Lo que duele es la desesperanza


Quisiera escribir de otras cosas. Dejar lejos de este blog esquizofrénico los baños de sangre que sacuden tantas regiones de mi país. Quisiera sumarme a las clases de maquillaje que imparten quienes aquí dicen gobernar y exhibir gozoso que estamos haciendo reformas transformadoras que mejorarán las condiciones de vida de tantos, tantísimos, de mis paisanos.

Pero resulta inevitable invertir tinta electrónica cuando la impunidad es el ejercicio cotidiano en esta geografía. Duele la sangre. Duele la pérdida. Duele la injusticia. Pero lo que más duele es la desesperanza. En medio de la búsqueda incierta de 43 estudiantes normalistas desaparecidos, nos vamos encontrando con un infierno: fosas clandestinas, una tras otra, repletas de muertos. Y ya nadie sabe qué hacer, porque cada hallazgo confirma que hay decenas o centenas de sitios en este país donde el Estado ha desaparecido, o se ha convertido en lo que tanto tememos: parte del crimen organizado, con los tentáculos enraizados en pueblos, serranías y valles.

Entonces gobierna el temor. Y el miedo, ni duda cabe, es el gran incubador de la violencia. Ya sin ganas, casi de reojo, leo sobre Guerrero, sobre Michoacán, sobre el Estado de México, sobre Tamaulipas, sobre Coahuila, sobre Sinaloa. La metástasis de la sangre. Leo también sobre el pánico internacional alrededor de la epidemia del ébola. Es natural: ha salido ya de las fronteras africanas. Si allá se suman por millares los muertos, da lo mismo. Puede más que un europeo o un americano se infecten, porque la cercanía es la que desata el terror. Pero cuando uno desde este país observa eso, el ébola parece un cuento infantil. Al menos son muertes que tienen un origen explicable. Y leo, al menos dos veces, un texto del mexicano Jorge Zepeda Patterson en el diario español El País, titulado “El Guantánamo del PRI”. Ahí escribe: “Un llamado de atención para México, para los mexicanos, para su Gobierno de que las transformaciones necesarias no pasan por un mero lifting de rostro. La podredumbre de los cimientos es de tal magnitud que no hay remodelación de fachadas que valga”. Y sentencia al final: “Iguala y Tlatlaya espantan por lo que revelan, pero también por lo que anuncian”.

Me entristece profundamente estar tan de acuerdo. Y reitero que detrás de todos los dolores, lo que más duele es la desesperanza.

6 comentarios sobre “Lo que duele es la desesperanza

  1. México ha estado doliendo por mucho tiempo, pero doliendo bajo de las sombras de la impunidad y las tragedias calladas. Cada uno de nosotros tiene que encontrar una manera de cavar hasta el final de este túnel tenebroso que parece no tener final. Y que se dejen de callar las cosas. Tenemos que echar luz a los gritos, para que nos escuchen, para que escuchemos.

  2. Como mexicana también comparto este mismo dolor, esta misma desesperanza hacia mi tierra, pero también duele ver lo que pasa en el resto del mundo, últimamente todo lo que se ve en las noticias sobre México es muerte, es triste saber que vivimos en un país dónde el gobierno niega la realidad que se presenta, dónde los jóvenes que luchan por salir adelante, por pensar son perseguidos por este mismo gobierno. Excelente entrada, saludos.

  3. No es fácil encarar y dejarse sentir a profundidad nuestro dolor, nuestra rabia hacia la condición actual de nuestro país, un país que ya no reconocemos. Pero sentirlo y compartirlo nos mantendrá conscientes y con la capacidad de actuar, vivir… No podemos dejar que este dolor y desesperación nos condene a la normalización de tanta locura. Gracias, Jav.

  4. No hay cura para la desesperanza, pero aún es peor la indiferencia. Somos muchos inconformes, somos mayoría, hay que hacer más. Informarse, leer, escribir, involucrarse es sólo el principio. A todos nos duele México, pero algunos (muchos) consumen coca de los Zetas, critican la ignorancia del presidente y no han leído un sólo libro… Hay un número terrorífico de «Ayotzinapans», de desaparecidos, de delincuentes impunes, y nadie hace nada… ¿hasta cuando?

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