Los pequeños duelos


“Quizá escribir la vida —contar todo lo que hubo para contar todo lo que se perdió— es más difícil que escribir la muerte”. Así lo traza, puntual, lacerante, Leila Guerriero en Érase una vez el fin, pieza central de hoy en el suplemento Babelia del diario El País.

Abrazar la pérdida a través del encuentro con el recuerdo y el dolor. El poder de la literatura se erige frente a las grandes ausencias. O las pequeñas. Porque hay momentos en el silencio pesado de un pequeño desencuentro adquiere las dimensiones devastadoras de la pérdida absoluta. Y también se escribe para intentar de cerrar las grietas, de cicatrizar con palabras, de redimir con recuerdos.

“Me sigo preguntando cómo se escribe eso”, dice Piedad Bonnett -autora de Lo que no tiene nombre- desde su casa en Bogotá. “Por momentos me digo: ‘¿Qué ser humano soy yo, que soy capaz de eso?’. Cuando tuve la idea de escribir este libro me escandalicé, me aterroricé. ¿Cómo puede ser que a los dos meses de la muerte de Dani yo estuviera pensando en escribir esto?”. Guerriero habla con ella, la poeta colombiana que no sabe siquiera como fue que escribió sobre el suicidio del hijo, un joven esquizofrénico que ha saltado de la ventana en Nueva York.

Y enlista luego autores y libros que cicatrizan el dolor con literatura: Paul Auster, Rosa Montero, Albert Cohen, Héctor Abad Faciolinge, Simone de Beauvior, Julián Herbert, Rafael Gumucio, Joan Didion, Frank Goldman. Yo sumaría a John Banville y a Rafael Pérez Gay, entre quienes he leído recientemente en ejercicios de redención.

Sigue Leila: “(…) Te nos rompiste, mi amor, y no sé cómo decirte lo siento”, escribe Sergio Del Molino. “Y ahora ni siquiera te voy a encontrar aquí, en la punta de mis dedos, mientras tecleo este libro que no quiero dejar de escribir (…). No sé qué haré sin estas páginas”.

Y termina ella: “Libros que terminan, quizás, por el mismo motivo por el que empezaron: porque no podía hacerse otra cosa”.

Así nada más. Y es a nosotros, cada uno con nuestras propias penas y nuestros pequeños duelos, a quienes nos benefician. Gracias, Leila, por la generosidad de este sábado.

 

 

 

5 comentarios sobre “Los pequeños duelos

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