La historia de un amor con la montaña nevada


En la vida real existen historias de terror con final feliz. Y esta es una de ellas.

He esquiado pocas veces. Casi siempre ha sido un desastre. La primera vez, joven e inconsciente, no quise decir a mis compañeros de viaje en Valle Nevado, Chile, que era la primera vez que me ponía unos esquís. Era previsible el resultado: me tiré por una pista, caí estruendosamente y, tres un doloroso ritual, logré ponerme de pie. Bajé toda la montaña con los esquís al hombro. El siguiente par de días lo pasé metido en un jacuzzi con vino chileno.

La segunda vez fue en Aspen, Colorado. Fue un viaje familiar en el que casi todos, durante el vuelo, se afanaban de sus destrezas. Mis hijos tomaron lecciones y, por supuesto, aprendieron los cimientos. Por mi parte, yo fui el más torpe (por mucho) de mi clase de first time on skis. Ante la disyuntiva de rendirme o coronarme, me afiancé de un amigo un poco más habilidoso que yo y decidimos conquistar la montaña. Durante el tránsito hacia la cima en el lift, mis manos y mis piernas temblaban. Bajar la montaña de Buttermilk (para quienes no lo sepan, es la más sencilla de Aspen) fue una odisea dantesca: pese a seguir las señalizaciones clarísimas de easiest way down, caí decenas de veces y durante el descenso las únicas sensaciones que me acompañaron fueron temor y vértigo. En la base, mi amigo y yo nos obsequiamos una enorme jarra de cerveza, donde esperamos al resto del grupo. Ellos llegaron entusiastas y nos propinaron la pregunta humillante: ¿cuántas veces se echaron por la montaña?

Aunque volví un par de veces más a intentarlo, ambas en Vail, sólo confirmé que esquiar me producía estrés, que mis piernas no me obedecían, que las botas eran en realidad instrumentos de tortura y que la única parte gozosa era el vino caliente, las hamburguesas y el jacuzzi humeante al final del día.

A principios de año, a regañadientes y víctima de la presión de mi pareja, sucumbí a la tentación de volver a Aspen. A fin de cuentas, me dije, hay buenos restaurantes, cafés, bares y una de las librerías más bellas del planeta. Fui con la idea, pues, de subir un día a la montaña y pasar el resto de la semana entre expresos, vino tinto, whisky, cowboy steaks y libros.

La montaña mágica

Aunque Aspen se hizo un poco del rogar (por afanes del clima nuestro avión no aterrizó ahí, sino en Grand Junction), no hay mal que no traiga su recompensa: las demoras en la salida nos regalaron uno de esos atardeceres memorables que sólo pueden atestiguarse desde la ventanilla de un avión. Entre el rojo carmesí y un naranja desvanecido, el horizonte se dividió durante un largo trayecto en dos partes iguales por una línea con vocación de arcoíris.

En vez de llegar a la media tarde, nos bajamos del autobús ya avanzada la noche, con el termómetro a 15 grados bajo cero. Pero ahí surgió la primera sorpresa grata: lejos de encontrarnos con el hotelito avejentado en el que se quedaban pilotos y sobrecargos de las aerolíneas, el Limelight había cambiado su fisonomía: una estancia acogedora con una gran chimenea central, habitaciones amplias y cómodas e incluso un sótano muy bien equipado: lockers individuales acondicionados con mangueras de aire caliente para mantener secas las botas y los guantes.

A la mañana siguiente llegó el primer reto: volver a Buttermilk, acompañado nada más y nada menos que de mi pareja, una mujer que nació con las botas de esquí puestas, categoría superior a experta, muy entusiasmada de que yo estuviera dispuesto a conquistar nuevamente la montaña. Como era esperable, oculté el inmenso terror que me invadía desde que subimos a la camioneta.

Me presentaron entonces a Catalina, una señora chilena que sería mi instructora. Admití que ya había esquiado en ocasiones anteriores, pero que considerara que era un principiante, novato y aprendiz, con los agravantes de ser necio, miedoso y torpe. Advertida de mis limitaciones, Catalina me llevó a mí y a un par de principiantes más (que no eran necios, ni miedosos, ni torpes) al Bunny Slide, la pista de los niños de tres a cinco años. Sin más, nos puso a practicar. A deslizarnos por una pendiente mínima, una y otra vez, para aprender a girar, a frenar, a ganar confianza.

No sé si fue su paciencia u olfato terapéutico, pero de pronto ya estaba en otra cuesta, subiendo y bajando del lift, girando, deslizándome sobre la nieve, confiado y con ganas de más. Por su parte, la kamikaze experta (mi pareja) había tomado la buena decisión de irse para Aspen Highlands, donde podría descender a toda velocidad por cuantas pista de color oscura quisiera. Al final del día, me miró con ojos interrogantes. Le dije que volvería a esquiar al día siguiente.

Para agasajarnos, nuestros anfitriones de Aspen organizaron un pequeño coctel aprés ski en el área de residencias The Little Neil, una de las joyas tradicionales de la hostelería de este pueblo de las Rocallosas, justo al pie de Ajax, como le llaman los locales a Aspen Mountain.

El final feliz de ese día se llamó Matsuhisa. No hay cansancio que dure cuando ha comenzado un desfile de ostras, camarones roca, sashimis de hamachi y pulpo, bacalao negro en miso, robalo con trufas y vieras con wasabi, maridados con un sake artesanal bien equilibrado. Fue el escenario perfecto para compartir los logros sobre los esquís y manifestar el deseo de alcanzar la cumbre al día siguiente.

Nieve, libros y chocolate caliente

Sin pensarlo, temprano, con todo el atuendo encima, nos dirigimos esta vez a Snowmass, el resort de ski más alejado del pueblo pero que tiene como recompensa una montaña amplísima y un laberinto extenso de pistas de todos los niveles, además de obsequiar vistas memorables. Ruta nueva con Cata, la instructora-terapeuta, quien nos trazó en el mapa por dónde continuar la práctica. Para esos momentos, mi pareja conquistaba Ayax, una montaña no apta para principiantes.

A Cata se le unió más tarde Santiago, el instructor argentino que había acompañado al minúsculo grupo de expertos (mi pareja y alguien más), quien llegó a Snowmass a terminar de operar el milagro. Ambos, a golpes de bondad y de paciencia, fueron quienes finalmente lograron hacerme entender los fundamentos de este deporte. Lejos ya de aquellas ocasiones llenas de terror y sufrimiento, esta vez en mi segundo día de descensos había logrado domesticar los bastones y sentir los skis como extensiones de mis piernas. Una y otra vez subí los lifts y bajé distintas pistas. Una y otra vez sentí gozo.

La sorpresa me la llevé al volver al Limelight y encontrar a mi pareja recostada sobre la cama con una rodilla del tamaño de un melón. Paradojas de la vida, quien llegó con las piernas temblorosas a Aspen había logrado tirarse sin contratiempos, mientras la mujer experta desafió tanto a la montaña, que esta le cobró la factura. A golpe de tanta fuerza en sus descensos, provocó que se le derramara el líquido sinovial. Tras atenderse exitosamente en le hospital, la receta fue tener que dejar los esquís colgado y tomarse descanso.

Eso no impidió que asistiéramos juntos al aprés ski de esa tarde, celebrado en el majestuoso hotel St Regis, donde encendieron una gran hoguera al aire libre y sirvieron los aperitivos en un ice bar. Ningún mejor remedio para una rodilla inflamada que compartir un chocolate caliente con tequila y bombones. Un agasajo que debió terminar pronto cuando arreció la nevada.

Antes de cenar tuvimos una cata en las bodegas de vino del St Regis. En medio del duelo entre Pinot Nois californianos contra franceses, el gran sommelier del hotel -un chico ambicioso de la costa este que se enamoró de Aspen y decidió quemar las naves neoyorquinas y quedarse en las montañas- escuchó que yo era un amante consumado del mezcal. Luego de declarar al unísono como el rey de los pinot al Chablis Jean Francoise Ravenau, que puede reclamar un legítimo derecho de reinstauración monárquica en Francia, el sommelier me dijo: “Esta noche te voy a llevar a conocer a Jimmy”.

Esa frase fue tan cotundente que la cena en el preciso y correcto Chefs Club by Food and Wine del propio St Regis –la premisa es que los mejores nuevos chefs curan el menú con frecuencia- me resultó una larga antesala para ir a desentreñar ese misterio llamado Jimmy. El nombre del sitio: Jimmy’s An American Restaurant. Con todo y rodilla inflamada, mi pareja me acompañó. Ahí estaba el sommelier con un grupo de amigos. Y ahí me presentó a Jimmy Yeager, un hombre robusto que nos recibió con una sonrisa contagiosa y, tras declarar su frase de guerra (“como dicen los zapotecas en Oaxaca: tú no encuentras el mezcal; el mezcal te encuentra a ti”), comenzó a sacar botellas de su colección y a improvisar una cata de destilados de distintos agaves oaxaqueños, todos ellos silvestres. La plática se acompañó de fotografías de Jimmy y sus bar tenders en México, en medio de campos de agave, trabajando con la jima, destilando el elíxir.

Así fue que esa noche, tras un día intenso de aventuras de montaña, conocí al verdadero rey de Aspen. Su bar está siempre concurrido y basta con verbalizar en voz alta la palabra mezcal para que esta funcione como una contraseña, precisa para que Jimmy abra las arcas y comparta su conocimiento. Así surgen siempre los grandes afectos. Y no puede haber visita completa a Aspen sin pasar por la larga barra de Jimmy.

Días y noches de blanco amor

Días blancos de ensueño, cubiertos con la atmósfera, el sabor y el color del invierno, en este pueblo afable, bien trazado, auténtico, que tantos recuerdos le despertó a mi pareja, al grado que se le nublaban los ojos de emoción.

Las mañanas de esquí, que sumaron cuatro al hilo, siempre abrieron espacio vespertino a caminar Aspen, a escudriñar sus tesoros. Uno de sus más preciados se llama Explore Bookstore. Ubicada en el corazón del pueblo, es una librería acogedora, con una curaduría magnífica por parte de sus propietarios. Ahí, pues, mi pareja y yo, con esta pasión compartida, nos perdimos toda una tarde entre pasillos y libreros, escarbando párrafos, tomando notas, leyendo solapas, intercambiando hallazgos. Si bien el peso del papel y las restricciones crecientes de las aerolíneas operaron como razones relevantes para no caer en tanta provocación, fue imposible no salir de ahí cargado de varias novedades de autores conmovedores. Y de reflexión: es uno de esos sitios que provocan un sentimiento de resistencia ante el avasallador dominio de la tecnología: no, librerías como esta no pueden desaparecer.

Como tampoco, se supone, deberían desaparecer joyas aspenianas como el Taka Sushi, de larguísimas décadas de presencia vital, pero que supimos estaba por cerrar ya sus puertas.

Pero queda ahí el Main Street Bakery. De verdad, para entender el código genético de este pueblo, este es el punto de partida. Hasta que uno ha ordenado unos huevos revueltos con biscuits y gravy es que se gana el derecho de hablar sobre Aspen. No hay un solo local que no acuda con cierta regularidad. Es el corazón latiente del desayuno y el brunch.

Igualmente uno no puede dejar de lado las costillas del Hickory House Ribs, los pancakes de natas y avena del Poppycocks y la comida directa en la barra, con un buen single malt, en el J-Bar del hotel Jerome. O, por supuesto, y aquí habría que ovacionar de pie, las papas fritas con trufa y parmesano del Ajax Tavern, clásico entre los clásicos aspenianos.

Y, ya sea porque se quieren descansar las piernas o porque llega una tormenta invernal severa, o ambas, como a nosotros nos ocurrió, hay otras maneras de disfrutar la montaña y la nieve. Así, de pronto, ya estábamos subidos en unos snowmobiles en medio de una intensa nevada. Como todo en Estados Unidos, no se requiere de gran pericia para llevar a cabo la actividad: fue tan sencillo como conducir una moto y, con el equipo adecuado para dejar al frío lejos del cuerpo, la experiencia fue una dicha: vistas a paisajes fascinantes y una notable experiencia gastronómica en una cabaña oculta en el bosque. Sin más, las hamburguesas que un montañés de Colorado preparó en un grill, en medio de la nada, se convirtieron en las mejores que he comido jamás. Bastan instantes así para entender por qué uno puede regresar de un pueblo de varios grados por debajo de cero con este calorcito en el alma que aún perdura.

Las experiencias más gratas de la vida son compartidas. Y si bien fue precisamente mi pareja quien terminó con la rodilla del tamaño de mi cabeza por no ponerle fronteras a su aplomo, ella tuvo un reencuentro afortunado con el pueblo que casi la vio crecer, mientras yo tuve, por obra y gracia de Cata, de Santi y de la pasión contagiosa de mi mujer, un feliz romance con el esquí.

“Cata salvó nuestro matrimonio”, expresó ella a diestra y siniestra. No sé si fue a ese grado, pero lo que sí salvó fueron mi dignidad y mi orgullo.

Recuerdo entonces que ya en el avión de vuelta a casa, donde el invierno nunca es invierno, hacía un recuento vertiginoso de esos días en Aspen. Contra todos los pronósticos, volví enamorado del esquí. Es un nuevo amor, labrado con la solidez de los grandes amores: esos que se han rechazado algunas veces, pero que se han cocinado a fuego lento a fuerza de insistencia. Tras tantos años de desencuentros y tanto miedo a los descensos desde las alturas, tuve un gozoso ejercicio de reconciliación. Mis piernas siguen siendo torpes, a instancia de herencias paterna y materna, pero la historia de terror tuvo el final más feliz que uno puede esperar: transformarse en una historia de amor.

(Publicado en National Geographic Traveler México y Latinoamérica, Noviembre 2014)

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3 comentarios sobre “La historia de un amor con la montaña nevada

  1. Se envió solo el comentario… :O
    Quería decir que me sentí muy identificada con lo que cuentas al inicio. Me da un poco de esperanza pensar que algún día podré amigarme (lo de enamorarme ya me parece demasiado) con el esquí.

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