Trolls a la vista


Seamos justos: a todos nos gusta quejarnos. Con o sin razones, a veces nos levantamos de la cama abrazados del desánimo y, para validar nuestro humor roñoso, dedicamos el día entero a fabricar un inventario de quejas y lamentos. Desfilan por ahí microbuses, cielo nublado, tráfico, el policía de la esquina, la señora que se maquilla al volante, café mal hecho, ropa mal planchada, el jefe, la jefa, la junta, el mensaje en el teléfono, la falta de mensajes, hambre, sed, bomberazos, regaños, malas caras, reclamos, gimnasio, dieta, horario alargado, polvo, lluvia, calor, frío, ruido, risas ajenas, llantos de niños, averías, cargada de gasolina, deudas, bandeja de entrada de correos, velocidad de internet, señal del celular, comezón, gripe, dolor de panza, calambres, mucha luz, poca luz, temperatura del agua, Peña Nieto, Mancera, diputados, senadores, gobernadores, alcaldes, manifestaciones, obras públicas, malos olores, encharcamientos, basura en la calle, Putin, Obama, Siria, Israel, Gaza, el Estado Islámico, el cura pederasta, la sala de juntas ocupada, los baños llenos, el camino al aeropuerto, la sala de espera, el dentista, el check-up médico, el dinero del jardinero, el menú de la semana, sopa aguada, la salsa que no pica, la alfombra sucia, Dios no existe, a Dios le importamos un bledo, el tipo que te ignora, el tipo que te mira, acoso, flirteo, la broma pesada, majaderías, falta del por favor-gracias-de nada-disculpe, cuenta de la luz, los cobradores de los bancos, maleta pesada, pila del control remoto, cargador del celular, la luz roja del semáforo, autobuses, taxistas, andén del metro a hora pico, verificación, multas, recargos, mordidas, insultos, parientes enfermos, hijos descarriados, padres retrógrados, caída del sistema, música estridente, escritorio caótico, documentos extraviados, tarjeta clonada, basurita en el ojo…

Joder. La lista de calamidades puede ser infinita en esos días de furia en que cada contacto con la vida supone un drama emocional de dimensiones dantescas.

Ahora bien, todo esta telenovela en prime time se transforma en caricatura cuando la vida se traslada al time line de Tuiter. Ahí sí, señores, está el Infierno de Dante. Ahí sí se libran las batallas madres de todas las batallas. Sin distingo de rudos y técnicos, Tuiter es un ring de lucha libre, sin límite de caídas ni límite de tiempo. Ahí habitan, en ejércitos desorganizados, pero listos para atacar sin piedad, estos personajes a los que se conoce como trolls. Qué miedo. Cual perros rabiosos, todo les incomoda, nada les parece y viven pendientes de la primera discrepancia o la mínima errata para lanzar torpedos de 140 caracteres directos a la yugular de sus contrincantes. Y casi no se requiere aclarar que los contrincantes somos todos los que por pensamiento, palabra, obra u omisión, tengamos el descaro de no coincidir con sus planteamientos (o su falta de).

Paladines, dicen, de la libertad de expresión, los trolls de las redes sociales (cabe insistir en que su hábitat es Tuiter) son demonios exterminadores de la libertad de expresión de los otros. Agreden, insultan, niegan, vilipendian, acosan, destruyen. Han elevado a una categoría especial el término lamento. Su punto de partida es: nadie hace bien nada en este país. Nada. Olvídense si la presa es un funcionario público, que casi es un blanco muy obvio para la colectividad: los trolls son rotweillers que se tiran al cuello de sus víctimas hasta dejarlos inmovilizados. Están ahí, pues, al acecho, contratuiteando de noche y de día, ladrando a todo potencial enemigo.

No, no es que hayan amanecido de pronto cual personaje de Michael Douglas en Un Día de Furia. No, no se les pasará con una horitas de sueño. Hienas del mundo digital, no tienen llenadera. Dicen por ahí, que a mí no me consta, que el único antídoto que funciona, además del humor (remedio infalible ante todo) es exigirles alguna propuesta. Esa barda no la pueden saltar.

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