El día que conocí a Peter Gabriel


Screen Shot 2015-04-30 at 1.53.37 PMScreen Shot 2015-04-30 at 1.54.38 PMScreen Shot 2015-04-30 at 1.54.59 PM

Hay un viejo chiste sobre el Popochas. Hago el cuento breve: estereotipo del mexicanito insignificante, el Popochas lleva al extremo del arte la odisea de saber estar en el momento adecuado con la gente adecuada. Así, el Popochas figura siempre en instantáneas al lado de famosos, de celebridades reconocibles por todos en cualquier lugar del mundo. Hay un día en que aparece en aquel balcón del Vaticano donde el Papa se dirige a los fieles conglomerados en la Plaza de San Pedro. La gente entonces cuchichea: “¿Quién es ese tipo del gorrito que da bendiciones al lado del Popochas?”.

Yo, a diferencia del Popochas, no soy famoso. Pero, fiel a su enseñanza, he sabido encontrarme en el momento adecuado y en la circunstancia precisa para arrebatarle alegría a la vida. Así fue como conocí a Peter Gabriel.

Don’t give up

“En esta tierra orgullosa crecimos fuertes y fuimos siempre queridos. Me enseñaron a luchar, me enseñaron a ganar; jamás pensé que podía fracasar. No abandoné la lucha o así parece. Soy un hombre que ha desertado de todos sus sueños. Me cambié la cara, me cambié el nombre, pero nadie te quiere cuando pierdes (…)”.

Tras esas primeras estrofas de “Don’t give up”, de Peter Gabriel, continuaba la voz ideosincrática soprano de Kate Bush, susurrando a Mr. Gabriel que no se diera por vencido, que aún le quedaban los amigos, que todavía no estaba derrotado (más adelante escucharía esta canción en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México con el terciopelo angelical irlandés de Sinead O’Connor).

Así, señoras y señores, con la sabiduría de la simpleza y la compañía de unos acordes monumentales, es que se escriben los himnos. Para un hombre como yo, de frecuente coqueteo y ataques de pánico con la idea del fracaso, esta canción se volvió de inmediato un grito de guerra. Eran mediados de los 80 y yo leía como energúmeno, faltaba menos, todas las novelas de Milan Kundera durante el día; por la mañana y por la noche, cantaba esta rola. Lo único que hacía era cambiar la voz de la Bush por la de cualquier obsesión amorosa que desfilara como posibilidad frente a los gallineros de la Ibero. La vida era perfecta.

Ya para entonces el músico británico había hecho la música de la película de Birdy (Alas de Libertad, le llamaron por acá), de Alan Parker. Hay una escena en la que Matthew Modine está tumbado boca arriba, desnudo, abrazándose a sí mismo, mientras le sobrevuela una parvada. La narrativa es sublime: “In my dreams nothing hold me down. Everything is out and away. There’s nothing in my life to keep me here anymore. I wish I could die and be born again as a bird (…)”. Ahí entran los acordes angustiosos, dramáticos, de Peter Gabriel, en crescendo, mientras Birdy comienza a volar.

Esa escena danza en mi memoria como un continuo, pero perdería parte de su fuerza sin la música del gran maestro.

Es como The Lamb Lies Down in Broadway. No creo que haya un disco en la historia de la música más cinematográfico que ese larga duración de Genesis. Es la gran obra maestra de Peter Brian Gabriel, entonces agrupado con Phil Collins, Tony Banks, Mike Rutherford y Steve Hackett, sus compañeros de la secundaria Charterhouse, de la región de Surrey, en el Reino Unido. Era 1974 y estos individuos habían alcanzado la máxima cúspide del rock progresivo. Yo era un niño, entonces (de veras), por lo que descubrí esto años después, en los 80.

Entonces lo progresivo fue mi pasión, fervor, amor y veneración a este músico.

Solsbury Hill

Si, tras su salida de Genesis, Peter Gabriel escribió esta canción sobre una experiencia espiritual en la cima de Solsbury Hill, situada en la bellísima región de Somerset, a mí me llegaría el momento religioso en la montaña mágica de Davos, en Suiza.

Era 2001. Yo era entonces el editor en jefe de una conocida revista de negocios en México. Comenzaba mi momento Popochas tras recibir una invitación del World Economic Forum para asistir como Young Global Leader y Media Leader al gran sanedrín del poder, a la capital de la nomenclatura del statu quo, en la que, con paisaje nevado como telón de fondo, se codeaban los grandes capitanes de empresa, presidentes de países, gurús de la economía y la ciencia, pensadores y algunos artistas de renombre.

Al llegar al centro de congresos de Davos me entregaron un librito de 400 páginas con el directorio de los participantes. En la letra G del índice encontré el punto climático: Gabriel, Peter. Musician. UK. Tengo que hacer una confesión aquí: al leerlo me persigné. Fue la primera vez que lo hice desde que era un adolescente distraído en un colegio benedictino. Ahí estaba el rey de reyes.

Era mi momento. Aproveché el sofisticadísimo sistema de mensajes en las pantallas del recinto, por medio del cual uno podía enviar algunas líneas a cualquiera de los participantes del foro. No recuerdo exactamente qué le escribí, pero me presenté como un joven mexicano cuya vida había sido transformada a través de su música y le solicité una brevísima audiencia. Por gajes del oficio, tuve que hacer muchas entrevistas durante el día. Entre una y otra corría a alguna de las pantallas buscando la respuesta. Al final de la tarde, Peter Gabriel me había respondido: “I will be honoured to meet you. Tomorrow 10:30 AM at the coffee station in the main hall”.

“Un águila cruzó la noche. Algo para observar. Se acercó, oí una voz. Los nervios se tensaron y tuve que escuchar. No había opción. No creí lo que me decía. Tuve que confiar en la imaginación, mientras mi corazón hacía bum bum bum. Hijo, me dijo, toma tus cosas que he venido a llevarte a casa”.

Bum bum bum toda la noche. Davos se convirtió en mi Solsbury Hill.

Mother of violence

Peter Gabriel se sentó frente al piano. Su hija Melanie tomó el micrófono. Era el Foro Sol capitalino. Ella cantó y todos callamos: “It’s getting hard to believe, to believe in anything at all, but fear”.

Peter y Melanie. Padre e hija. Antes, él había escrito la magistral “Father, son”, dedicada a su padre. Y también “Blood of Eden”, la más bella canción de amor jamás escrita. Y yo le canté a mi hija, a mi hijo, a mi padre, a mi madre, a mi pareja. Había sido el gran impulsor de Womad y del sello discográfico Real World, con el que impulsaba a músicos africanos y asiáticos. Gracias a él conocí al senegalés Yossou N’Dour, al congolés Papa Wemba, a los argelinos Abdelli y Abdel Ali Slimani, a la india Susheela Raman y, por supuesto, al grandioso pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan.

Llegué 20 minutos antes de lo acordado al café. Me tomé cuatro cafés antes de que acudiera, puntualísimo, Peter Gabriel al encuentro. Los momentos en que el ritmo cardíaco aumenta a niveles casi aniquilantes, los recuerdos sólo dejan entrever imágenes y aromas. Se borran los sonidos. Apenas queda el barullo de los ríos de gente que camina por la sala, el choque de las tazas, los beeps de los arcos detectores de metales. Por eso no me acuerdo que fue lo que le dije a Mr. Gabriel.

Estoy cierto que le declaré mi fervor, le mencioné siete u ocho canciones, le conté que lo había visto en México al lado de Sinead, de Tony Levin, de David Rhodes y de Shankar, que lloré como un niño, que admiraba su apoyo incondicional a Amnistía Internacional. En fin, algo por ahí. Seguramente ni siquiera lo dejé hablar, porque no recuerdo el final de la escena. Creo que yo seguí hablando y él ya había huido. Fui como una tierna adolescente que tiene la oportunidad de darle un beso a Justin Bieber.

Big Time

I’m on my way, I’m making it

Uno nunca olvida los primeros amores. Los siguientes dos años esperé con inquietud el invierno para tomar el vuelo de México a París, conectar hacia Zurich y tomar el tren a Davos con la esperanza de volver a estrechar la mano de Peter Gabriel. Durante el resto del año tarareaba “Biko”, “Steam”, “Red rain”, “Digging in the dirt”, “Mercy street”, “Secret world”, “Come talk to me”, “Sledgehammer”, “In your eyes” (tantas veces “In your eyes”, el punto G de su disco So). En ambas ocasiones llegué ansioso a leer el directorio y no, no había nadie con el nombre Peter Gabriel. En su lugar, ahora era Bono, el payaso irlandés del sombrero y las gafas oscuras. Era como si uno hubiese hecho una cita para cenar con Juliette Binoche y en su lugar apareciera Dolly Parton.

En el otoño de 2004, sin embargo, me cambió la vida. Junto con mi invitación al Foro Económico Mundial, llegó un correo de uno de los organizadores que decía lo siguiente: “Por petición del señor Peter Gabriel, queremos pedirle que nos acompañe como moderador de la sesión de Arte y Cultura en la que él participará. Agradecemos su confirmación para enviarle detalles sobre la misma”.

Bum bum bum, otra vez. Leí cinco veces el mensaje y respondí con un tímido “será un honor moderar la sesión”, dudoso de si se trataba de una broma de alguno de mis colegas.

La sesión fue durante un almuerzo. Presenté a los ponentes: Zainab Salbi, autora y activista social iraquí-americana; Michael Douglas, actor estadounidense; su majestad Haakon, príncipe de Noruega; Peter Gabriel, músico británico. El debate fue suave y fluido, sin mayores contratiempos. Al final de la sesión se acercó Rania, la reina de Jordania, a saludar a quienes estábamos en la mesa. Sentado, (casi) a la derecha del padre, estaba yo ahí, periodista mexicano y el hombre más feliz del mundo.

Me pareció escuchar que alguien de la audiencia preguntaba: ¿Quiénes son todos esos que están sentados al lado del Popochas?

(Publicado en SoHo México, Mayo 2015)

5 comentarios sobre “El día que conocí a Peter Gabriel

  1. Genial. Me ha divertido bastante esa singular experiencia al lado de Peter Gabriel. Debido a que la acepción del término Popochas no está tan difundida, creo que pocos fuera del país la conoceran; no obstante que su uso nos resulte hasta de cierta familiaridad a los mexicanos, sobretodo lo era más, algunos años atrás en localidades pequeñas.
    Saludos cordiales.

  2. Hola, me gustó tu crónica… sobre todo que no escribes NADA de lo que dijo Peter ja ja ja pero pues estar al lado de un personaje así ha de ser algo abrumador je je je Peter es junto con David Bowie mis artistas individuales favoritos… y no digo músicos… porque ha sido esa su faceta más destacada, pero son algo más… son verdaderos artistas… muy completos… UNICOS… encontré por accidente tu blog, pero le echaré una ojeada… a alguien quien le guste Genesis y PG debe escribir algo interesante 🙂 un abrazo!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s