Velitas apagadas


Puntual y religiosamente iniciaba sus mañanas recorriendo el tablero de noticias de Facebook para ver quién cumplía años ese día. Sin importarle si conocía o no a los festejados, mandaba una cálida felicitación. A fin de cuentas había invertido muchos años en crear una red de millares de amigos en la red social. Le parecía de elemental cortesía escribir unas líneas deseando dicha y salud a todos aquellos transeúntes de su muro virtual.
Pero hubo un día que, por más que buscó, nadie cumplía años. Triste, tras la infructuosa búsqueda, con la rutina quebrada, salió finalmente de casa. Se compró un pastel de chocolate de tamaño generoso. Volvió, encendió las velas, musitó Las Mañanitas, sopló y se cortó un pedazo. Era su propio cumpleaños. Y había que festejarlo.
Miró la pantalla de su computadora. Volvió a recorrer el tablero de noticias. No había novedades. Canceló su cuenta de Facebook, se sirvió un segundo trozo de pastel y suspiró.

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