A favor de la mujer mexicana


Ninguna mujer en el mundo que no sea mexicana entiende lo que significar cerrar la noche frente a un trompo de tacos al pastor. Conocer el modo, casi mecánico, de enrollarlo y devorarlo sin chorrearse la ropa. Emitir un suspiro tras comer dos o tres. Baste con ello para declararse partidario, sin restricciones, de la mujer mexicana. Alguien que entiende el ritual supremo de la tortilla de maíz con carne de cerdo, piña, cebolla, cilantro y salsa, incluso en su afanosa búsqueda de la salud y el cuidado de la línea, tiene que ganarse todos los elogios posibles.
Aunque para ser justos habría que hacer los distingos geográficos pertinentes (no es lo mismo norteña que sureña, costeña que chilanga, peninsular que del altiplano central), podemos concentrarnos en los atributos compartidos entre quienes han nacido entre el río Bravo y el Suchiate, pese a las evidentes diferencias, acentos y matices que otorga el terruño, por aquello del clima, la música, la gastronomía y las tradiciones.
Las mujeres mexicanas bailan. A diferencia de nosotros, hombres poco agraciados en los menesteres de conectar neuronas con extremidades, ellas transpiran ritmo. Partidarias de la celebración (con o sin causa), son fiesteras, alegres, desveladas, efusivas, de risa generosa y de brindis ágil. Reto a cualquiera a hacer un comparativo de festejos de boda en México, Estados Unidos, Francia, Noruega y Alemania. Cuenten cuántas mujeres bailan (y cómo) en cada uno de esos sitios. Compárense los ambientes.
No sólo bailan bonito: son corporalmente expresivas. Gesticulan, hacen gestos, gritan. Están llenas de vida y lo muestran con una intensidad sorprendente.
Beben tequila y mezcal. No requieren mayor explicación acerca de las bondades inigualables de los elíxires del agave.
Son multifacéticas. Pueden jugar magistralmente varios roles a la vez, solas o acompañadas de una pareja: madres (ejemplares la inmensa mayoría), princesas, deportistas, estudiantes, empresarias, trabajadoras, artistas; todo al mismo tiempo, con talento y actitud. Son guerreras. Incansables luchadoras.
Son tan sofisticadas que han creado un nuevo lenguaje que exige a los del sexo opuesto aprender a leer siempre entre líneas y estar muy alerta ante los sinuosos y complejos laberintos semánticos, en donde un no puede significar sí, un sí puede querer decir no, un no sé puede apuntar a un sí o a un no y un como tú quieras puede ser simple retórica para convocar a satisfacer un deseo o un capricho, todo en medio de códigos sutiles que exigen un constante estado de alerta a su contraparte.
Son cariñosas y apapachadoras. Saben consentir. Son atentas y serviciales. Al mismo tiempo, disfrutan las muestras de cariño, los apapachos, se dejan consentir y disfrutan que los hombres seamos atentos y serviciales con ellas. Adoran las flores. Entienden el valor de una serenata. Sonríen con la sonrisa más bella del mundo.
Son sociales y gregarias. Les gusta ir al baño juntas, porque en esos recintos se continúa la charla y se hacen pequeños retoques en los labios y en los ojos, cosas que en privado no saben igual. Se consultan todo entre ellas. Aunque constantemente se apuñalan por la espalda, sus afectos suelen ser más contundentes que sus diferencias. Cuando la reconciliación no es viable, pueden destruir a su rival (y a nosotros) con una sola línea lapidaria.
En general tienen sazón. Les guste o no cocinar, entienden de sabores y saben combinarlos. Se entusiasman con los aromas. Y comen. Consumen gluten. Aunque siempre están a dieta y privilegian el sushi y el atún por sobre todo lo demás, las excepciones son un desfile inagotable de antojos: guacamole, quesadillas, sopes, elotes con mayonesa y piquín, tlacoyos, tacos, manguitos con chile, helado, pan dulce.
Se entienden con el maquillaje (a veces demasiado). Demoran una eternidad escogiendo qué se van a poner. Tardan literalmente horas en “arreglarse” (así le llaman al larguísimo ritual de ensimismamiento frente el espejo). Tienen un tejido social de amistad y complicidad con manicuristas, peinadoras y demás miembros de los salones de belleza, donde las lealtades pueden ser mucho más grandes que en el amor. ¿Habrá otro país en el mundo con tantas salas de belleza per cápita? Pueden cambiarse tres o cuatro veces en la búsqueda del look perfecto para cada circunstancia. Son (felizmente) partidarias de la falda. Y eso, señores, debemos agradecerlo.
La naturaleza ha sido generosa con ellas y les ha dado curvas. Aunque últimamente hacen mucho ejercicio (corren, andan en bici, hacen yoga y pilates) con el afán de reducir esas curvas, no todas están de acuerdo en que la belleza son esas líneas rectas que desfilan en los shows de moda.
Cuando logran liberarse de prejuicios ancestrales y del conservadurismo culposo de la añeja tradición judeocristiana que impera en estas latitudes (con mayor fuerza en el altiplano), son un festín bajo las sábanas. Se transforman en mujeres fogosas y juguetonas, creativas e intensas, cariñosas y apasionadas. Tienen temperamento latino, pues. Por lo mismo, son practicantes sublimes -y sutiles- del arte de la coquetería.
Llegamos a la cúspide de esta reivindicación: las mujeres mexicanas rara vez pierden el sentido del humor. Saben reír y hacer reír. Por supuesto, en el minuto en que lo pierden, nos toca a nosotros arder en el infierno. Entonces todas las líneas anteriores se desdibujan, porque todo ese encanto se transforma en necedad aniquilante. A ellas les da lo mismo: simple y llanamente porque siempre tienen la razón. Y, por tanto, les dará exactamente lo mismo que un hombre escriba estas líneas elogiosas, porque dirán que el individuo en cuestión se quedó demasiado corto.

Artículo publicado en SoHo México, septiembre 2014, como parte del paquete de opinión A favor y en contra del hombre y la mujer mexicanos, en el que también participaron Alma Delia Murillo, Rafael Carballo y Valeria Villa. El conjunto puede leerse en la edición señalada.

11 comentarios sobre “A favor de la mujer mexicana

  1. Una descripción muy particular de una mujer mexicana, que imagino encontrará un muy particular ramillete de mujeres mexicanas (que leen una revista llamada SoHo Mexico) que se sentirán reconocidas e identificadas… Para todas las demás, creo q mejor Master Card

  2. Me gusta el homenaje, sobre todo cuando la identidad de “mujer mexicana” se va viendo contaminada por tantos años de estar lejos del terruño y las noches no acaban frente a un trompo de tacos al pastor, sino en un “Fritenkot” o en el mejor de los casos comiendo churros con chocolate.
    Por lo demás, me pongo el saco y me encantan los detalles con los que definitivamente me identifico. Saludos!

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