Ese frenético e imperturbable antojo


Entro en  estado alterado a esa cámara de tortura en la que se imparte una sesión de Bikram Yoga. 42 grados de tormento en movimiento. Bien dicen que una clase de estas es equivalente al matrimonio hindú: atrapado sin salida, sin puertas ni ventanas, hasta que llegue ese destino llamado savasana, la posición del cuerpo muerto.

La maestra, impecable e implacable, sabe que mi cabeza navega por los siete mares. Lo único que no sabe es que durante esos noventa minutos de extirpación de demonios, lo único imperturbable es un frenético antojo por un sándwich de pull pork.

Después de 26 posturas, repetidas en doble dosis, de sudar como si hubiera cruzado un río caudaloso, de intentar aplacar los pensamientos peregrinos, cierro la sesión con una firme convicción: me acabo de ganar el derecho de cenar un pull pork sandwich.

Namasté.

 

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