Metamorfosis de un homenaje


Sentarse en una roca y contemplar el mar. Admirar la sincronía con que las gaviotas van y vienen en busca de un bocado. Mirar sin permitir que la mente divague demasiado e intentar que la respiración siga el vuelo de las aves. El viento es fresco y las nubes bailan y sueltan unas gotas.

La paz no tiene geolocalización. Pero hay entornos que facilitan el contacto con la intimidad personal y que abren paso a un flujo más ordenado de los pensamientos. Días atrás me senté en un pequeño escondite del Báltico, donde no había otras presencias, cerca de un pueblo llamado Mersrãgs, en ese país de hadas que conocemos como Letonia, o Latvia.

La brisa marina es terapéutica. Tanto como la sopa de col avinagrada con tocino y papas que me sirvo un rato después de ese momento sublime, de vuelta al pequeño refugio en esa campiña de mantos verdes, sólo interrumpida por ríos, estanques y lagos. El pan de centeno recién cortado, untado con un trozo de mantequilla, es el acompañamiento ideal. Una copa de pinot grigio hace el tercio perfecto. Las gaviotas son sustituidas por una cigüeña, altiva y escandalosa, que se apropia cada tarde del tejado más elevado.

Uno se enamora de los sitios casi sin darse cuenta. Hay lugares que se van impregnando en los sentidos con sutileza y en silencio, como germinan los grandes amores. Allí, entre los árboles y golpes breves de sol, encontré fecundidad para la inspiración. Me entregué, sin más, a la escritura. Me senté cada mañana en un muelle y permití que angustias, ansiedades y temores pasaran a un segundo plano. Y después seguí el recorrido hacia otros lugares en distintos puntos cardinales para volver, en casi todos, a sentarme siempre frente al mar, observar las barquitas y las gaviotas, confirmar que la paz se alberga en nuestras entrañas, viaja con uno, se divierte, sonríe y se burla, pero sobre todo me susurra que está ahí, como mi sombra, en gran medida como tributo a esa complicidad sin restricciones de esa mujer que te mueve, conmueve, inspira, alienta y abraza. Por eso estas líneas que comenzaban rindiendo honores al mar y a un país se transformaron en un discreto homenaje al amor, que tiene el mismo sabor, pero persistente, que esa sopa caliente.

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