Cortitos de memoria


Tenemos una memoria con tanto alcance de tiempo como el de los trending topics de Twitter. Yo no sé si es mal nacional endémico de México, o habrá otras naciones que lo compartan, pero en esta geografía se nos olvidan muy rápido las cosas.

Chapos, Kates, casas blancas, acosos y abusos sexuales a mujeres y niños, obras públicas inconclusas, autopremios de servidores públicos, índices de contaminación, gobernadores impresentables, ahorros en el ejercicio del gasto público, papeles panameños, periodistas asesinados, índices de pobreza extrema, paridades cambiarias, Oceanografías, Líneas 12 del Metro, Grupos Higas, cancelaciones de licitaciones para construir trenes, visitas papales… , todo da casi igual, porque salvo algunas contadas excepciones, solemos manosear los temas por minutos u horas, en el mejor escenario, para después tirarlos a la bandeja del olvido.

Por lo mismo, nos molestan mucho los personajes memoriosos, esos que siguen machacando el mismo cuento. Quienes siguen reclamando justicia alrededor de Ayotzinapa o de Tlatlaya, por ejemplo, pasan al club del “ya supéralo, ¿no?”. Nos parece muy enfadoso que alguien toque la misma canción una y otra vez, porque somos fanáticos de la novedad –de los premios gastronómicos a James Bond a la Fórmula 1 al Cirque du Soleil a velocidad crucero-, de lo que sigue, como si nos hubiesen programado como cazadores de nuevas tendencias y tuviéramos que ver la vida como temporada primavera-verano u otoño invierno. Así, se enciende la llama, hacemos cadenitas para lanzar cubetadas de agua y arena, y sin siquiera esperar a que se extinga el fuego, nos retiramos a casa. Que alguien más se haga cargo.

Eso sí, desde casa nos lamentamos estruendosamente y nos ponemos todos muy bravos en las redes sociales. Ahí sí que machacamos la indignación hasta que nos aburrimos y le cambiamos de canal al programa. Nos surgen simultáneamente todos los demonios de la intolerancia, atacamos a tambor batiente y, ante la mínima señal de movimiento en las huestes bovinas de las plataformas digitales, balamos de inmediato en otras direcciones.

Pero no nos vayamos siquiera a cosas tan profundas. Pasa incluso en cualquier oficina: el olvido constante, la omisión como regla. “Perdón, se me olvidó…” Hay que recordar prioridades, responsabilidades, reuniones, agendas y encargos varias veces a la semana.¿Por eso tendremos esos ejércitos de secretarias y asistentes en los corporativos? Es como admitir de antemano que al jefe o a la jefa se le olvidarán las cosas. “Le recuerdo, licenciado, que tiene que recoger a sus hijos… que tiene reunión mañana a las 8… que tiene que devolverle la llamada al otro licenciado…” Somos el club del olvido. El clan de la memoria cortita.

Si al menos fuéramos como el verso aquel de Ramón Gómez de la Serna: “Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo”. Quizá lograríamos transformar algunas cosas. Alcanzaríamos a curar, aunque sea un poco, esa terrible omisión que nos acompaña: la rendición de cuentas. Porque todo proceso de transparencia pasa necesariamente por donde existe gente que recuerda los asuntos fundamentales. Pero aquí nadie rendirá cuentas si a todos se nos olvidó de qué se trataba el asunto.

Columna El Retrovisor publicada en www.expansion.mx

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