El dinero mejor invertido


Aquel día las puertas del infierno estuvieron cerradas en Florencia. Era domingo de Pascua, y la plaza del Duomo, custodiada por Santa María del Fiore (creo que es la catedral más bella del planeta), se llenó de peregrinos. Se llevaría a cabo la explosión del carro alegórico, tradición florentina viva desde otros tiempos, en que esta ciudad decidió ser la guardiana del arte renacentista. Ahí, el Baptisterio de San Giovanni, en restauración, dejaba ver la puerta del paraíso y, simbólicamente, tocarla. En cambio, la puerta del infierno, cerrada y oculta tras andamios, fue la feliz ausente.
El dinero mejor invertido es en las memorias personales y compartidas, ese que permite peregrinar por el mundo y llenar pupilas y corazones de imágenes que se vuelven imborrables, ese que permite cultivar anécdotas con gente de otras geografías y visiones del mundo, ese que permite sentarse en otras mesas, desear salud en otros idiomas y gratificar el alma con recuerdos.
Estas líneas son apenas anticipo del caudal de experiencias vividas en unos cuantos días de pausa.

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