Las palabras que surgen de la tierra (el lenguaje de los valles centrales de Oaxaca)


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En los Valles Centrales de Oaxaca la tierra es fértil sólo si algún arroyuelo sobrevive los tiempos de sequía. Aquí es invierno, pero el sol sí es fértil y pone al día en 28 grados centígrados. Aquí, aunque los partidos políticos se han metido a (mal) gobernar, impera la ley de los usos y costumbres. Y se mantienen intocadas, desde hace centenas de años, varias tradiciones.

La mejor manera de conocer los sitios es caminándolos. O, si se tiene el privilegio de subir a una bici, con un lugareño de guía, la experiencia se puede transformar en sublime. Así nos ha ocurrido: bajo la batuta de los dos Pablos (Morales y Rendón), de San Jerónimo Tlacochahuaya (buscar mibicioaxaca en facebook), mi pareja y yo hemos logrado recorrer en un par de días distintos unos 62 kilómetros en una travesía de esas que te cimbran el corazón y enaltecen el espíritu.

En el primer día, pedaleamos de Tlacochahuaya hacia las ruinas de Dainzú, reminiscencia discreta del esplendor zapoteca en estos valles color ocre. De ahí partimos hacia el limpísimo pueblo de Teotitlán del Valle, en los pies de la Sierra Norte, donde Josefina nos abre su casa para mostrarnos su huerto orgánico, compartirnos unas memelas, quesadillas y atole de chocolate, para después hacernos una demostración de su extraordinaria tradición: la obtención de tintas naturales y el manejo del telar de lana que, combinados, se transforman en tapetes de belleza incomparable. Es domingo, y desde ahí tomamos una vereda de tierra custodiada por agaves silvestres, hasta bajar hacia Tlacolula de Matamoros, en donde es día de plaza y, por tanto, las calles son un tianguis interminable donde es posible encontrar todo lo que puede poblar la imaginación. El mercado de Tlacolula merece una visita pausada, con los ojos bien abiertos, para intentar capturar aunque sea una pizca del encuentro de tantos pueblos que acuden a vender y a comprar animales, frutas, verduras, ornamentos, piedras, artículos para el hogar, hierbas medicinales, mientras comparten una tlayuda con tasajo, un pan de yema y un chocolate caliente.

En el segundo día tomamos hacia el otro lado, el menos explorado y popular, que sólo es posible gracias a la pericia y generosidad de los dos Pablos, quienes van abriendo los ojos de una pareja capitalina a los sembradíos de ajo, alfalfa, habas, chícharos, garbanzos y chiles de agua. Los caminos son de terracería, o brechitas custodiadas por cactus, mazorcas ya cosechadas, magueyes y helechos. Nuestra primera parada es en Rojas de Cuauhtémoc, donde Elisa vende a granel la leche que producen sus vacas y elabora quesos frescos y quesillo. Nos muestra el proceso, orgullosa del sabor y la calidad que logra. Y de ahí seguimos hacia San Sebastián Teitipac, en la ladera de los montes que separan los valles de la capital oaxaqueña, donde el agua es el bien más escaso, pero donde Zacarías hace hablar a las piedras con su cincel y su martillo, hasta convertir las pesadas losas en molcajetes, metates, bases de lámparas y todo tipo de adornos bajo diseño y encargo. Es duro su trabajo, sentado en un tronquito de sol a sol. En las cercanías, enclavada entre las montañas, los Pablos nos llevan a descubrir la Ex Hacienda de San Antonio, donde un hombre divinamente necio de Zaachila lleva doce años de trabajo ininterrumpido para rescatar las edificaciones, con la mayor fidelidad posible a lo que esto fue muchísimos años atrás, y su labor ya tiene un semblante digno de mención. Ahí, dicen, habrá un hotel, de esos que están en el medio de la nada, de los que albergan el silencio. De ahí bajamos hacia el valle nuevamente, pero ahora rumbo a San Juan Teitipac, un pueblo de mayor tamaño donde nos recibe Don Misael, el glorioso panadero que despierta todos los días a eso de las 4 AM a encender su horno de tierra y adobe, en donde elabora sus panes con ajonjolí y conchas, siguiendo la tradición que le enseñó su padre y que ahora él también traspasa a los hijos. Ahí mismo nos reciben con una deliciosa bacanal que incluye tasajo, chocolate, agua de avena, queso fresco, salsa molcajeteada, rajas de chile de agua, rábanos, pepinos y, por supuesto, panes recién salidos del horno. Todo ello nos da la energía para volver airosos a Tlacochahuaya, donde espera, leal, un mezcal madrecuixe, con sus naranjitas y sal de gusano con chile.

En sus silencios, los valles hablan y cantan las entonaciones agridulces inscritas en los ojos de sus habitantes. Generosos, orgullosos, valientes, viven los días como se presentan. Sonríen. Y en esas sonrisas se evaporan las últimas horas del 2014 y renacen las esperanzas del año que llega.

Oaxaca de mis amores. La tierra donde, no importa qué tantas decepciones comparta México, uno se viene aquí a reivindicar, a calentar el amor, a enamorarse otra vez, con nuestro país y su afanosa gente.

Josefina, la madre y la hija, y los telares de Teotitlán del ValleIMG_7123

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