La permanencia del hastío


Destrozas tu cigarrillo en el borde de la ventana. Junto con el humo de la última fumada, aspiras la humedad de la calle. Volteas: ella sigue ahí, tendida sobre la cama con los ojos cerrados. Miras sus piernas blancas, sus nalgas abultadas, su cintura apenas dibujada, su espalda ancha dividida por una cicatriz que no deja de inquietarte, su cabello cenizo casi lacio; detestas su desnudez porque ya saciaste tu deseo. Siempre te sucede: tras la eyaculación te invade esa sensación de hastío que no puedes evitar, que te obliga a abandonar la cama de inmediato para estar lejos de esos labios que insisten en seguir besando, reclamando cariño y esbozando la idea de un segundo encuentro.

Ni siquiera es bella, te dices. Aunque un par de horas antes te asombrabas del discurso perfecto que había dictado tu lujuria, de la fuerza de esas palabras tan bien armadas, acomodadas y falsas, que la decidieron a meterse contigo al departamento, que la transformaron pronto en una fiera devoradora de botones, calcetines y trusas.

– ¿Cómo sabes cuándo estás enamorada?

Una sola vez estuviste enamorado, suficiente para hacerte una promesa con cerradura de no volver a caer en esa trampa. La oyes, pero no la miras, porque ya vas camino a la cocina. La voz no te es familiar, no la reconocerías siquiera si la escucharas al otro lado del teléfono. ¿Cuándo hablaste con ella por primera vez? Meses, semanas, días, horas… imposible recordarlo. Piensas, más bien, en el viaje que debes hacer al día siguiente. El despertador gritará sin piedad antes de clarear y odiarás ese momento, con la misma intensidad con que aborreces el actual.

– Miguel, ¿me escuchaste?

El despertador, te dices, es tan cruel como un coito interrumpido. Sirves café en el tarro despostillado. Agregas leche y cuatro cucharadas de azúcar, sólo para quitarte el sabor a sexo de tu boca. Por más que te dijiste que no lo harías, acabaste hurgando en su cavidad, quizá sólo para disfrutar los saltitos que sabías que daría. No has guardado la ropa en la maleta. ¿Será mejor llevar el portatrajes? No, te inclinas más por la maleta negra de piel. Si llegan arrugados los trajes, tendrás tiempo suficiente para que los planchen en el hotel.

– Miguel, ¿qué haces?

Tendrás que desayunar en el avión, tragarte sin masticar los huevos sin sal que siempre saben a plástico y el pan frío, difícil de morder. Te preguntas por qué ofrecen pan refrigerado en los vuelos. Quizá se siente a tu lado un hombre o una mujer con deseos de charlar y, aunque aborrezcas hablar con extraños, deberás hacer como que escuchas. Así te educaron tus padres: cortesía con la gente. Saludas si alguien te saluda. Respondes si alguien te pregunta. Aunque ahora ya no es así. Quizá no aprovechaste del todo la severa educación del viejo, que en paz descanse, porque no les has contestado a esa mujer que sigue acostada desnuda en tu cama y no deja de llamarte una y otra vez.

– Quiero que vengas, quiero hacerlo otra vez.

No, ya no te acostarás, al menos hasta que ella se marche. No toleras el olor de su perfume, que está impregnado en tus manos. ¿Cómo le dices que se debe ir? ¿Cómo le explicas que es espantoso el aroma de su cuerpo? Puedes decirle la verdad: que mañana sales de viaje en la madrugada, que no está listo tu equipaje, que necesitas dormir solo para poder conciliar el sueño… basta, sabes bien que esa no es la verdad. Detestas su presencia. No quieres hablar con nadie, menos aún tocarla otra vez. Nunca te ha gustado coger más de una vez en una misma sesión. Luego de que te invade ese breve instante que te imaginas siempre como la antesala de la muerte, prefieres morirte solo, sin tener que someterte a las cortesías del protocolo postcoito. Lo único que quieres es que se vaya, que tome un taxi y desaparezca. Le dirás que la vas a buscar a tu regreso, aunque jamás lo hagas.

– Miguel, te estoy esperando. ¿Qué haces?

Cállate, piensas. Te molesta cada vez más esa voz aguda, chillona, en la que reparas apenas ahora y que aguijonea tu cerebro fatigado.

– ¿Sabes que me gustas?

Vuelves a llenar el tarro de café. Ahora no agregas leche ni azúcar. Buscas los cigarrillos. Según recuerdas, los habías dejado en la cocina, cuando preparaste el primer café

– Me gustas muchísimo.

Tú no me gustas, piensas. Te inclinas más por Amanda. Ella habla poco y jamás te ha exigido que te quedes. Amanda. La verás en Tijuana y tendrás sexo con ella, aunque eyacules rápidamente y te invada otra vez el hastío, esa sensación que no puedes controlar, que te obliga a detestar a toda la raza humana, tú incluido. Con todas las mujeres te pasa lo mismo. No es culpa de ellas; es tuya. Pero de todas maneras ansías que se vaya. Ahora mismo.

– ¿Me estás oyendo? ¿Miguel?

No aguantas más. Dejaste los cigarros en la recámara. Maldita sea, susurras, mientras caminas rumbo a cuarto.

– Vaya. ¿Te quedaste mudo, mi amor?

La miras. No vuelvas a llamarme así, piensas. Tomas la cajetilla y enciendes un cigarro con el único fósforo que queda. Ella está ahora boca arriba, con la mano en el pubis. Observas con indiferencia. Lo único que deseas es que se vista y se largue.

– Te estoy esperando…

Aspiras el humo, lo exhalas con calma y haces un gesto negativo con la cabeza. Es la primera respuesta que le das y te deprime pensar que ya le obsequiaste un gesto. Quizá acabas de perder la primera batalla. De ahí a la cama, el camino es corto. ¿Por qué no entiende que el asunto ya acabó?, te preguntas. De reojo, notas que sus largas uñas barnizadas de rojo ya escarban su vagina.

– Quiero hacerlo otra vez.

Ya lo dijo, pero no te interesa. No vas a contestar. Buscas las trusas en el suelo. Te preguntas si recogiste el traje gris de la tintorería. Es precisamente ese traje el que mejor te queda y la reunión que tendrás en Tijuana es importante. Si mantienes la serenidad, podrías volver con el contrato firmado.

– Miguel…

La miras de reojo, casi sin querer. Se está masturbando con más violencia de la que esperarías. Sí, sí recogiste el traje, pero lo dejaste en el asiento posterior del coche. Puedes llevar ese y el azul marino, suficientes para los tres días que estarás fuera. También requieres de tres camisas, cuatro pares de calcetines y unos zapatos. ¿Los negros? Sí, aunque necesitas darles grasa. Ese no es problema; sabes que en el aeropuerto los lustran a la perfección.

– ¿Me vas a dejar sola?

Caminas hacia la ventana y arrojas la colilla a la calle. Hace calor, a pesar de que la lluvia fue intensa, pero sólo ves a dos hombres en la acera, que caminan con prisa. Detrás de ti, se confunde el rechinido de la cama con los suaves gemidos de ella. Que se meta la lámpara si le cabe, te dices mientras saludas con la mano al portero, que le abre con pereza las rejas a los del 302. Increíble que todavía no se divorcien, piensas. Los gemidos se vuelven súplicas.

–       Miguel, ¡por favor!

Por fin volteas, con la náusea que te provoca el sólo imaginarla sudorosa y con ese gesto de ansiedad que tanto detestas. Te acercas, la tomas de los hombros con violencia, la volteas y bajas con fuerza el cierre de la espalda. Pendeja, no entiendes nada, le recriminas, mientras doblas las piernas y los brazos desinflados. La metes a la maleta y, hastiado, te arrojas sobre la cama en espera de poder conciliar el sueño.

 

Javier Martínez Staines

1994

(Parte del proyecto no publicado Compendio del Desencanto)

 

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