por un panucho con el iPhone a la mano, para ver si logramos invertir la infelicidad y encontramos el paraíso en la otra esquina. Si no es así, exigiremos el debido respeto para nuestra propia colección de neurosis, que tanto trabajo y esfuerzo nos ha llevado desarrollar.

(Columna El Retrovisor, publicada en www.expansion.mx, Septiembre 1, 2016)

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