Historia de amor con el Báltico


En Kuldîga, una pequeña ciudad letona cercana al Báltico, hay un pequeño y rudimentario museo llamada Izstâzu Zâle Museum (Museo de Otro Tiempo) en el que se exhiben fotografías y algunos objetos de la época en que Letonia formaba parte (involuntariamente) de la Unión Soviética. Fuera de algunos visitantes distraídos, el museo no es visitado por los letones. Ellos no quieren saber nada de ese amargo periodo comprendido entre 1941 y 1992, cuando su país fue invadido por soviéticos y nazis y finalmente anexado a la ya extinta (aunque Putin haga un esfuerzo considerable por revivirla) Unión Soviética.

Por eso aquí, aunque casi todos hablan ruso, nadie lo utiliza (con excepción de la inmensa minoría rusa que habita sobre todo en Riga, la capital). El letón, que ha resultado incomprensible a mis oídos por más esfuerzo que he hecho por pescar palabras e ideas, tiene orígenes germánicos y es la lengua de uso común en todo el país. Para entender mejor este rechazo es preciso visitar el Museo de la Ocupación en Riga, un pequeño recinto magníficamente curado en el que se relata esa larga, larguísima noche que vivieron los letones durante la mitad del siglo XX.

Todo eso quedó atrás. Aunque aquí habita muy poca gente (2 millones en total según el último censo), los letones son amables, sonrientes y muy orgullosos de su país. Tienen muchas razones para estarlo. Y hoy encontré en carne propia una de ellas: Kuldîga.

Es una ciudad pequeña y bien trazada, con múltiples referentes a los siglos XVII y XVIII. Su casco antiguo está conformado por casonas de madera y tejados rojos, plazas custodiadas por bellas iglesias ortodoxas, luteranas y católicas y decenas de parques encantadores. Todo es un ensamble armonioso con el río Aleksupîte y un majestuoso puente de ladrillo rojo, uno de las más grandes de su tipo en Europa. A unos metros de ahí caen las pequeñas pero muy anchas cascadas Ventas Rumba. Caminé brevemente por las calles. En un puentecito sobre uno de ríos que cruza la ciudad me encontré con dos candados cerrados, colgados de dos cadenas metálicas. Ahí hubo dos parejas que se hicieron juramentos de amor. Poco después, sentado en un café en la ribera del Aleksupîte, unos novios vestidos para la gran ocasión brindaban con champagne y se tomaban fotos. Todo esto me confirmó que estos vientos del norte soplan los ingredientes del amor. Suspiré. Y pedí una copa de vino para brindar por mi romance idílico con estas tierras del Báltico.

PD. Dice mi mujer que soy un hombre cursi. Hoy lo suscribo y lo confirmo.

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