Profanadores del lenguaje


  • ¿Te cae?
  • Neta, wey, está chidísimo
  • ¡No manches! De veras está de pelos.
  • Súper cañón, wey.
  • Me cae que sí está de lo más cañón.
  • De poca mauser, netísima.
  • I-n-c-r-e-í-b-l-e y m-a-m-o-n-s-é-r-r-i-m-o.
  • Cañón, cañón, cañón..
  • (…)
  • (la charla sigue al infinito en la misma tesitura)

Esta es una conversación real. Fue incomprensible saber de qué carajos hablaban esas dos personas. Yo tuve un ataque de pánico y salí corriendo en busca de alguien cercano con quien pudiera establecer una conversación en español, asustado de haber testificado la larguísima perorata de enunciados con palabras ficticias que esa parejita acuñó para expresar entusiasmo.

En realidad creo que me quedo corto por deficiencias en mi memoria. Pero el intercambio me llevó a pensar, durante muchos días, en lamentable situación educativa de México, donde sin distingo de raza, credo, color, sexo ni condición social, varias generaciones tienen una creciente e incurable adicción a profanar el idioma de Cervantes, tan vasto y hermoso. Es como si las palabras fueran un torpe desfile de semántica y sintaxis, insuficiente para transmitir el mensaje.

Esta parejita, como miles más, entiende por regla gramatical todo símbolo que tenga virtud de emoticón. Si acaso escriben, intercambian las palabras por 🙂 😦 ¨Ç¨carita triste-carita feliz-carita extasiada-carita lacrimosa sin tregua y sin miramientos. ¿Para qué juntar letras si existen estos muñequitos y signos que ahorran tiempo significativa para la expresión escrita? Trasladada la pereza al intercambio oral, la verborrea incesante de términos repetidos en secuencias imparables (les invito a encontrar personajes como estos y contarles las veces que repiten “no manches” y “está cañón” en una misma frase) sólo confirma la escasa esperanza que tiene este de por sí vilipendiado país, atosigado por presidentes que han leído apenas algunos fragmentos bíblicos y tandas de Elbas Estheres Gordillos ocupadas(os) en la venta de plazas magisteriales y evasión de todo tipo de exámenes pedagógicos que le suban un poco, un poquito nada más, el nivel académico a quienes tienen enfrente a niños y jóvenes en un aula.

Estas líneas no tienen la misión ingenua de solicitar a la gente que lea, así sean reediciones de Corín Tellado o el libro infinito de Paulo Coehlo. No. Sería como caer en la inocencia de pedir a Radio UNAM que contrate a Carmen Aristegui o que los reporteros del Reforma lean El País antes de escribir sus notas. Esta perorata no es más que una pequeña rabieta, un desahogo inútil, para exigir a todos esos profanadores del lenguaje (por lo menos a quienes portan un título universitario) que si no están dispuestos a hacer un esfuerzo por emitir frases con palabras correctas en español, mejor se callen. Porque por estos rumbos hemos llegado a los extremos ridículos de disfrazar incluso las malas palabras con términos absurdos. No, señores y señoritas, no está cañón: está cabrón que hablen así. Y no, no manchen, más bien dejen de mamar.

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3 comentarios sobre “Profanadores del lenguaje

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