Reflexiones sobre una gota


No es una gota de agua. Ni de miel. Ni de leche. Se trata más bien de la manifestación de una mundana, primitiva, precaria y lamentable enfermedad, que provoca un dolor punzante y agudo en el dedo gordo del pie. Y miren que, en mi caso, el dedo gordo del pie tiene ya de por sí el tamaño de la cabeza de una tortuga, por lo que esta penuria alcanza dimensiones paquidérmicas.

El primer ataque lo tuve hace 9 años, cuando me autoregalé de cumpleaños una pata completa de jabugo. Combinadas la pereza y la inexperiencia del corte en láminas, durante varios días devoré trozos de jabugo cual si fueran steaks de rib eye, maridados con buenos cabernet sauvignon. El efecto llegó justo cuando me senté en un vuelo con rumbo a Madrid. Castigo divino. Además de caminar por Madrid con mi pareja como bastón, tuve que soportar dos episodios brutalmente crueles: el dolor aniquilante en el dedo gordo y el dolor de ver desfilar en la capital española esos embutidos gloriosos que debí cambiar por arroces discretos y tortilla de patatas.

La enfermedad de los excesos, me dicen. Bursitis, nombre técnico. Gota, acepción popular. Pero la fantasía de equipararse con Enrique VIII -famoso doliente de este mal-, sin sus tantas esposas, por supuesto, tuvo un segundo estallido hace unos días, luego de comer como los dioses y beberme una botella de vino francés con un buen amigo: ahí estaba de vuelta el dedo gordo, con una colección de cristales de ácido úrico, parpadeando como cuchillos clavados de dentro hacia fuera.

Esta historia no tiene muchas conclusiones, más allá de que durante muchos años, gracias a la constancia de la yoga en un cuarto caliente, los excesos de carnes rojas y vinos tintos se compensaron adecuadamente. Ahora he tenido que recurrir a unas dosis químicas de Zyloprim y, por supuesto, recuperar el buen hábito de esa rutina infernal de hacer 26 posturas de Bikram yoga a 42 grados centígrados al menos tres veces a la semana, transformar el vino tinto en gin tonic, single malts o mezcales y espaciar la ingesta de jabugo, sin pensar demasiado ni en la edad ni en Enrique VIII. Es la única luz al final del tunel.

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