Nostalgia por la buena crónica


Esta tarde intercambio epistolarmente algunas ideas con una fotógrafa, quien contempló en vivo, durante una estancia navideña en Rumania, el particular ritual de la taierea porcului, en el que esencialmente destazan a un cerdo que se ha criado durante un año y se lo comen. La crónica de Andrea es maravillosa y se puede leer aquí: http://www.univision.com/estilo-de-vida/navidad/la-taierea-porcului-una-tradicion-rumana-de-navidad.

Aunque planeábamos asignaciones menos cruentas, me hizo recordar una crónica en tres partes publicada por la magnífica SoHo Colombia: Criando un puerco en casa. Esencialmente, se trataba de que el poeta colombiano Eduardo Escobar criara una cerdita en su casa y eligiera al final si Aurelia, nombre con el que bautizó a la mascota, tendría como destino final el sacrificio (para engalanar su mesa) o el indulto (en el entendido de que, de todos modos, alguien más se comería al animal en algún momento). Escobar tuvo varios meses a Aurelia en su casa. Hace una crónica suculenta, en tres entregas, donde narra sus encuentros (y desencuentros) con el animal. Al final, aunque confiesa que él no es un sentimental y que su decisión fue fría y lejana a un acto de heroísmo, decide indultar a Aurelia.

Esa es la historia. Pero detrás de la historia está lo que viene a cuento: la impertinente realidad. Yo no sé si es por escasez de lectores, o por estrechez de miras de anunciantes, pero esos medios que han privilegiado la crónica, el santo grial de la narrativa, sufren todos la condena de la penumbra en que se encuentran los medios impresos. Algo queda, sí, bajo las cabeceras de El País español, de la Etiqueta Negra peruana (del tenaz Julio Villanueva Chang), del Gatopardo nacionalizado mexicano (labor ahora del talentoso Felipe Restrepo), de la propia SoHo colombiana, esa que llevara a su clímax el entrañable Daniel Samper Ospina y que hoy continúa el igualmente entrañable Diego Garzón. Otros esfuerzos se extinguieron, hasta quedar en las tinieblas. Otros son meros catálogos comerciales que renunciaron a autores y plumas. Otros, como el Vanity Fair mexicano, tristes promesas incumplidas que no rindieron honor al título original, y sólo se sumaron a la lista de colecciones de fotos de sociales.

Y aunque hay algunos esfuerzos encomiables en el territorio digital y la blogósfera, pareciera que las pantallas de las laptops y los móviles y las tablets son como tierra infértil para las historias de largo aliento, de buena factura artesanal, de rienda suelta a esos autores que, sin empacho, pueden obsequiarnos una obra maestra sin restricciones ni palabras que sobren para narrar su visita a un restaurante, los entretelones de una gira presidencial, las semblanzas de algún personaje interesante, la crónica de un fracaso deportivo, los asegunes de una hazaña o la crianza de una cerdita llamada Aurelia.

Por eso el arrebato nostálgico, que no debe confundirse con un réquiem. No, porque a diferencia de mi gran amigo y fervoroso creyente de la narrativa y de la crónica don Rafael Carballo (búsquenlo en wordpress.com/diariodeunjeiter), intento no nadar en solitario por las abundantes y turbias aguas del pesimismo, mientras busco afanosamente compañía en los escasos manantiales que nos quedan.

 

2 comentarios sobre “Nostalgia por la buena crónica

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