La vuelta a la Toscana (con escala en Londres)


IMG_7993IMG_7897

Cualquier travesía que tenga a Londres como punto de partida tiene casi asegurado un sitio en el libro personal de memorias. Si estas son compartidas en familia, el viaje tiene un efecto emocional multiplicador.

Cuando en un solo día se inicia con un full english breakfast (huevos, salchichas, tocino, frijoles y champiñones) en el comedor del clásico The Ritz, se continúa con una exposición de Rubens en el cercano Royal Academy of Arts, después con la de Alexander McQueen (Savage Beauty) en el magnífico Victoria & Albert Museum, con un almuerzo reparador en su bellísimo patio, una caminata por los barrios de Knightsbridge y South Kensington, pausa para la hora del te en el mismo Ritz (reservación indispensable), curioseo por el siempre concurrido Covent Garden, cena en el restaurante indio Moti Mahal, para cerrar escuchando a Benedict Cumberbatch leer cartas (Letter Live) en el Freemason’s Hall, que me perdonen los neoyorquinos pero no queda lugar para la duda: se puede afirmar categóricamente que Londres es la capital del mundo.

A fin de cuentas, su célebre deficiencia gastronómica (sintetizada en verduras hervidas) se expresa ya en pretérito. Ese mosaico multicultural que la representa ha repercutido en sofisticación culinaria, con sabores que trascienden al del vinagre y los chícharos de los fish & chips. Versión masculina de París, en Londres el refinamiento está en las sutilezas, como participar en las serias discusiones de si la leche se añade antes o después al te, en los modos gentiles de saludar, apreciar, disculparse y agradecer. En Londres la precisión gana siempre la carrera a la prisa.

Pero Londres es sólo el pretexto, el punto de encuentro para iniciar este viaje de familia moderna: mi pareja, su hija universitaria y yo. Y creo que la mejor manera de despedirse de la capital inglesa es con una caminata por el Green Park (o por el Hyde Park, si hay más tiempo) y desembocar, si se quiere tener la experiencia monárquica, frente al Palacio de Buckingham. Entonces sí es buen momento para partir al aeropuerto de Heathrow.

LA LIGEREZA ROMANA

Llegamos de noche al aeropuerto Leonardo Da Vinci en Fiumicino. En el trayecto hacia el hotel recordamos, divertidos, los tragos de medianoche en el muy tradicional bar del hotel Ritz: un gin tonic soberbio en la atmósfera correcta. Salimos del estado de ensoñación cuando preguntamos al taxista sobre la vida en Roma. En italiano estruendoso, el hombre que había permanecido en silencio nos dice que aquí hasta las fuentes de la ciudad –todas- son obras de arte con miles de años de historia y nos comenta que para apenas comprender algo de Roma se requieren tres meses, mientras que en Florencia se necesita un solo día.

Tras serpentear las callejuelas de Roma llegamos al Hotel Edén, ubicado a un costado del Jardín Borguesi y en la cercanía de la Piazza di Spagna. Estamos hambrientos y el concierge, un romano elegante y simpático, al ver que queremos algo auténtico, no turístico, hace la recomendación correcta: Osteria di Pietro. Ya no estamos en Londres, por lo que nos consigue la reserva a las 10 PM. El sitio está atestado. Un mesero nos para en un pasillo y nos sirve vino a los tres, sin siquiera preguntar. Al sentarnos nos desfilan pastas y un risotto con frutos del mar que son detonadores de sonrisas y conversación. La hostería es pequeña, ruidosa y familiar. Vemos con curiosidad como les ponen los pasteles y las tartas completas a los comensales de otras mesas. A nosotros nos pone siete platos y nos recomienda comerlos todos. Elegimos uno de almendra, pero el mesero nos exige probar el tiramisú. Obsequio de la casa, dice. Igual que la botella de limoncello artesanal que me ofrece.

No importa que caiga la medianoche, es el momento de un espresso. Es imposible no beber cinco o seis tazas de café en Italia. Son los grandes amos del tostado y la elaboración precisa, que debe tomar no menos de 27 segundos y no más de 29. Aquí el café es cuestión de arte, como casi todo en Italia.

Al día siguiente tenemos reservadas visitas privadas (por unos 5 euros pagados con anticipación es posible eludir las filas kilométricas) al Vaticano por la mañana y al Coliseo y Foro Romano por la tarde. Para tomar energía iniciamos con la colazione en La Terrazza del Edén, con una vista sublime de la ciudad eterna. Cartógrafo frustrado, escudriño los trazos aparentemente desordenados del centro. A lo lejos miro la cúpula de la Basílica de San Pedro. Hacia allá nos dirigimos.

A las 9:30 en punto estamos ya dentro del Vaticano, guiados por Mario, un romano con buen español que nos detalla los datos fundamentales para apreciar mejor algo de la vastísima riqueza de los muchos museos que conforman la ciudad-Estado de la cristiandad. En uno de los jardines nos explica, con extraordinarias dotes narrativas, el contexto y los métodos usados de Michelangelo para pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. Uno aprecia estos detalles cuando se sumerge dentro de la capilla en cuestión, donde la lucha contra la marea de gente puede ser agobiante. Imposible no sentir acelerado el corazón al confrontarse con la sublime perfección del gran maestro renacentista.

Mención especial merece (aquí recuerdo de mi vocación cartográfica frustrada) la fascinante Sala de los Mapas, donde es posible apreciar el progreso sostenido en la diagramación de Europa y el mundo que los seres humanos fueron ganando, sobre todo a partir del Renacimiento. Se podrían invertir días enteros para recorrer las diversas salas de los museos del Vaticano, pero dos horas después ya estamos en la Plaza de San Pedro, enmarcada por la majestuosa Basílica homónima y los trazos de Bernini en todos los detalles circundantes. Aunque la fila es larga, en pocos minutos estamos ya dentro de la iglesia. Ahí, irremediablemente seductora, en uno de los altares laterales se encuentra la escultura de La Piedad, del propio Michelangelo, pero baste con decir que el templo tiene 45 altares y 11 capillas, donde se conjuntan trazos arquitectónicos de Rafael Sanzio y Bernini, y obras de arte de Giotto y Fra Angelico, entre muchos maestros más. El edificio, tal como es hoy, fue construido en el siglo XVI sobre la basílica iniciada por el emperador Constantino en el año 326, sobre la tumba del apóstol Pedro.

Nos ganamos la comida. Elegimos de común acuerdo una pizzería frente al Pantheon, única edificación que se mantiene intacta desde tiempos imperiales. Lo que es digno de admirarse es la cúpula del domo, perfectamente simétrica y translúcida. Con la barriga feliz, nos encaminamos a la cercana y barroca Piazza Navona, donde destacan las fuentes de Los Cuatro Ríos, del Moro y de Neptuno, todas de mármol resplandeciente.

EL DESCUBRIMIENTO GROTESCO

Es el mismo día y es una locura, pero a las 5:30 de la tarde ya estamos dentro del Coliseo, el monumento que por definición caracteriza a Roma en el mundo. No importan cuantas veces se haya contemplado la imagen de esta obra magna circular, quebrada por uno de sus flancos, sólo cuando ya se está dentro es posible viajar con realismo al pasado y dibujar las escenas brutales y sangrientas que se llevaban a cabo en ese circo.

Agotados, caminamos de cualquier manera por los foros de Octavio Augusto y de Trajano, para terminar los tres con los metidos en una tina con agua hirviente. Una vez más, el concierge nos envía al sitio correcto para cenar: Osteria di Tulio. Aún recuerdo las alcachofas que nos sirvieron de antipasto. Y chocamos los tres las copas de vino.

El día siguiente lo llevamos más tranquilo: una caminata por la Vía Crespo, curioseando tiendas de diseñadores locales, la Plaza de Vittorio Emanuele II, la Plaza del Campidoglio (trapezoidal, trazada completamente por Michelangelo), la Fontana de Trevi (no importa cuando se acuda, siempre está en restauración) y la Plaza de España, desde donde subimos al Jardín Borguesi. Alquilamos un triciclo al que subimos los tres para recorrer sus caminitos y monumentos. Es la mejor manera de hacerlo, para contemplar sus distintas escenografías y atrapar las vistas más impresionantes de Roma. Para mayor agasajo nos metemos a una terraza en la misma colina, desde donde contemplamos el atardecer acompañados de una copa de vino, un café y una variedad indescriptible de gelati.

Tercera noche en Roma y tercer acierto consecutivo del concierge de los lentes mágicos del Edén (para mostrarnos el punto adecuado en el mapa, se colocaba unos lentes encima de sus lentes). El turno es de la Trattoria di Monti, situada a una calle de Santa María Maggiore. Sólo me queda suspirar frente a los ravioles con gorgonzola y la ternera con salsa de limón que aparecieron, precisos, para mitigar el hambre.

Nuestra última mañana en Roma nos permite encontrarnos con una amiga en Ginger, un café moderno y céntrico donde los paninis y jugos frescos son de muy buena factura. Muy afortunado brunch para nuestra última (y fascinante) excursión romana: el Domus Aurea, el mítico palacio de Nerón. Si bien sus sucesores sepultaron casi todo su legado, el palacio reabrió recién sus puertas tras casi una década de restauración. Bajo una colina, transformada en parque público, yacen los restos de este palacio magnífico. Quizá el propio Nerón no lo vio finalizado del todo, pero Trajano aprovechó la construcción para erigir sus termas. Cuentan que ahí, siglos más tarde, los maestros renacentistas Michelangelo y Rafaello se tiraban por los huecos de las bóvedas para entretenerse y estudiar, por supuesto, los murales realizados en los primeros años de la era moderna, así como el estilo “grotesco“, que lejos de significar lo que hoy asumimos, en realidad se refiere al ambiente de gruta de las construcciones. Los recorridos deben hacerse en grupos muy pequeños, con cascos de seguridad.

LAS PUERTAS DEL PARAISO

En Florencia están cerradas las puertas del infierno. Es domingo de Pascua y nos debatimos entre acelerar el desayuno para participar en el Scoppio del Carro (Explosión del Carro) o darnos nuestro tiempo en el fantástico comedor del Hotel St Regis. La hija de mi mujer y yo, fanáticos de un desayuno relajado que se nos ha vuelto tradición, votamos por la segunda opción. Cosas de las fallas estadísticas de la democracia, gana mi mujer y salimos corriendo hacia la festividad con que culmina la Semana Santa en Florencia.

Dado que la explosión del carro se da en la Piazza del Duomo, frente a las puertas de la imponente Santa María di Fiore, intentamos ganarnos un lugar digno para contemplar la ceremonia. Sin embargo, lo mismo intentan centenas –o millares- de turistas al mismo tiempo, arremolinados con sus selfie sticks, adquiridos de manos de los vendedores ambulantes, migrantes que parecen vender únicamente este gadget y, si acaso, algunos paraguas. Tras algunos cánticos y desfile de personajes de edad madura vestidos conforme a la tradición renacentista florentina, finalmente estallan sucesivamente los cohetones colgados del carro alegórico, de tal manera que la plaza entera se cubre de humo y olor a pólvora.

Llegamos una noche antes, conduciendo desde Roma, apenas a tiempo para darnos el placer epicureo de cenar en el Winter Garden by Caino, el restaurante con una estrella Michelin del Hotel St Regis, privilegiadamente ubicado en la Piazza Ognicsanti. El filete con hongos y salsa de trufa blanca de verdad ameritaba la visita.

Florencia es una de las ciudades más bellas del mundo. Por más que suene a verdad de perogrullo, la perla de la Toscana es arquitectónicamente avasalladora, con esos trazos de plazas, jardines, edificios, iglesias y museos. Así que nos ponemos en marcha rumbo a los Giardini di Boboli, del otro lado del río Arno. Los jardines, construidos como parte del Palacio Pitti, albergue principal de los Médici, duques y señores de la Toscana, fueron trazados en el siglo XVI por Eleonora de Toledo, esposa de Cósimo I de Médici. Estatuas, fuentes, obeliscos, campos de flores, anfiteatros y esculturas desfilan interminablemente por sus 45,000 metros cuadrados. Aquí seguimos los designios de la hija de mi mujer, quien elige los caminos más estrechos y menos concurridos para explorarlos.

Lo sensato, después de esta visita, es acudir al Palacio Vecchio, en la Plaza de la Señoría, residencia de los Médici antes de su mudanza al Pitti. En la fachada principal destaca la torre, emblema florentino. Originalmente, a las afueras estaba expuesto el David, de Michelangelo (su lugar lo ocupa hoy una réplica, ya que el original se encuentra en La Academia).

Para entender mínimamente la dimensión del Renacimiento es fundamental visitar ambos palacios. Pero la gran colección de arte se encuentra en la Galería Uffizi, a unos pasos del Palacio Vecchio. Dado que los pies ya no funcionan, este museo es nuestro punto de partida del día siguiente. Sala a sala, ahí está el gran cuadro sinóptico de la historia del arte universal, con frescos y esculturas de Da Vinci, Rafael, Michelangelo, Giotto, Boticelli, Caravaggio, Fra Angelico y múltiples etcéteras, colección familiar de los Médici complementada con obras de Goya, Velázquez, Rembrandt, Rubens y Van Dyck.

En un descuido se puede pasar uno el día entero ahí dentro. Pero el apetito se impone y el incentivo es una reserva en la tratoría 13 Gobi, pequeña joya de cálida atmósfera Toscana cercana a la Plaza Ognicsanti donde las mujeres y yo estamos dispuestos a sumergirnos –muertos de hambre- en las especialidades de la casa: prosciutto añejado, sopa de fagioli e pasta, pasta con tomates frescos y bistecca alla Fiorentina, esta última una muy generosa porción de carne de res en sus jugos. Si no fuera por la timidez de ellas, todos nos hubiésemos parado a aplaudir.

Las puertas del infierno estuvieron cerradas, en efecto, porque el Bautisterio de Santa María di Fiore estaba en restauración. Aunque era el mismo caso con las puertas del paraíso, estas últimos las encontramos abiertas en cada metro cuadrado de esta ciudad.

MOLTO PARTICULARE

Apenas salimos de Florencia ya estábamos en el bello Valle de Chianti con sus colinas verdes rebosantes de vides y olivos. Conducir por ese paraíso vinícola se vuelve parte de la experiencia toscana, donde se entiende mejor que en cualquier otra geografía italiana el concepto de la dolce vita.

Llegamos a San Gimignano con el alma alegre. Si bien el estacionamiento es un bien escaso, tras algunas vueltas logramos acomodar el auto y caminar por las calles medievales de este pueblo amurallado, ubicado en una colina y que conserva, intactas, una decena de torres del siglo XIII. Ahí, en un café, nos corresponde acopiar imágenes y anécdotas de los días anteriores. Como el de la chica siciliana en Roma, quien vistió a ambas mujeres una y otra vez, con outfits completos, vendiendo cada prenda como molto particulare (frase italiana para referirse a algo muy especial), con la cual nos llenó maletas y vació carteras. Como el de la mujer de la perfumería, que nos contó a detalle la historia del marido, cazador de aromas, y quien nos llenó de un mosaico insuperable de aromas a especias y hierbas, también bajo el grito de guerra de lo molto particulare.

Una y otra vez la frase se convierte en nuestro leitmotiv. Ya sea para describir mi ensalada de idiomas tan poco efectivas (“arigato“ es japonés, que no italiano) o la obsesión de la hija de mi mujer por cumplir sin escrúpulos con una agenda rigurosa pese a estar de vacaciones, ese molto particulare se incorporó a nuestro vocabulario toscano.

Tras pasar la noche en un hotelito campirano rústico (Casolare La Terre Rosse) nos subimos temprano al auto para seguir hacia Siena. Luego de ser recibidos con cafés, panes y nueces en el Hotel Grand Continental –un lugar maravilloso parecido al Gran Hotel Budapest de Wes Anderson, en donde se aloja Daniel Craig cuando visita la región-, nos lanzamos a explorar.

Toda Siena es caminable. Como Florencia, merece admirarse con pausas. Así lo hacemos en la plaza central, llamada Piazza Campo, cuya plancha central es un poliedro de trazos simétricos. Nos sentamos, helado en mano, a observar a la gente, para proseguir hacia la Piazza del Duomo, dominada por la catedral de Siena, cuya fachada gótica es una verdadera obra de arte. Es posible subir al campanario, desde donde se observa Siena y sus colinas hacia los cuatro puntos cardinales, así como subir a la llamada Puerta del Cielo, en las bóvedas estrelladas para caminar literalmente sobre el templo, con vistas al interior gótico de la iglesia desde ángulos distintos.

Entusiasmados, seguimos la caminata hasta la que fuera casa de Santa Catalina de Siena, para después bajar a Fontebranda y subir por unas escalinatas casi eternas hacia el templo de San Doménico, del siglo XIII, cuyo interior es destacadamente austero. Nuestro regalo nocturno es una cena memorable en Sapordivino, en el Gran Continental, donde el chef Luca nos atiende personalmente y, en mi caso, me aventuro a comer uno de los platos típicos de la región: tripa a la toscana, con sofrito de cebolla, zanahoria, apio y jitomate, retocada con aceite de oliva y queso parmesano.

FINALE FELICE

No hubo manera de llegar a tiempo a Le Logge del Vignoli, hostería del chef Massimo, en el corazón de Montepulciano. La caminata matutina por Siena y un pequeño extravío nos hacen llegar tarde y el restaurante ya está cerrado. Único contratiempo del viaje, que compensamos al entrar en un café neoclásico en el que nos atienden a nosotros solos, donde hay una terraza con vista privilegiada al valle de Orcia, región mágica de grandes vinos.

Tras caminar un rato por las calles de este pueblo toscano, ubicado igualmente sobre una colina, nos dirigimos a nuestro premio final: tratamientos de spa en aguas termales a 50 grados en el Adler Thermae. La sorpresa es festiva: no sólo nos sometemos los tres a masajes personalizados que agradecen nuestras piernas averiadas, sino que cenamos de primera en un gran comedor concurrido, bullicioso y alegre. Es la incomparable Toscana, región que no sólo congrega a los hedonistas de la buena comida y el buen vino, sino que se enmarca en valles y colinas verdes llenas de campos de vides, olivos y pinos de almendras, recinto de gente sonriente, alegre y amable que disfruta la cotidianidad, en medio de aromas y sabores a aceite de oliva, vinos nobles, quesos pecorinos curados con hierbas y especies, salamis con pimienta, tomates frescos, geranios, lavanda y miel de colmena.

Al día siguiente ni los controladores aéreos franceses lograron deternos. Si bien salimos con retraso desde Roma, apenas llegamos a Londres logramos tomar, con apretada precisión, los trenes a Paddington y Bath, respectivamente. Llegaba el momento de dejar a la hija de mi mujer en la Universidad de Bath Spa. Y a obsequiarnos los tres un último día de viaje juntos, luego de descansar. Para ubicarnos en el contexto inglés, de nueva cuenta, iniciamos con un desayuno generoso en el simpático Same Same But Different. Después de recorrer juntos el campus universitario volvimos al centro de la ciudad. Ahí, frente a la imponente abadía de fachada barroca, recorrimos los baños romanos, un conjunto de termas comenzada tras la invasión de los romanos por el año 60 d.C, tras erigir ahí mismo un templo a Minerva. Dado que la ciudad está al centro de dos brazos del río Avon y concentra muchas aguas termales subterráneas, era natural que los romanos desarrollaran justo ahí esa imponente infraestructura.

Tras comernos unos pasties (ojo Pachuca) en la misma plaza central de Bath, caminar por los conjuntos arquitectónicos majestuosos de The Circus y The Royal Crescent, edificios históricos construidos en medios círculos, nos sentamos en Bea’s Vintage Tea Room, un salón de te muy pintoresco en el que degustamos un gran Earl Grey acompañado de scones con clotted cream. En la mesa vecina se sentaron cuatro mujeres, inmensas todas ellas, vestidas como si vivieran dentro de Downton Abbey, como para regalarnos una postal final de un viaje inolvidable.

IMG_7747IMG_8175

(Crónica publicada en la edición julio/agosto de National Geographic Traveler Latinoamérica)

Un comentario sobre “La vuelta a la Toscana (con escala en Londres)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s