El final de la decencia


Ocurre de pronto que la decencia se ha convertido en un material radioactivo. Honorabilidad, respeto, valor de la palabra, honestidad, ética y otros valores que cultivamos para establecer vínculos y relaciones humanas, en muchos lugares de este país parecen haberse convertido en armas nucleares.

No se trata de pregonar virtudes, porque suele hablarse de ellas cuando subyace su carencia, sino de asumir que hay quienes simplemente las cancelan por estorbar a otros fines. En apariencia, pues, suele triunfar la gran farsa, esa que, si no se procesa con la sincronía de la cabeza, el corazón y el estómago, puede hundir en la tristeza, en el vacío y en la carencia de sentido. Pero como bien anota Gilles Lipovetsky en La era del vacío, “no es cierto que estemos sometidos a una carencia de sentido, a una deslegitimación total; en la era posmoderna perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho de realizarse, de ser libre en la medida en que las técnicas de control social despliegan dispositivos cada vez más sofisticados y “humanos”.

Entonces sí, de nueva cuenta, ni los abusos de poder, arbitrariedades, traiciones, conspiraciones y otros recursos truculentos pueden imponerse, porque la decencia y el honor se vuelven el sustento de la libertad, esa que descansa sobre un estado de paz mental.

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