Memorias de música, medicina y locura


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Todos tenemos una banda sonora de nuestra vida, dice James Rhodes, autor de Instrumental, un relato autobiográfico en el que confirma que la música cura y ofrece una posibilidad de redención.

“Se trata de una de las pocas cosas (que no sea de índole química) que puede llegar a los últimos recovecos de nuestro corazón y nuestra mente y tener un efecto verdaderamente positivo”, escribe al también pianista londinense, quien ha logrado poner en letras una obra cargada de redención, brutalmente honesta. (James Rhodes, Instrumental, Blackie Books, 2015).

“Cuando uno se hace la victica, tras un periodo de tiempo extraordinariamente corto se cumplen sus peores pronósticos”, añade el británico, quien ha protagonizado documentales para la BBC y Channel 4 de Inglaterra, así como ha contribuido con el prestigioso diario The Guardian. La afirmación es elocuente, considerando que Rhodes fue víctima de abusos sexuales sistemáticos desde los 6 años, tuvo problemas de alcohol y drogas, estuvo recluido en distintos momentos en hospitales psiquiátricos y se intentó suicidar varias veces, antes de que Bach le salvara la vida.

No sólo Bach, por supuesto. También Prokófiev, Schubert, Beethoven, Scriabin, Ravel, Shostakóvich, Bruckner, Liszt, Brahms, Schumann, Rachmaninov, Mozart y Chopin, todos ellos protagonistas de Instrumental, con obras específicas que Rhodes valora particularmente. Prokófiev, por ejemplo, uno de los grandes revolucionarios de la música, es relatado por el pianista inglés como “un psicólogo de las emociones más infames. El odio, el desdén, la rabia (sobre todo, la rabia), el asco, la desesperación, la burla y la rebeeldía se erigen en modelos legítimos de los estados de ánimo… Es la representación musical más certera de la locura desatada que he escuchado en mi vida”.

James combina, así, los trazos de la obra de los músicos rescatistas con los pasajes oscuros de su vida, ese club de la lucha cuya regla fundamental es que nadie habla del club de la lucha, de las manchas indelebles que deja el abuso, el estés postraumático, la vergüenza, la culpa y la mente, diseñada para lidiar con casi cualquier situación, hasta llegar al límite de partirse en dos.

“Hubo una composición que Bach creó en torno a 1720 y de la que Yehudi Menuhin dijo que era ‘la estructura más grandiosa que existe para un violín solista’. Yo iría mucho más lejos. Si Goethe tenía razón y la arquitectura es música congelada, el último movimiento de la segunda partita para violín es la combinación mágica del Taj Mahal, el Louvre y la catedral de San Pablo”. Busoni transcribió esa pieza para piano. La torre Eiffel de las canciones de amor, escribe Rhodes. Esos quince minutos finales (la chacona) de desgarradora intensidad (la pieza fue compuesta por Bach en memoria de su mujer fallecida) son el verdadero punto de quiebre de este autor, con la vida y la mente rotas, para encontrar alguna reconciliación: “Imagina todo lo que te gustaría decirle a alguien a quien quieres si supieras que va a morir. Imagina que condensas todos esos sentimientos y emociones en las cuatro cuardos de un violín, que los concentras en quince minutos llevados al límite. Imagina que de un modo u otro descubres la forma de construir todo el universo de amor y dolor en que existimos, que le das forma musical, que lo pones negro sobre blanco y se lo regalas al mundo. Eso es lo que Bach logró, con creces, y todos los días esta pieza basta para convencerme de que en el mundo existen cosas que son más grandes y mejores que mis demonios…”.

Ya Beethoven había definido a Bach con siete palabras: “Es el dios inmortal de la armonía”. Y ese dios cura.

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