Gorditos, simpáticos y pachangueros


Entre gestos y retorcimientos de cuerpo, el Piojo se convirtió, desde el pasado torneo mundial de futbol, en un nuevo símbolo patrio. Pese a que el resultado final no fue mejor que el de otros entrenadores del tricolor, quienes terminaron como villanos en el radar de la opinión pública, Miguel Herrera –con ese entusiasmo mediático- conquistó los corazones mexicanos y su rostro quedó estampado en los estandartes de los guerreros que queremos ser.
No sé si otros pueblos tengan estas aspiraciones tan puntuales, pero para los mexicanos las necesidades de aceptación y aprobación forman parte de la canasta básica. En un país donde el resentimiento contra el éxito es parte del triste folclor nacional, en el que los empresarios son todos bribones, los políticos son todos ladrones y las personas exitosas lo son porque nacieron con las condiciones adecuadas o se coludieron con quienes les pusieron el oro en la bandeja, el prestigio se gana allende las fronteras para que tenga valor dentro de casa.
De ahí el valor del Piojo. Aunque los acontecimientos hoy marchen a una velocidad supersónica y nuestro sentir por el desempeño del seleccionado nacional ya se haya decantado, para volver a nuestros pesares cotidianos, rescatemos lo que tanto nos gustó que el personaje de marras proyectara: gorditos, simpáticos, pachangueros, amables, apasionados, revoltosos, histriónicos, escandalosos, con pelos necios y habilidosos para los cuentos colorados y para chiflar a máximos decibeles. Aunque no todos coincidirán que esta es la imagen internacional que queremos proyectar, muchos otros tendrán que admitir que se sienten fascinados con lo que uno de los numerosísimos memes derivados de nuestro comportamiento en Brasil (encabezado por el “niño héroe” del crucero) subrayó: “Si ya saben como nos portamos, ¿para qué nos invitan”?
Es decir, parece que como queremos que nos miren es precisamente a partir de la extraordinaria capacidad que tenemos para el desmadre, como fue evidente en el grito asambleístico de guerra del “eeeeehhhhh…. puto!” que tanta controversia causó. El aviso de amonestación de la FIFA sólo logró alborotar el gallinero de quienes llevan impreso en las playeras y en los cachetes ese sintomático “Viva México, cabrones”.
Así las cosas, que nos miren pues como buenos para el trago y para el fisgoneo en los escotes femeninos. Que nos reconozcan como agradables repartidores de apretones de mano y abrazos a diestra y siniestra, casi sin restricciones (si se da el arrimón de camarón, pues ya qué), con la disposición permanente de desarrollar vínculos fraternales con el otro. Leales a nuestra vocación gregaria, vamos siempre ganando nuevos hermanos en el camino, sin importar nacionalidades, tamaños, edades ni condiciones sociales, con el único requisito de que participen de la parafernalia del desmadrito tropical.
Si nos cuestionan, es por qué no nos entienden. Si nos aplauden, es por que otros tienen el ingrediente necesario del sentido del humor. Si se doblegan, es porque somos los mejores del mundo. Si nos vencen, es porque hicieron trampa. Pero, de una u otra forma, seguimos siendo víctimas de ese (casi incurable) síndrome de inseguridad que se manifiesta tanto de modos predecibles como de las formas más insospechadas.

(A publicarse en Esquire México y Latinoamérica, septiembre 2014, bajo el seudónimo Atouk)

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