De cómo Ingrid Bergman y Juliette Binoche me salvaron la vida


Ustedes disculparán, pero eso de tener una hoja en blanco enfrente es una convocatoria a usarla como diván o confesionario. Comienzo estas líneas con una declaratoria de obsesión juvenil: mi único recuerdo de cuarto de primaria es la Miss Angélica. Yo no sé bien a bien qué clases me daba entonces, pero tengo el mapa exacto de su pelo oscuro, sus ojos negros, su nariz respingada, su boca de circunferencia perfecta y unas piernas largas, casi eternas, que yo miraba obsesivamente mientras ella recorría el salón.

Según mis cuentas, yo tenía 10 años y, como puede interpretarse, expresaba alguna precocidad (nada extraño considerando que era el hijo primogénito de un hombre cuya colección de Playboy daba la vuelta al barrio). El tema importante: me enamoré. Día tras día la miraba sin tregua. Hacia el final del primer periodo del curso, a inicios de diciembre, aturdido por su sonrisa y su voz, víctima de la cursileria que desde entonces me acompañaba (acentuada por la edad), le escribí un poema. No recuerdo el texto, pero sí que era un poema de unas cuatro páginas en el que le propinaba todos los posibles adjetivos dulces, elogios y piropos, y le declaraba, agónico, mi amor. Y tengo la certeza de que culminaba con una petición de matrimonio.

Pasaron días que se volvieron eternos y ella no me dijo nada. Atribulado por el desamor, dejé de comer. Aunque en el invierno de mis 40s tengo un buen refractario de lípidos en el vientre, suficientes para afrontar cualquier enfermedad sin desintegrarme, en aquella época yo era muy flaco. Mis padres me llevaron al médico. Tras un par de semanas, yo estaba desnutrido y anémico, pero no confesé que lo que me pasaba era mal de amores, porque la Miss Angélica no había respondido nada a mi declaratoria marital. Que ese silencio cruel me había arrebatado el apetito. No sé si derivado de esa enorme pena, o por otras razones, a los pocos dias me diagnosticaron hepatitis B. La más severa. Falté lo que restaba del curso de diciembre a la escuela y tuve que permanecer en cama mientras los primos y los amigos comenzaban las posadas. Me pesaban menos el reposo obligatorio y la ausencia forzada de las fiestas, que pensar que no había podido ver por muchos días a la Miss Angélica, quien quizá para ese entonces ya estaba lista para darme su respuesta. Tras unas navidades largas, larguisimas, llegó enero. Casi destruido por la enfermedad y visiblemente enclenque, volví a la escuela, con el temor de que la bellísima maestra me viera así de deteriorado, atormentado porque ella se asustara al verme con esa cara enferma.

Ella no volvió. Una maestra nueva, cuyo nombre no recuerdo, nos explicó que la Miss Angélica había pedido una licencia y que ya no volvería, porque se habia enfermado de gravedad y tenía que cruzar por una larga recuperación lejos de la ciudad.

Nunca la volví a ver. Pero el apetito lo recuperé luego de descubrir a Ingrid Bergman. La película era Casablanca. Si bien sigo sin tener idea por qué un niño de ya entonces 11 años estaba viendo ese filme, en ese instante todo el sufrimiento causado por la Miss Angélica se transformó en una obsesión delirante por el rostro de la actriz sueca. Debo haber visto unas 50 veces la película, gracias a la magia de la tecnología de los videocasets Beta. Aunque no tuve jamás oportunidad de escribirle nada, ni mucho menos de pedirle matrimonio, esa carita angelical me persiguió durante años, hasta muy entrada la adolescencia, cuando apareció Juliette Binoche en mi vida y me hizo olvidar a la Bergman.

Hasta la fecha estoy agradecido: Ingrid Bergman y Juliette Binoche me salvaron la vida. Hoy soy un gordito feliz.

(Publicado en Esquire México y Latinoamérica, Noviembre 2014, bajo el seudónimo Atouk)

7 comentarios sobre “De cómo Ingrid Bergman y Juliette Binoche me salvaron la vida

  1. “pero eso de tener una hoja en blanco enfrente es una convocatoria a usarla como diván o confesionario”…tan cierto que muchas veces tantas cosas se cruzan por la cabeza que plasmarlas se vuelve casi una tarea tortuosa….
    Saludos!

  2. Buena la ilación de ideas cuando se trata de describir un hecho del pasado. A veces éste nos estigma, y describirlo de manera escrita puede curar la herida, pero no desaparecer la cicatriz. Entorpece los dedos en el ahora teclado, ventaja de no hacerlo a mano porque ésta duele, como en ocasiones lo hacen las personas añejas que por algún motivo desaparecieron de nuestro cuadro y dieron pie a otras nuevas… ¡Ya!, ¡hasta aquí!

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