Confesiones de amores platónicos: Mi vida con Juliette Binoche


A estas alturas de la vida uno ya no puede ocultar ciertos episodios de su pasado. Tengo que admitir, pues, que durante mi juventud sateluca encontré el amor verdadero en la pantalla de alguno de los cines Cuevas y Godard, las únicas salas de arte de aquella región, desde entonces más parecida a Brownsville, Texas, que a la Ciudad de México. Yo tenía 21 años. La película era La insoportable levedad del ser, de Philip Kaufman, coprotagonizada por la sueca Lena Olin, el irlandés Daniel Day-Lewis y la francesa Juliette Binoche.

Juliette Binoche en el papel de Tereza, con su carita de mosca muerta, con esos ojos tristes que expresaban convocatoria al consuelo, me atrapó sin piedad. De por sí ya obsesionado en esos años por las novelas de Milan Kundera, la Binoche se volvió mi Tereza: la mujer a la que uno inevitablemente retorna. Así, en medio de las breves y sucesivas novias de juventud, para mí nadie alcanzaba la estatura de la actriz francesa, que cuando protagonizó esa película tendría unos 23 años.

Pronto vino Los Amantes de Point-Neuf, de Leos Carax, donde de inmediato sublimé los idílicos paisajes parisinos y los convertí en mis sueños húmedos más recurrentes. Luego llegó Damage, de Louis Malle, un thriller sexual en el que terminé aborreciendo a Jeremy Irons, un viejo con el que no había ninguna posibilidad de competir, quien se disputaba el cuerpo de mi francesa nada menos que con su propio hijo. Juré nunca más ver una película donde actuara el inglés.

Poco después, para alborotarme las hormonas de un modo incurable y perdonarle esa lujuria lacerante perpetrada con el señor Irons, la francesita del pelo negro y la piel pálida, que para ese momento había ganado reconocimiento internacional, rechazó la oferta de Steven Spielberg de participar en Parque Jurásico y, en cambio, protagonizó Azul, la primera parte de la trilogía del aclamadísimo director polaco Krzysztof Kieslowski. Los símbolos son importantes: mandar a la mierda al director prototípico de Hollywood para mantener congruencia artística merecía una ovación escandalosa por parte de mi corazón, que para entonces ya le pertenecía irremediablemente a la actriz francesa. El primer flechazo, ocurrido unos cuantos años atrás, se convertía en amor del bueno, de ese que echaba raíces y auguraba permanencia. Era ya 1993. Y aunque para entonces ya había cometido la imprudencia de casarme e incluso de ser padre, para mí el significado de VHS era la continua repetición de La insoportable levedad del ser y de Azul. Pronto se sumarían El Paciente Inglés, de Anthony Mingella, con la que ganaría un Oscar a mejor actriz de reparto, y Chocolat, la comedia romántica de Lasse Hallstrôm, con la que empecé a tener alucinaciones. Era ya el año 2000 y ambos transitábamos la mitad de nuestros treintas, pero yo sólo soñaba con añadir nuevas escenas a la película, intercambiando el saborcito cursi por baños de chocolate compartidos en una tina. Carajo. El trastorno era tal que aún hoy me cuesta admitir que durante todos esos años Juliette Binoche fue el amor más constante y consistente. Que una relación platónica fuese así de poderosa y definitoria evidenciaba el tamaño de mi imbecilidad, pero a mí me daba lo mismo. ¿O acaso podía haber una mujer más completa que la Binoche?: actriz, bailarina, diseñadora, poeta y activista de derechos humanos. Ella no lo sabía siquiera, pero yo le balbuceaba con frecuencia palabras de amor en un limitadísimo francés.

Dos de los momentos más épicos en mi intensa relación con Juliette fueron cuando compré boletos de avión, y de teatro, sólo para verla primero en Londres y después en Nueva York en Naked, de Luigi Pirandello, y Betrayal, de Harold Pinter, respectivamente. El segundo caso representó la máxima cercanía que tuve con ella: estuve sentado en tercera fila, luego de una propina de $150 dólares al concierge del hotel.

Tan cerca y tan lejos, la historia de mi vida. Aquellas salas, tan emblemáticos de mi adolescencia, muy pronto dejaron atrás el cine de arte para convertirse en la meca de las películas porno; el VHS se volvió obsoleto de inmediato y dio paso al DVD, que también se hizo obsoleto de inmediato; fallé a mi juramento y he visto muchas películas con Jeremy Irons en el reparto; mientras que en este mismo año la Binoche, aquella que desairó a Spielberg, me tiró un gancho al hígado al aparecer como actriz de segunda categoría en la versión número enemil de Godzilla. Carajo, Juliette, ambos nos hicimos viejos, pero a tus muy bien puestos 50 años era absolutamente innecesario que te vendieras a un monstruo japonés. Sí, lo triste de esta larga relación es que, contra todos los pronósticos que me hice, creo que mi historia de amor no tendrá quizá un final feliz.

(Publicado en SoHo México, enero 2015, sohomexico.com)

Un comentario sobre “Confesiones de amores platónicos: Mi vida con Juliette Binoche

  1. Comparto mucho de tu relato, la zona de Satélite, los cines de arte y ese amor platónico por JB… sin que parezca un trío amoroso… pasó por mi mente ella en todas las películas que haces referencia… aunque no llegué a quererla tanto como tú… y sin que me rompiera el corazón… simplemente fue otra musa de mi juventud…

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